Stay Away

Vampiros, hombres lobo, monstruos, fantasmas, brujas, zombis, serial killers trastornados en su tierna infancia, extraterrestres y platillos voladores, exorcismos en sánscrito, adolescentes semi-desnudas perseguidas por maníacos con motosierras y máscaras de piel humana, virus alienígenas del espacio exterior, jueguetes asesinos poseídos por el demonio, pesadillas y sueños eróticos de muerte y canibalismo, sangres de todo tipo, hordas de niños predadores... todo eso y más en
LA BOCA DEL MIEDO.

jueves, 31 de marzo de 2011

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 2. Número 7. Marzo-Abril 2011.



Encuentre las siete semejanzas. Sobre Brainscan, el asesino interactivo.
por Matías Moscardi

La primera vez que vi Brainscan (John Flynn, 1994) tenía 16 años. Con un amigo (que ahora, desafortunadamente, vive en Islas Canarias) los fines de semana siempre alquilábamos películas de terror, para después pasar la noche neutralizando el miedo que nos generaban con charlas socráticas, juegos de computadora o incluso intentando sintonizar la imagen difusa de algún canal codificado hasta la mañana del día siguiente. Recuerdo que la noche que vimos Brainscan quedamos impactados: esa película había marcado un antes y un después no sólo en el cine de terror que veníamos consumiendo hasta el momento sino en nuestra concepción de la realidad, la vida, el amor y el lugar de los videojuegos en el medio de todo esto. Habíamos elegido alquilar la película porque trabajaba el mismo actor que en Terminator II, un niño carilindo y canchero, muy de moda en aquellos tiempos violentos: su nombre es Edward Furlong. Como sea, el clima de la película, su formato visual, sus personajes, todo nos hacía acordar a una de las mejores series de TV del universo solar: Eerie, Indiana (1991). ¿Alguien se acuerda? Marshall Teller (protagonizado por Omri Katz), el héroe de la serie, de hecho es muy parecido a Edward, el adolescente de Terminador II.


(¡Es igual!)

Eerie, Indiana era realmente genial: Marshall Teller y su amigo Simon Holmes se habían mudado recientemente a un pueblo rarísimo en donde lo insólito formaba parte de lo cotidiano. Me acuerdo de un capítulo que me quedó como grabado en VHS en la cabeza: se trataba de unos vecinos nuevos, una madre y sus dos hijos gemelos, que parecían ocultar algo. Y ocultaban algo: todas las noches dormían en tuppers gigantes para no envejecer.

Bueno, me fui por las ramas. Pero el tema es que Eerie, Indiana no era una serie, era algo más: eso que Raymond Williams llama “Estructura de sentimiento”, algo que uno experimenta con el espíritu entero. Y Brainscan comparte con Eerie, Indiana precisamente su “Estructura de sentimiento” y su concepción alucinada de la realidad. Y nosotros también, porque para nosotros el mundo era así, como decían ahí: Mar del Plata tenía algo de Eerie, Indiana.

Ahora que se dan una idea, aunque sea mínima, de lo que estoy hablando, pasemos a Brainscan. La madre de Michael muere cuando él era pequeño, en un accidente automovilístico. Desde entonces, Michael se refugia en sí mismo y arma una especie de choza mental en medio de la intemperie con películas de terror, juegos de realidad virtual, música heavy metal y un amigo medio freaky que es el único que lo entiende. Su padre casi nunca está en casa. La chica que le gusta vive en frente pero ni lo registra. Michael, de vez en cuando, la filma mientras ella se viste. Ésta es su vida. Hasta que un día, aburrido, ve la propaganda de un videojuego de avanzada y decide comprarlo. El videojuego se llama “Brainscan, el asesino interactivo”. Interesante, piensa. Olvidé decir que Micheal es medio milloneta y su pieza está forrada con la más alta tecnología, que incluye un mayordomo virtual llamado Igor y una silla para jugar juegos de realidad virtual. Entonces cuando le llega el CD lo mete en la butaca de realidad virtual y se pone a jugar. Digamos que cuando se pone a jugar es lunes y que son las 22 horas. El juego está bueno. Es en primera persona, de tintes hiperrealistas. Vos sos un asesino serial y tenés que matar a alguien. Una voz en off te guía como Virgilio guío a Dante a través del Infierno. Te metés en su casa, la víctima duerme. Lo matás pero la voz te aclara que todavía no terminó la misión. Tenés que dejar tu “marca personal”, algo macabro. Entonces, ponele, le cortás un pie al tipo que mataste y lo guardás de recuerdo en tu heladera. Listo, pasaste de pantalla.

Michael se despierta medio colapsado. El juego es muy intenso en cuanto a su “efecto de realidad”: la sensación es extrema, impactante. Le gusta. Del otro lado de la ventana la chica hermosa sigue ahí. Nada ha cambiado. Michael tiene sed, la partida fue dura. Entonces, va hasta la heladera y acá empieza la película: encuentra un pie cortado en una bolsa de nylon. Hasta las pelotas.

Michael no entiende nada, entra en pánico. Sale a buscar a su amigo en bici y en el camino la policía y los medios asediaban una casa en donde se había perpetrado un crimen: la misma casa que aparece en el videojuego.

Michael intenta deshacerse de ese juego del demonio. Y ocurre algo gracioso. Esa voz en off que lo guiaba se materializa en un personaje re bizarro que se llama “The trickster”, un claro homenaje a James Dio, una de las voces emblemáticas del metal.

(¡Es el mismo!)

The trickster le dice a Micheal que la única solución es seguir jugando. Como cuando T. S. Eliot, en Four cuartets, nos dice: “Nuestra única salud es la enfermedad”. Michael juega mal: deja pistas cuando comete los asesinatos, pasan los días y las partidas, la policía está cada vez más cerca, Michael se pelea con la gente que ama, con su mejor amigo, y se pone claramente del Lado Oscuro de la Fuerza.

Porque en Brainscan jugar es alterar lo real: lo virtual y lo real son dos hermanos que se molestan hasta que uno hace llorar al otro. [ALERTA SPOILER] La cuestión es que cuando promedia la hora y veinte de película, justo cuando el mundo está por colapsar, Michael se despierta en su silla de realidad virtual. Del otro lado de la ventana la chica hermosa sigue ahí. Nada ha cambiado. Gracias por jugar “Brainscan, el asesino interactivo”, dice la computadora. Y cuando Michael observa el día y la hora es lunes y apenas son las doce de la noche. Un buen juego para prestarle al director de tu escuela, piensa Michael.

Una diferenciación moderna: víctimas y mártires.
por Joaquín Correa.



Luces calientes atraviesan mi mente

Martyrs es la segunda película de “terror” que veo para poder escribir en este número. La anterior, Patología no me cerraba y se dirigía más bien hacia un “thriller psicológico complotista”. Veo Martyrs y me sumerjo en el verosímil del género, por fin: estamos en 1971 y una pequeña chica sale corriendo de un viejo edificio, con la cabeza rapada, corre con dificultad, no controla sus piernas y pasan breves imágenes en ramalazos por su cabeza atormentada que no se acostumbra a la luz ni a la huida. En super 8 se narra su infancia y sus temores. “Lucie nunca contará lo que pasó”. El sujeto de la experiencia y su posibilidad para narrarla: el europeo de la primera mitad siglo XX por excelencia.

Lucie tiene el cuerpo marcado. No lastimado: marcado. Tiene tajos en la espalda, deformidades en los labios. En Lucie la experiencia se hizo cuerpo. Y además, no la deja libre: una vez salida de su encierro, ya en el orfanato y durante el resto de su vida, la persigue una chica o la visión de una chica: el cuerpo marcado también, pero aún más, con las marcas selladas en el cuerpo, cicatrizadas en la superficie pero aun abiertas. La persigue y la daña, le corta el cuerpo, interrumpe su vida. Los sueños, las visiones y los recuerdos se entretejen, confundiéndola, haciendo imposible el establecimiento del relato. No pudiendo distinguir entre la flagelación y la automutilación, entre el homicidio y el suicidio. La cámara alterna entre las dos perspectivas, si bien nos deja frente al suicidio: somos los torturadores, somos quiénes permanecen ajenos a la experiencia de Lucie.

La tortura

La tortura es teleológica: se diagrama y concreta en pos de un fin determinado, regido, además, por algún pensamiento o cosmovisión total, totalizante. Eso pienso mientras miro cómo le pegan, encadenan, flagelan y hasta despellejan a Anna, una de las tantas mujeres sometidas al martirio en la película. La única de ellas que sobrevive y llega a la transfiguración, a convertirse en mártir y, sobre todo, a narrar la experiencia en estado de éxtasis puro.

Pero, me digo, ¿cómo son capaces los europeos de volver una y otra vez sobre la tortura y el abuso infantil, teniendo como antecedente inmediato al nazismo, por ejemplo, donde la tortura fue aplicada sistemáticamente? ¿Cómo desmarcar la tortura de ese referente y volver a narrarla? Realizo, mentalmente, una rápida y aleatoria enumeración. Ninguno de los casos, y menos éste (Martyrs), puede desprender la tortura de una justificación: la tortura es un acto feroz de lectura-desciframiento, de investigación, de escritura sobre los cuerpos, un acto inicial donde lo que a primera vista se observa (la maldad del torturador, su falta de piedad) no representa nada sino el primer paso. “El fin justifica los medios” es, también, la premisa base de la tortura.

Los modernos torturadores no son cínicos, sino creyentes fieles. Pero su papel es sólo en primer término activo; para ellos, paradójicamente, no hay redención posible: presencian las torturas, el martirio del sujeto y no pueden acceder a su experiencia. Relato del Fin, la tortura es uno más de los Relatos en busca de La Verdad, y por ello mismo la falta de un basamento teórico o la sumersión en el escepticismo la cargan de cinismo, de maldad carente ya de todo sentido, o anulada por la implosión de los sentidos confundidos: no puede haber una tortura posmoderna, al menos no en la forma concebida hasta hoy día (pienso en Abu Ghraib y veo la tortura del presente, vacía, burlesca, como diversión sin adoctrinamiento: inhumana porque ya no interesa el sujeto para algo más).

Víctimas

En Martyrs las víctimas no tienen discurso: no producen un relato ni sistematizado ni coherente porque no pueden ordenar la realidad o porque no se creen entre ellas. Y una víctima no es un mártir, distingue Madeimoselle. Ella, mujer mayor (¿virgen?), severa y confiada en su “obra”, es quien pone en marcha todo el aparato para conducir el martirio de las personas internadas/secuestradas. “Hoy en día nadie quiere sufrir. Sólo quedan víctimas. Así es en esta época. (…) Los mártires son raros. Un mártir es un ser extraordinario: sobrevive al dolor, sobrevive a cualquier depravación, tolera la carga de maldad en la tierra. Ellos mismos se rinden, se trascienden a sí mismos”. Frente a la desaparición de los mártires y el auge de las víctimas, ella, anacrónica, violenta el martirologio de jóvenes mujeres, porque luego de haber experimentado con chicos, adultos y enfermos descubre que “las mujeres son más sensibles a la transfiguración”.

Madeimoselle tiene una fijación con los ojos: ahí se revela el martirologio, ahí se lee la experiencia, se intuye el pasaje y el conocimiento de lo que hay después de la vida. ¿A través de los ojos se ve el alma? Si bien Mlle. desecha toda influencia religiosa de su planteo, no puede negar un fuerte basamento místico cristiano. Por eso, cuando convoca a todos los otros viejos canosos para contar el éxito de su experimentación, se suicida. Porque conoce el relato del éxtasis del mártir, y no puede contarlo. Porque conoce el relato del éxtasis del mártir, y prefirió dejarlos con la duda.

Diferencia

El paso de la víctima de la tortura al mártir lo señala el egoísmo: en el transcurso, en el desarrollo del proceso de ruptura sobre el cuerpo, el sujeto supera el miedo y el sufrimiento. Y una vez allí, y gracias a todo lo sucedido, gracias al dolor y la humillación, el sujeto conoce. “Martir” significa testigo.

El Día que King Kong murió en Argentina
por Uriel Barros



Año 1977, Argentina. El estreno cinematográfico más esperado del año por fin ha llegado. Una colosal adaptación del clásico entrañable y magistral cult-movie de 1933, ahora realizada en color, sonido estereofónico y una super-producción mastodóntica capaz de mandar a construir un simio de 17 metros que se mueve, para lucir gigantesco y espectacular.

Probablemente la construcción de este artefacto fue el mejor argumento de venta que esta nueva versión pudo tener. La expectativa generalizada por ver el asombroso simio era tal que la gente creía que King Kong caminaba y se movía maravillosamente gracias al fascinante mundo de la robótica. La información oficial acerca del film era escueta y hasta confusa. Carlo Rambaldi (creador entre otros del tiburón de “Jaws” que Spielberg tanto odiaba) especialista en efectos especiales y construcciones mecánicas, cada vez que daba notas a la prensa daba a entender que su gigantesca creación estaba presente en casi toda la película. Mirando hoy esta película me pregunto cuántas escenas filmadas con el armatoste habrán descartado del montaje final.

La decepción ocurría mientras veíamos la película y el simio tan vendido resultaba ser finalmente un hombre disfrazado en traje de gorila! (fantástico traje y movimientos por cierto), cortesía del especialista y futuro maestro de efectos de maquillaje Rick Baker).

Apenas unos cuantos primerísimos primeros planos, y sobre todo una escena de parado y cuerpo entero coronado como el rey de la jungla en la gran ciudad y frente a la muchedumbre donde los flashes lo ponían nervioso. En esa escena es donde el trabajo de Rambaldi y el presupuesto de 3.000.000 de dólares proveído por De Laurentiis aparecían en todo su esplendor. La realidad indicaba que el muñeco gigante durante todo el metraje no llega aparecer ni siquiera unos míseros 30 segundos.

Aún así el film, con un costo de 24 millones de dólares, fue un suceso de público, la crítica la despedazó y Laurentiis ya estaba pensando en una secuela…que vendría 10 años después con resultados mucho peores.

Nuestra anécdota comienza un año después del estreno del film en Argentina, 1978, año del mundial de fútbol que se celebraba precisamente aquí. El gobierno militar presidido por el General Videla era denunciado en todo el mundo por entidades de derechos humanos y periodistas de prestigiosos medios por las reiteradas torturas, abusos y desapariciones de miles de personas. El fabuloso torneo era el evento perfecto “…para demostrar al mundo que el pueblo argentino está feliz y aquí no se tortura a nadie” rezaba la prensa comprada de época.

Incluso las autoridades militares invitaron a la actriz Lindsay Wagner protagonista de la serie televisiva “La mujer Biònica” (Bionic Women) a abrir el Torneo de Fútbol pateando la pelota con una patada biónica, bastante fallida por cierto. Esto se vio en todo el mundo. Era evidente que al general Videla le interesaba el mundo de la fama y las luces de Hollywood, elementos de pantalla para tapar crímenes de lesa humanidad.

Volvamos a Kong…

Con bombos y platillos se anunciaba que el gigantesco simio de la película de Dino de Laurentiis, King Kong, vendría a la Argentina y estaría en el predio de la Sociedad Rural Argentina. Una noticia increíble sobre todo para los niños , curiosos y gente en busca de nuevas emociones.

Resulta extraño que una empresa marítima del estado llamada ELMA fuera la encargada de transportar en las bodegas desde Montevideo, Uruguay (luego de ser embarcado en Los Angeles en los estudios Universal) los 20 enormes cajones con sumo cuidado y sofisticados elementos de seguridad previniendo cualquier inconveniente que pudiera suceder con el navío camino a Buenos Aires.

Mas extraño aún resulta que la rimbombante publicidad en medios oficiales de la llegada de King Kong a la Argentina fuera nota diaria en todos los medios. De hecho los cinco camiones y dos semirremolques que transportaban los cajones con el simio desarmado desde el puerto nuevo de Buenos Aires hasta el predio de “La Rural” se dirigían por la pintoresca y transitada Avda. Santa Fe de contramano y cortada al tráfico habitual especialmente para la ocasión, reservada exclusivamente a eventos notorios e importantes como la visita de su santidad Juan Pablo II en 1982.

Fue tal la expectativa, que la llegada de Kong fue televisada en vivo y en directo en el canal oficial (ATC). Para esto se contrató a la conductora Pinky (famosa por entrevistar a celebridades varias como Henry Kissinger, John F. Kennedy, Cassius Clay o Alain Delon) para que relate la llegada de King Kong y sirva de partenaire como una Jessica Lange del subdesarrollo.

El espectáculo denominado “El show de King Kong, la octava maravilla” prometía, al menos en los avisos publicitarios,”… un gran elenco, luz, color, magia y titánicas luchas junto a la actuación de King Kong…”

“El show” consistía en algunos números circenses nada espectaculares y un locutor micrófono en mano, contando las peripecias de Kong cuando fue cazado por el “Capitán Drake” y haciéndonos saber cosas increíbles como que el enemigo número uno de Kong era Superman (en esa época la película protagonizada por Christopher Reeve estaba de moda y era un hit). El locutor iba creando climas de misterio acerca del mal carácter de Kong junto a un payaso de poca gracia que solía hacer bromas más bien lamentables. Hasta aquí el simio no se presentaba; sin embargo por encima de las cortinas se dejaba ver parte de su cabeza. Cuando los niños empezaban a aburrirse y corretear entre las butacas de la improvisada carpa, un potente grito gutural daba por comenzada su participación en el show.

Su imponente figura de 17 metros de largo lo mostraba con grilletes y cadenas.

Al instante se observaban sus limitados movimientos, abría su boca, sonreía, movía sus ojos, y se movían los brazos, sus manos y sus dedos. El brazo izquierdo no se elevaba como el derecho,”… era como un ascensor que no lograba subir…” diría años después Jorge Paccini, el locutor invitado; “…todo era muy improvisado y la gente solía enojarse…” El tosco y rígido artefacto comenzaba a mostrar signos de decadencia. Los niños invitados a formar cola por el infame payaso, le hacían preguntas y Kong las respondía (¡!!???) Así nos enteramos que King Kong hablaba y era hincha de Boca Juniors y amigo de “El Increíble Hulk”. Cuando ya habían pasado 15 minutos de comenzado este show el payaso hacía enojar a Kong hablándole del Capitán Drake y éste rompía las cadenas; el locutor advertía al público que corriera por su vida a la salida de emergencia y las cortinas tapaban rápidamente a Kong. Fin del espectáculo.15 minutos, 2 horas de cola, 1.500 pesos de la época (algo asì como 50 euros).

Sobre la salida de la carpa, se observaba una mano suelta de Kong bastante menor en tamaño a la de la película lista para que los niños convencieran a sus padres de que les tomen una fotografía, bastante cara por cierto. También podían optar por pedir que les compren los globos de Kong, el cuento para pintar, el disco o los deprimentes muñecos mal pintados.

El ingeniero Eddie Surbin manejaba detrás del telón una consola que interpolaba las energías eléctricas e hidráulicas para posibilitar los movimientos de Kong. La voz del famoso gorila no provenía de sonidos programados, se trataba de deformaciones acústicas que generalmente hacía el mismo ingeniero.

Semana tras semana, el éxito de Kong se mantuvo por cuatro meses. Entrado el verano, en enero, la idea de los empresarios que trajeron a Kong era hacer una temporada veraniega en la ciudad más concurrida de las vacaciones: Mar del Plata. El plan era hacer esa temporada y luego partir rumbo a Río de Janeiro, luego Venezuela, Mexico y finalmente regresar a Los Angeles.

Corrían los primeros días de enero y los diarios locales y carteles anunciaban que King Kong estaba en Mar del Plata. Lo cierto es que debido a dificultades técnicas y de estructura debió atrasarse el estreno aproximadamente un mes. El lugar donde se desarrollaría el evento era el famoso estadio de Boxeo llamado Bristol. Fue necesario levantar muros de contención y realizar excavaciones para ganar la altura necesaria con el objetivo de que Kong, erguido, pudiera caber debajo de una enorme carpa inflable. Así el lugar se reconvirtió en una especie de anfiteatro; todo esto construido en tiempo record, apenas un mes, suficiente tiempo para augurar una pérdida importante de público, sobre todo porque se sabe que el mes de enero es el más importante en afluencia de gente de la temporada veraniega.

También aquí se complementó el show con números circenses de acróbatas y music hall ; el show ahora duraba un poco más de media hora y costaba más del doble de lo que había costado en Buenos Aires.

El turismo no acudió como se esperaba, se observaban muchos espacios vacíos entre las butacas y muchos en Buenos Aires ya lo habían visto así que no tenía sentido volver a ver un espectáculo tan pobre y tan caro.

En febrero continuó la merma y la temporada terminó.”El show de King Kong en Mar del Plata” fue uno de los fracasos más importantes en materia de espectáculos que se recuerde en Mar del Plata. Se perdió mucho dinero, y las demandas y las deudas millonarias comenzaron a pesar sobre los hombros de los responsables del asunto.

En marzo de ese mismo año la empresa que realizó y armó la carpa la retiró dejando a la intemperie al pobre Kong. El público se había ido y King Kong quedó solo con la mirada perdida puesta en el mar, quizás con esa esperanza de volver a Manhattan o Los Angeles o mejor aún a La isla Skull, su verdadera casa.

Abandonado como gigantesco desecho colocaron una lona sobre su cabeza para que nadie se diera cuenta de que King Kong permanecía inerte esperando resolver su futuro y viajar a Brasil.

Los meses transcurrían y Kong permanecía allí. La humedad, la lluvia otoñal y por último el frío invierno de la costa comenzaron a deteriorar el pelaje de crin original de 600 caballos argentinos. La consola de movimientos tapada con otra lona comenzaba a oxidarse. La muerte de Kong acechaba día tras día; ya nadie hablaba de Kong, ni siquiera los secuaces del aparato represor del General Videla. Ese mismo año (1979) visitaría el país traído por el canal oficial ATC, Lou Ferrigno, más conocido como “El Increíble Hulk”, justamente “el amigo de Kong”. Ahora le tocaba a otra bestia recibir al público Argentino.

La Sociedad de Derechos de Autor para la música Argentina –SADAIC- finalmente embargó al gigantesco muñeco solicitando una deuda con intereses por derechos musicales no abonados y explotados sin autorización de los autores. Si bien no era un espectáculo musical, durante el show y la espera se escuchaban temas disco de moda, desde Bee-Gees hasta Palito Ortega.

La empresa de Rio De Janeiro también se hizo escuchar. Y los licenciatarios estadounidenses del enorme simio pedían las cabezas de los argentinos. Eran estos mismos licenciatarios los dueños de los dos únicos modelos de King Kong que se mantuvieron intactos en los Estudios Universal de Florida hasta hace un par de años atrás, cuando fueron devorados por las llamas del incendio que azotó dichos estudios.

Por otro lado la codicia de los inescrupulosos empresarios que armaron este espectáculo en complicidad con gente del gobierno terminaron acrecentando sus deudas de locación de alquiler por el estadio Bristol. Los dueños del predio tuvieron que ingeniárselas para montar con una grúa a Kong y transportarlo a otro lado donde no moleste, pues nadie allí pagaba la renta. Así Kong viajó una vez más y ya sin levantarse fue depositado en las afueras de la ciudad de Mar del Plata a metros de una villa miseria y a cuadras de la cárcel de Batán. Allí, arrojado como basura, el artefacto de 3 millones de dólares, quedó mezclado entre los escombros y la inmundicia del lugar. Legiones de ratas se devoraron el pelaje y hasta el látex que cubría a la octava maravilla del mundo. La agonía de Kong duró un par de meses. Estoico, luchó como pudo, ya sin piel y dejando entrever su fisonomía metálica. Los lugareños de la humilde villa vieron en Kong un regalo del cielo; toneladas de metal para armar paredes y cubrir techos a sus ranchos. Los Niños descalzos jugaban en el interior del moribundo Kong arrancando cables y mangueras hidráulicas como inocente divertimento sin saber que yacía sobre sus desnudos y sucios piecitos el rey de los monstruos. El rey Kong, derrotado por la inescrupulosidad y codicia vergonzante, perdido, ultrajado y devorado por la miseria y la corrupción.

Primeros días de Noviembre de 1979. Aunque no hay una fecha exacta, quizás el día 8 sea la fecha en que el rey Kong murió. La misma en la que Willis O’Brien, el creador, animador original y padre de King Kong, falleció en 1962.

HAMMER HOUSE OF HORROR (1980)

por Walter Viegas




Sería imposible sintetizar la historia de una de las productoras de cine de terror más famosas de la historia y seguramente los conocedores encontrarán aquí una gran inexactitud. Todos nos asustamos en nuestra infancia con sus espeluznantes películas, que en la televisión local daban con frecuencia en Viaje a lo inesperado los sábados de terror. Nacida en 1934, pero estableciéndose con mayor fuerza durante los 50 y 60, la productora Hammer hizo de sus películas un sinónimo de terror gótico. Filmadas utilizando un sistema económico de producción, reemplazaron el costo elevado de estudios por el alquiler de antiguas mansiones (en 1938 Dial Close y desde 1951 Down Place) que daban a sus películas ese ambiente siniestro tan característico por el que se hicieron famosas. El resto, era diseño de producción e iluminación.

Tiene su primer éxito de taquilla en 1955 con The Quatermass Xperiment, adaptación de un guión para televisión. A partir de entonces, lanzaron clásicos de culto: The Curse of Frankenstein, Dracula, The Mummy y sus muchas secuelas. Adicionalmente, produjeron una larga lista de películas de segunda línea para ser estrenadas en doble programa, aprovechando vestuarios y decorados de sus principales producciones, entre las que se encuentran joyas como The Reptile (1965), The Gorgon (1964) y The Witches (1966).

Promediando los ’60 agregan fuerte dosis de erotismo a sus historias, adaptándose a una época de liberación sexual que favorece el desarrollo de géneros como el sexploitation. Alcanza de este modo éxitos instantáneos, por ejemplo el fantástico camp prehistórico One Million Years B.C. (1966), protagonizada por Raquel Welch en su inolvidable bikini de cuero. Pero hacia fines de la década crece la demanda de la audiencia por un horror más gráfico, gracias a la excelente repercusión lograda por la película independiente de George Romero, Night of the living dead (1968). La Hammer sale a competir en este nuevo mercado con The vampire lovers (1970) (honores a su sexy protagonista, la incomparable Ingrid Pitt, fallecida en 2010), iniciando una trilogía de vampiras con escenas de lesbianismo bastante explícitas para la época.


Ante el creciente consumo de productos televisivos, la Hammer va perdiendo fuerza y cantidad de espectadores. En 1980 decide incursionar en el pequeño formato, produciendo para la televisión británica una serie de 13 capítulos de 51 minutos de duración, titulada Hammer House of Horror. Las temáticas son variadas, desde brujas y hombres-lobo hasta científicos locos y fetiches voodoo. Con la inclusión de protagonistas de renombre y sus elevadas dosis de sexo y de sangre, la serie no logró una segunda temporada. Pero los capítulos que salieron al aire entre abril y diciembre son de una factura impecable. Esta es la lista de capítulos:

Episodio 1: Witching Time: El fantasma de una bruja del siglo XVII vuelve a la granja en la que fue asesinada para seducir al compositor que ahora vive allí y cumplir un plan postergado durante siglos. Con Patricia Quinn, recordada por su rol en el cult movie The Rocky Horror Picture Show (1975).

Episodio 2: The Thirteenth Reunion: Una reportera hace una nota sobre una selecta clínica que utiliza un método para adelgazar, cuyo plan de marketing incluye... un Holocausto Canibal!

Episodio 3: Rude Awakening: Denholm Elliott (nominado al Oscar, colaborador de directores de la talla de Woody Allen o James Ivory, y recordado por su trabajo en la saga de Indiana Jones) es un agente inmobiliario que se ve atrapado en sueño tan vívido que no logra discernir entre realidad y fantasía.

Episodio 4: Growing Pains: Un matrimonio adopta un niño luego de la muerte de su propio hijo. Aunque pronto verán que el niño está poseído y tiene oscuras intenciones para vengar su muerte.

Episodio 5: The House That Bled to Death: un matrimonio y su pequeña hija se mudan a una casona embrujada en donde el duelo anterior mató a su esposa. Abran las canillas si quieren ver sangre!

Episodio 6: Charlie Boy: el espíritu maligno de un hechicero encerrado en un muñeco voodoo que logra todo lo que se propone.

Episodio 7: The Silent Scream: Peter Cushing interpreta al dueño de una veterinaria con un oscuro pasado de criminal nazi. Brian Cox, el primero en interpretar a Hannibal Lecter en Manhunter (1986) de Michael Mann, será víctima de un macabro experimento para controlar el comportamiento.

Episodio 8: Children of the Full Moon: la bomba Diana Dors (apodada la “Marilyn Monroe” inglesa) es la elegida por un grupo de niños-lobo que buscan madre para su nuevo hermanito. Una versión licantrópica del bebé de Rosemary.

Episodio 9: Carpathian Eagle: Suzanne Danielle es una psycho-killers con un extraño ritual, que seduce a un jovencísimo Pierce Brosnan para convertirlo en su próxima víctima.

Episodio 10: Guardian of the Abyss: un anticuario, un espejo que abre las puertas del Infierno y un grupo de satanistas que intentan dar vida a un demonio mítico.

Episodio 11: Visitor from the Grave: una fantasmal venganza se cierne sobre Kathryn Leigh Scott (de la famosa telenovela de vampiros Dark Shadows que ahora está versionando Tim Burton en versión cinematográfica) cuando mata a un hombre que pretende violarla.

Episodio 12: The Two Faces of Evil: un perverso extraño haciendo dedo, un accidente y una señora que se lleva a su marido desfigurado a casa... ¿o a su asesino? Estilizados ángulos de cámara y una atrapante historia para un capítulo memorable.

Episodio 13: The Mark of Satan: un hombre tiene la certeza sobre la acción de las fuerzas del mal cuando comienza a ver el número nueve en todas partes y comprende su significado.

Sobre Possession de Andrej Zulawski.

por Esteban Prado.




Chiste sin humor: un pocaco, un italiano y un yanqui se encuentran una francesa en Berlín. ¿Quién posee a quién?

El problema con el cine alegórico es que no se puede sostener toda una película bajo un mensaje cifrado ni, menos aún, dejar un mensaje medio pelo como único efecto de una película llena de efectos parciales, terribles, eficaces que pueden quedar opacados detrás de una línea: “esta película habla de la alienación del hombre”. Una buena película nunca debe ser reducida a un panfleto político, menos a un panfleto alegórico, donde es evidente que se quiere decir algo pero no se lo dice. Zulawski, exiliado de su Polonia natal, dirige una película con mensaje cifrado de este lado del muro (entiéndase este lado por lado oeste). Gran alegoría del silencio pero no se sabe muy bien quién lo calla del lado oeste. Del otro lado, la película no tiene posibilidad de difusión, de este lado, la película goza de buena salud y será censurada por mostrar escenas de sexo entre una bella francesa y un pulpo asqueroso pero nunca por hablar del régimen que dividió en dos a Berlín.

Porque el final de Possession es impactante, porque los nenes dicen la verdad y la verdad es que su padre y su madre fueron reemplazados por otros iguales a ellos pero mucho mejores, porque la entrada del padre en la casa anuncia la guerra y el bombardeo que se escucha con el fade to black y él no sabe más que esconderse en su trinchera, que es la bañadera llena de agua en la que se zambulle vestido, para no tener que hablar de eso me quedo con un efecto parcial.

La pareja de Possession es como la de Kramer vs Kramer o como la de La guerra de los Roses o la de El Séptimo Continente o también la de Anticristo pero en esta no hay divorcio como en la de Benton; no hay humor, nada de humor como en la de DeVito; no son tan felices de morir como en la de Haneke ni son tan voluntariosos como en la de Von Trier. Mark y Anna son terribles pero esta vez sólo hablaremos de ella.

Anna, Isabelle Adjani, no sufre, es calladita, no explica dónde pasa el tiempo que no está con su familia. Anna tiene ataques de ira, períodos de silencio y ausencias cada vez más prolongadas. Hasta mitad de la película, el punto de vista está con Mark y nunca vemos qué hace cuando está sola. Cuando Mark contrata un espía, la cámara comienza a quedarse con ella y nos muestra su intimidad.

La intimidad de ella, ella misma, ella sola, es el terror. Desde el primer momento y en un plano de dos segundos, sabemos que Adjani tiene ese don, el de dar miedo. Un primerísimo primer plano, con los ojos brillosos y una vena que atraviesa la frente traslúcida son la evidencia.

Tiene dos escenas que llevan a un nivel terrible la exasperación. La primera tiene que ver con el monstruo de tentáculos que crea Carlo Rambaldi (E.T. – Alien), un mostruo baboso, un alien libidinoso, lleno de tentáculos penetradores, que en los ochenta capaz daban asco pero ahora dan risa. Cuando ella tiene sexo con el pulpo sin cabeza, su cara es lo más escalofriante de todo. Ella, mientras es poseída, en la acepción más carnal del término, por el monstruo de los tentáculos, dice Casi… casi… con una cara tan cercana al orgasmo como a la desesperación y un casi… casi… tan incomprensible como cada uno de sus gritos. ¿Casi… casi… se llega a dónde? El pobre Mark no entiende, la ve en éxtasis, pero no entiende.

La segunda escena de la que quiero hablar se da en los pasillos del subte y es tanto más terrible que la de Gaspar Noé con bellucci como más bella que la del mismo Noé en el corto Eva. Anna camina por los pasillos del subte con la bolsa de los mandados y se ríe. Se ríe hasta que la risa se vuelve incontrolable. Se ríe hasta que empieza a gritar y estalla la bolsa contra la pared. Desde ahí tenemos dos o tres minutos, sin cortes, dedicados a ella, exclusivamente. Un solo de Isabelle Adjani que la rompe y te deja de cama y en coma. El monstruo es ella. La que da miedo es ella.

Ella es solita, mucho más indescifrable y terrible que la alegoría de Zulawsky y ahí su fuerza.

¿Isabelle o Anna? Es uno de esos casos en los que pienso, cuánto más divertido ver esta película, no como ficción, sino como un documental de la actriz actuando.

De mechas blancas y gustos negros.
por Pablo García.



En algún punto, sobre

Shelter, dirección: Mans Marlind-Björn Stein, Estados Unidos, 112 min. y

House of 1000 corpses, dirección: Rob Zombie, Estados Unidos, 89 min.

La foto de Julianne Moore en la tapa siempre complica cualquier intención de terminar de ver una película. No ayuda que sean las cuatro de la mañana, pero ayuda el mate y ayudan las Oreo, ayudan a reventar de azúcar y cafeína, a no quedarse dormido, a no soñar con la aspirante a Judie Foster. Ayudan efectivamente.

Cuando termina la película me quedan dos cosas claras. La primera: estoy harto, podrido, cansado, aburrido, asqueado, saturado y todo el tomo completo del diccionario de sinónimos correspondiente a la expresión “hasta la coronilla” de las películas de suspenso que se la dan de aterradoras. Basta, no confundan más a la gente, dejen de hacerle perder tiempo y siéntense en la mesa que les corresponde. Segundo: el mejor personaje de la película es la piba de los rulos inflados. ¿Por qué? Quiero creer que no se trata simplemente de envidia, aunque tiene que ver con su cabellera. Seguro es por lo blanco de todo ese pelo. Tercero: las galletitas son geniales, lo mejor de la función, anoto dos paquetes para la próxima.

En seguida pensé en el número de diciembre y en Carpenter. Shelter, como la primera parte de In the mouth of mandess, es una película de intriga; pero, a diferencia de ésta, se queda ahí nomás, recuperando datos del pasado e intentando explicaciones. Se sube a la ola asiática (no, la ola de Japón no, no sea hijo de puta, hablo de la moda, la tendencia, que marcó en la última década el terror Oriental, donde la venganza-justicia-desde-el-más-allá es el viento, las fases lunares y los chapuzones del luchador de sumo que, al grito de “booomba”, sacuden la masa de agua salada) y trata de surfear sobre una tabla de planchar: equivoca los medios y falla, se rompe la crisma. La horrorosa metáfora da más miedo que cada minuto de cinta.

El recuerdo de John Carpenter también tiene que ver con la aparición de la chica y de su larga peluca albina: aquel viejo de la ruta, que en la bicicleta invalida la diversión y el tiempo en una repetición eterna, frente (y en paralelo) a esta juanita de bruja con campera de blue-jean.

Por lo mismo, me acordé de House of 1000 corpses, de Rob Zombie y de su gran Otis (Bill Moseley): sus mechas me molan. Por extravagantes, porque en la ausencia de color sugieren una esterilidad propia de aquello que merodea la muerte, y la muerte mola, tal vez. Sin embargo, la escasez de melanina es lo único que tienen en común los personajes de Zombie y Marlind-Stein.

Se trata de la muerte que quedó a un par de puntos y comas de distancia. Si el lugar de convergencia es una cana, todas las diferencias se plantean en la muerte. Cuando me acuesto a ver terror quiero ver, también, muertes; no resolver misterios.

Desenredando un poco: la película codirigida gira básicamente alrededor del enigma identitario del presunto enfermo y el protagonismo lo asume Moore, en su calidad de mujer de ciencias que recorre historias clínicas y archivos de biblioteca. A la vez, aparece algún que otro cuerpo, solo, frío, tirado en un rincón, y las muertes se suceden sin que nos enteremos. Eso es equivocar el foco. Eso es generar, en el mejor de los casos, temor. Eso es interesarse por el qué de un argumento agujereado, pretender que el espectador se preocupe por que no le ocurra nada al protagonista, que grite “¡guarda, está atrás de la puerta!”.

No, Mans, no Björn, a nadie le importa si lo matan: le pagan, y mucho, por ser la víctima, si no quiere trabajar traigan a otro. ¡Quiero sangre! (o que me devuelvan la plata de mi…….. factura de Speedy)

Comparo y digo: gracias, Rob. Gracias por darme sangre, gracias por sacrificar a tu mujer. Y no me vengan con patrañas, no le creo a nadie que me diga que cuando ve a baby-paisanita improvisar el musical para los cuatro tontos de la ruta, cuando se les sienta en la falda, se preocupa por la salud de ellos y les grita: cuidadooooo! No. En ese momento pedís más, aunque fueras vos el que está sentado al pie del escenario (aunque sos vos, sentado al borde de la cama, porque esta escena no se puede ver recostado), ya no interesa, pedís más: matame, putita hermosa, matame y decime fiambre (aunque seas mujer, dale, no te hagas la modosita).

Aunque sos vos: minutos meta-espectaculares que remarcan la forma. La muerte puede ser natural, en ese caso sí, ignorémosla, porque no viene al caso. La matanza, en cambio (parece enseñar Zombie a la dupla de directores marketineros), no puede suceder en off. La matanza es puesta en escena, ceremonia, y el que oficia el rito no es el que corre, el que grita, el que intenta escapar.

Dar relevancia, otorgarle la iniciativa y la acción al malo de la película. Terror es acto de cuerpo presente; para acertijos sobran policiales. Terror es sobre todo forma. Se nota en la sensualidad bailarina de Shery Moon, se nota en un pasaje que es casi una declaración de principios: Otis asesino, Otis escultor de carne muerta, destapa ante los ojos despavoridos de una muchachita el reacomodado cadáver de su novio. El otrora cara de opa se convierte en collage orgánico y hediondo de Poseidón: cómo te cambió el semblante, qué bien se te ve.

Se nota especialmente en el Capitán Spaulding, en la cara pintada y en lo voluminoso, que dice subliminalmente: qué es eso de villanos que pasan desapercibidos para matar, esos son cagones. Me encanta Spaulding, porque es tan gordo y tan grandote que no se puede esconder. Porque el maquillaje chillón no intenta ocultar rasgos, sino minimizar las posibilidades de pasar inadvertido, seguro que si pudiera se pondría carteles de neón en los bigotes. El terror es lo que va desde que se avizora el peligro inevitable hasta la muerte salvadora, he dicho. Y al payaso lo ves a siglos luz de distancia.

En definitiva, quería decir que para hacer cine de terror no alcanza con meter en la historia un personaje jodido y chupa almas, no alcanza con hacerlo escupir baldes de tierra cuando a la hora de matar se vuelve aséptico, cuando la cámara manipulada por guantes de látex aleja un plano que siempre encuentra a Moore centradísima y sin un pelo fuera de lugar. Vamos gente, eligen a Jonathan Rhys Meyers para ser el monstruo y se cagan en el la tumba (vacía) de sus parientes lejanos. Así, más vale ser Zombie por opción que M(e)yers de nacimiento.



lunes, 6 de diciembre de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 6. Noviembre-Diciembre 2010. Dossier sobre John Carpenter.


Sobre Dark Star (1974). Por Rodrigo Montenegro.





Estrellas oscuras y planetas solitarios.



1. La primera vez que vi Dark Star fue en un ambiente cinematográficamente extraño, al menos en principio. Aunque a la distancia puede que cobre un sentido especial. Un sentido que tal vez, veladamente, Carpenter pudo haber imaginado. Reconstruyo la escena: una sala subterránea de butacas rojas, una sección olvidada de un olvidado festival de cine, y los Natas tocando durante horas. Recuerdo que al emerger de la sala hacia la calle, eran cerca de las tres de la madrugada. En mis oídos aturdidos aún permanecían los ecos de una Gibson SG. Los Natas había hipnotizado al público, como es su costumbre, lanzándose hacia un viaje interestelar entre distorsiones valvulares y sonidos psicodélicos que regresaban a través del tiempo, probablemente desde los ´70. El stoner rock propone viajes turbulentos e inciertos, así como la Dark Star que ideo Carpenter en el ´74.

2. El siglo XXII es una buena era. La raza humana se dedica a colonizar el universo como un pasatiempo que se impone ante la madurez tecnológica. Sin embargo, antes de poder concretar cualquier odisea espacial sea hace necesaria una metódica labor de años: la destrucción de planetas. Por lo tanto, los navegantes de la Dark Star acometen el tedioso viaje a través de la monotonía de las estrellas.

3. Dark Star es una película de género. Por ende, la ciencia ficción es el marco que la contiene y le otorga sus clichés; pero también es una parodia. El registro que Carpenter propone se ubica entre la sátira y el absurdo. En definitiva, ese absurdo que llega a dibujar alguna sonrisa en el espectador es una consecuencia del extremo al cual se somete toda una tradición de viajes siderales. Si 2001: A Space Odyssey es la cumbre y la legitimación de los films espaciales, Dark Star recupera ese signo para reírse desde lo irracional.

4. En la soledad del espacio, lo absurdo puede convertirse en bizarro muy rápidamente. Un ejemplo: adoptar un alien como mascota (sobre todo cuando el ser es un globo de gas) puede representar algo más que un mero entretenimiento, puede ser una marca de la ridiculez misma. Entonces, los cosmonautas de Carpenter no son científicos prestigiosos, son seres humanos comunes y corrientes. Sus pasatiempos son triviales y prosaicos. A través de ellos se deja en claro que cuando el tiempo se distorsiona, el tedio puede ser un enemigo poderoso. Para el teniente Doolittle, las añoradas olas de Malibú son un recuerdo y un anhelo siempre presente que se concreta en la escena final del film, surfeando la atmosfera de un planeta desconocido.

5. La inteligencia artificial nunca fue tan amable. La computadora central de la Dark Star se presenta con la dulce voz de una joven mujer, invitando a los tripulantes seguir sus consejos. Sin embargo, es interesante destacar que la I.A no se contenta con una sencilla representación de los avances tecnológicos. Las bombas termoestelares también hablan y razonan. La filosofía nunca llego a pensarse a sí misma del modo en que Carpenter la obliga. La fenomenología de Husserl adquiere un giro absurdamente interesante al plantearse desde la perspectiva de un programa de computadora.
6. La muerte en el espacio es fría y silenciosa, especialmente para el comandante Powell. Almacenado en una tumba de hielo, aún representa el último recurso para su tripulación. En el futuro no hay descanso… En el espacio sideral todo se desdibuja, inclusive la muerte.

7. Desde su cabina, Talby observa las estrellas a las que desea unirse. Carpenter le concede su deseo. En 1974, contemplar en una pantalla de cine un viaje hacia nebulosas desconocidas era el correlato de la psicodelia que recorría las calles terrestres a través del LSD.

Asteroides Fénix, surfers y rock experimental: una buena era para la raza humana.

Sobre Halloween (1978). Por Esteban Castromán.


Escribí un microrrelato que fue publicado en el libro Fin (Vox, 2009) llamado “Michael Myers entrando a la habitación en la última escena de Halloween”. Es que esa peli me flipó. Por muchas razones. Algunas de las cuales creo desconocerlas. Como todos, en todos los sentidos posibles. Sin embargo, intentaré desmantelar los datos que me refieren a ella y reconstruirlos aquí, en cuatro episodios arbitrarios.

PRIMER EPISODIO
Cuando volví a ver la película, muchos años después de haber escrito ese cuento mutado en poema, me dí cuenta de que la narración de la cosa era una interpretación regada de equívocos, pero que lograba mantener una sustancia de la memoria relacionada a los miedos y deseos infantiles. Esos episodios traumáticos o epifánicos que uno no puede dejar de recurrir y ficcionalizar mediante un artilugio desviado, pero sumamente sensible.

Entonces me pregunté el porqué de ese camino, esos detalles, ese recorte del todo.

En la uno, en la dos y en las subsiguientes, Michael Myers es un pibe anómalo, granjero desequilibrado, “El Coco”. En el cierre de los créditos de la uno, Michael Myers es mencionado como “La Forma”.

Pionero de la inmortalidad en los films del género slasher. Por ejemplo, Jason Vohoores (héroe absoluto de la saga Friday The 13th) le debe un par de vidas o, al menos, haber recibido de él la pastilla del eterno retorno.

Micheal Myers asesinó a su hermana mayor. Y quince años después regresó al meollo del asunto para matar adolescentes lascivos.

Halloween fue estrenada en el año 1978.

Hubieron varios actores que lo interpretaron en la película: Nick Castle, Tony Moran y Tommy Lee Wallace.

Micheal Myers es producto de las obsesiones de Debra Hill y John Carpenter.

Otro de los actores en el film era Donald Pleasence. Creo no haberlo visto más por los sets de Los Ángeles, pero su papel en Halloween me estremeció (aunque visitando IMDB me enteré de que actuó en un montón de películas). Para mí, de niño, el personaje que interpretaba Donald, fue una suerte de héroe que lograba frenar el mal, desactivarlo, ayudar a explicarle a mi madre que todo vuelve y esas cosas que en ese momento uno no las piensa y que se hacen concientes muchos años después.

SEGUNDO EPISODIO
De niño, la calva de Donald Pleasence persiguiendo y disparando al malo, supo alterar para bien mi idea acerca de la vejez.

Para filmar Halloween, Carpenter gastó algo más de trescientas lucas. Una bicoca para los números que manejan las pelis de Hollywood.

Muchos dicen que Halloween inauguró el subgénero slasher del género terror. Sin embargo, The Texas Chain Saw Massacre de Tobe Hooper es del ´74, cuatro años antes.

De todos modos, Carpenter desplazó al espacio semi-urbano las paranoias y los males del terror rural.

Un muñeco con la puta máscara cubriendo su cara caminando a paso de oveja, cruzando una calle medianamente transitada, mientras los niños consumían todas los clichés de la fecha: el Halloween, los disfraces, los caramelos envenenados por la neurosis de los adultos, la sospecha del vecino maldito, los coeficientes de estupidez interplanetaria de siempre.

Y un loco, desconocido a priori y reconocible después, en la antipatía de lo real, cruzaba la calle con un cuchillo bastante afilado en su mano.

Uno se preguntaba, como niño espectador: ¿ese loco tiene un cuchillo para matar personas?

Ese loco desconocido era Michael Myers. Sí, ése que cruzaba la calle con el cuchillo.

El pibe perturbado que Rob Zombie remixó hacia el lado de la esquizofrenia. Como si toda explicación, a diferencia de Carpenter que era algo más sensual y visceral, fuera sólo una condición psi.

Y Michael avanzaba. Y nos cagábamos de miedo. Porque él, Michael Myers, era el maldito psicópata que nos venía a buscar.


TERCER EPISODIO
Recuerdo que un día, a los doce, viendo por segunda vez la película, en la confusión del miedo y las tostadas, toqué mis primeras tetas.

Eran grandes y sólidas.

Unos melones impresionantes.

Yo era petiso, así que quizá la escala de la descripción quizá esté algo distorsionada.

Estábamos en la habitación de la casa de ella, la de las tetas. Con un video y una tele donde vimos Halloween. Estaba su hermana más grande. Y su padre revoloteaba por el baño, como un fantasma del transporte. Era remisero y tenía horarios satánicos.

Así que cuando escuché el ruido de la puerta, que se iba, haciéndome el pelotudo, mientras Micheal Myers asesinaba a una nueva víctima en la pantalla, yo agarraba esas tetazas, hasta que su dueña me daba otra cachetada. Otro manoseo, otra cachetada. Era hermoso.

Lo que no era hermoso eran los destinos de los personajes en la película. Las víctimas de Michael Myers. Pero era sólo una película. Una gran película, al fin.

En ese horror susurrado desde las lagunas de Hollywood, en su reproducción VHS algo clandestina, descubrí mi sexualidad.

Esas tetotas.

Esos asesinatos, en la pantalla y en el baño: gallinezcos. Me refiero al ahorcamiento de gallina de esas épocas, estimuladas, luego, por el recuerdo.

CUARTO EPISODIO
Ahora todo es distinto. La vida adulta es porno. No hay sutilezas. O si las hay, son algo más explícitas que en la adolescencia. Bastante más, diría. Es decir, si la mirada distorsionada del film de Carpenter –la brecha entre la perspectiva anterior y la actual- pudiera ser una materia sensible de análisis, diría que Halloween para mí es como una novela iniciática. El momento en que empecé a amar el género por muchas razones. Infantiles por un lado. Sexuales por otro.

Es que el género cinematográfico rotulado como horror interpela nuestros costados infantiles y sexuales. Hace que dialoguen con todo lo otro. Nos hace flipar. Una electricidad vital.

Halloween fue estrenada en el año 1978. ¿Qué tipo de relatos, en la actualidad y para las nuevas generaciones, producirán tal especie de epifanía?

Responder, abajo.


Sobre The Fog - 1980. Por Jonás Gómez.





Uno de los motores clásicos de las películas de terror es la venganza. Hombres, fantasmas, monstruos de todas las morfologías posibles que llegan buscando el perjuicio de sus blancos designados y tal es el caso de The Fog, con una salvedad que la vuelve un tanto más interesante.
La historia comienza con un hombre mayor, un marinero que, alrededor de un fuego en la playa, cuenta la historia del naufragio del Elizabeth Dane, barco que fue guiado a la costa en un engaño, por medio de una fogata que se confundía con un faro. La desgracia, ocurrida en una noche de niebla, se había dado 100 años atrás de la fecha en la que se escucha el relato, en la Bahía de San Antonio.
A partir de esa introducción, de esa información que llega como parte de una leyenda, el espectador recibe las partes faltantes en raciones: la traición de los pobladores del lugar, la promesa de ceder una porción de tierra para que el capitán del barco, Blake, un hombre acaudalado que junto su tripulación padece lepra, se instale junto a sus hombres, todos leprosos, en esa tierra, a pocos kilómetros de San Antonio.
Lo que puede resultar una novedad es que estos fantasmas que vuelven, atrapados en su propia temporalidad, como todo fantasma, están motivados por una venganza que podría equipararse a la justicia. Fueron engañados, todos murieron ahogados en el mar para que los pobladores pudieran construir una iglesia y dar el paso de asentamiento a pueblo.
Este no es el caso de fantasmas que acarrean maldad espontánea en su estructura gaseosa, pero claro, para que la trama sea tragedia, con la llegada del centenario de la fundación de San Antonio, a Blake y a sus hombres se les da por salir del fondo del mar y pasear por las calles del pueblo.
Con respecto a los pobladores, víctimas, las reacciones están divididas en los que mueren sin posibilidad de defensa, los que huyen e intentan sobrevivir, y, en un casillero individual, está el cura del pueblo. En su iglesia, coincidente con el aniversario del pueblo, desde la pared, cae una roca que oculta el diario de su abuelo, también cura.
El padre Malone lee el relato de los 6 responsables de generar la fogata en la playa para que el barco choque contra las rocas. Descubre la verdad con una mezcla de sorpresa y culpa, parece ser el único que se siente responsable por la tragedia de Blake y tripulación.
A diferencia de otros fantasmas, Sadako, o Samara en su versión made in U.S.A, Polstergeist, y tantos otros, la mediación con la tecnología es relativa, si bien hay hechos inquietantes alrededor de objetos, la manguera de nafta de una estación de servicio que se suelta del surtidor, botellas que tiemblan en un minimercado, la alarma de un auto que se activa, estos fantasmas no salen de la pantalla. Cuando se materializan, en la precisa brecha horaria entre la medianoche y la 1 a.m, lo hacen con ganchos, cubiertos de vendas, y, en el caso de Blake, quizás como símbolo de status o distinción, con un sable.
Como la verdad que debe emerger, como el diario del abuelo Malone, los fantasmas ahogados vuelven en el centenario, hacen sonar la campana de la ciudad, y en ésta oportunidad sus reacciones son indiscutiblemente punzantes.


Próximamente... Sobre The thing (1982). Por Iván Moiseéff





Sobre Christine (1983). Por Esteban Prado.


Christine, una historia de amor

El sueño americano incluye autos, casas, quarterbacks y cheerleaders. Dentro de la igualdad de oportunidades, hay chicos que no son tan iguales y se quedan afuera. No son chicos malos ni chicos buenos, ellos son los verdaderos loosers.
En esta jerarquía de la high school, los loosers no serán mucho más que el lumpen, no cuentan como clase.
El pobre Arnie, co-protagonista de Chrstine, es un caso especial porque sus padres son particularmente desagradables, desventaja central aparte de su cara de nerd irremediable, que se encuentra parcialmente equilibrada por un don invalorable: su amistad con el niño bien, Dennis.
Christine, la película de Carpenter, es cien por ciento ambigua. El demonio en sí mismo es un auto, un auto con nombre de mujer que seduce al joven Arnie y le da la posibilidad del éxito y la venganza. Éxito con las chicas nuevas y lindas que nunca lo hubiesen mirado, venganza de los cerdos y asquerosos gordos y morochos chicos que lo acosan y golpean.
Arnie y Christine, quién es quién, ellos son uno para el otro, se poseen al punto de no ser más que dos manifestaciones de lo mismo (el deseo de ser queridos).
Seguro haya un término psicoanalítico para denominar la relación que tienen Arnie y Christine, seguro que Barthes tiene una figura para nombrarlo en su libro Fragmentos…, lo importante es que lo de Arnie y Christine es lo mismo que pasa entre hombres y autos desde que los autos existen.

En fin, la historia se resume fácil. Arnie gana a la chica linda, se dan una serie de situaciones violentas, el auto mata gente, la gente se venga, lo trata de destruir, el auto se reconstruye, Arnie está alienado, pierde a la chica linda, el chico bien y la chica linda tratan de recuperar al looser pero el looser ya está del otro lado, a tal punto está del otro lado que se la pone de frente una pared y termina con una punta de vidrio que le atraviesa el cuerpo. La imagen de la muerte de Arnie es muy tierna: su mano en sangrentada recorre el cuerpo de Christine hasta que ya no puede sostenerla y muere. Inmediatamente ella quiere tomar venganza y ataca a los jóvenes sin importar las consecuencias, choca una y otra vez contra máquinas enormes, paredes y columnas que la van destruyendo, hasta que finalmente, el joven héroe la pasa por arriba con su pala mecánica.
La última escena es un declaración de amor. Christine es un cubo de uno por uno de chatarra pero sigue manifestándose: en un primer plano final uno de sus cromados se mueve, como gritando una vez más que el amor es más fuerte, más fuerte que las máquinas de hacer chatarra, más fuerte que la muerte.
Si hay una cosa que queda clara es que Christine no es un auto poseído por el mal ni por el demonio, sólo es un auto que devuelve un poco del amor que le dan sus dueños, nada más.

El mensaje es claro: por más looser que seas siempre vas a encontrar un auto que te ame.

En las películas de Carpenter se camina entre la risa y el miedo hasta no saber de qué lado está cada cosa.


Sobre Rescate en el barrio chino (1986). Por Uriel Barros.




“Rescate en el Barrio Chino” (1986) se ha convertido con el correr del tiempo en una obra de culto para miles de espectadores alrededor de mundo. Las ediciones en Vhs, Dvd y Blu-Ray y por qué no la red han hecho posible el redescubrimiento de este fascinante film de aventuras, suspenso y artes marciales que posee, además, una buena cantidad de humor. Recuerdo muy bien cuando, a semanas de su estreno, los niños salían con sus padres felices de la salas de cine. Uno de esos niños fui yo.
Sin embargo, asombrosamente, esta película no funcionó en la taquilla; más bien resultó un desastre económico: recaudó 11 millones de dólares en todo el mundo de los 25 que costó. Ello se debió a una serie de razones. En principio, Lawrence Gordon (presidente de 20th Century Fox en ese entonces y productor de hits como “The Warriors”, “48 Horas”, “Depredator”, “Duro de Matar”, etc.) y sus directivos creyeron que necesitaban apostar a un tipo de película grande al estilo de “Indiana Jones y El Templo de la Perdición” (1984, Lucas/Spielberg). Y quizá hayan equivocado el concepto. Dicha película pertenecía a su productora rival, Paramount, que en ese entonces proyectaba realizar la tercera entrega pero por cuestiones de agenda no pudo concretarlo hasta 1989. El interés y la demanda del público existían y el espacio estaba vacante para una película de estas características; al menos de eso estaban convencidos los de la Fox. De hecho ese mismo año Paramount gastó la misma cantidad de dinero que Fox, 25 millones, para realizar “En busca del niño dorado” -The Golden Child- (1986), una incombustible cinta de acción y fantasía interpretada por Eddie Murphy, que extrañamente funcionó muy bien y recaudó en todo el mundo casi 80 millones. Lo insólito es que este proyecto fue ofrecido primeramente a John Carpenter para dirigirlo mientras se encontraba en pleno rodaje de “Rescate en el Barrio Chino”.
Y luego comenzaron las discrepancias. Si bien existía previamente un guión que estaba dando vueltas desde hacía un tiempo, este transcurría en el viejo Oeste y el héroe en vez de usar sombrero de fedora como Indiana, usaba uno de cowboy. Con estas perspectivas se buscó a un director que reuniera los requisitos para este proyecto y se contrató a John Carpenter, quien había culminado su contrato con Columbia luego de realizar “Christine” y “Starman”, respectivamente. Carpenter realizó cambios sustanciosos principalmente en el personaje protagonista convirtiéndolo en un antihéroe cuyas características eran la torpeza, la brutalidad y la ignorancia. El segundo cambio fue situar la acción en la actualidad y en el barrio chino de San Francisco. El argumento cuenta que nuestro “héroe”,Jack Burton, es un rudo camionero que en una entrega conoce a Wang Chi, quien tiene una novia que ha sido secuestrada por Lo Pang. Junto a Egg Shen, que tiene conocimientos de magia negra, van a intentar rescatar a la chica y para eso se enfrentarán con bandas de expertos en artes marciales y tres poderosos adversarios cuyo origen no es humano. El enemigo número 1 es Lo Pang, un mago de 2000 años de edad, que domina el mundo de los espíritus y sobre el que pesa una maldición que sólo la sangre de la chica puede romper.

Ese relato fue la excusa perfecta para homenajear a las películas históricas orientales de los Shaw brothers o de la Golden Harvest, aunque también a las películas de Fu-Manchu. Pensemos esto: la independencia artística tratando de validar sus ideas frente a la maquinaria de Hollywood.
Para el rol protagónico Fox quería contratar, originalmente, a Jack Nicholson o Clint Eastwood, pero los contratiempos de estos y sobre todo la perseverancia de Carpenter y su buen ojo hizo convencerlos de llamar al señor Kurt Russell. Confió en él en parte gracias al éxito obtenido en el pasado con “Escape de New York” (1981), y “El Enigma de otro Mundo” -The Thing (1982).
A partir de todas estas diferencias, el conflicto entre Lawrence Gordon y Carpenter ya estaba predestinado. Desde el primer día Gordon cuestionaba los visionados y Carpenter sentía la presión sobre su espalda. Aún así Carpenter se las ingenió para que los directivos de la compañía dejaran que termine el rodaje, aunque no así su corte final. Cuando testearon el film frente al público la reacción fue tan positiva que se animaron a augurar un gran éxito. Sin embargo dirían después Carpenter y Russell que el estudio no entendió la película y no sabía cómo venderla. Para colmo la crítica conservadora en su estreno original (1986) la defenestró y el público general no pudo apreciarla.
Ante esta situación conviene hacerse unas preguntas. Una película con críticas desfavorables ¿es sinónimo de mala película?, o peor aún, una película con poca audiencia ¿es signo de mala película? El estudio productor (Fox) no volvería a financiar otra película de John Carpenter.
De lo que sí estamos seguros es que Rescate en el Barrio Chino es una película que ha sido incomprendida en su época como Blade Runner y tantas otras, justamente por adelantarse a su época.

Sobre They Live (1988). Por Matías Moscardi.



CarpentArlt

Como sostiene Elvio Gandolfo (1), They live (1988) acentúa el aspecto político de la obra de John Carpenter. El personaje principal de la película es un rubio corpulento que al comienzo hace sonar una armónica que recuerda a ese otro personaje taciturno, nómade y melancólico de Sergio Leone en Once upon a time in West. El escenario es una Norteamérica asediada por el desempleo que generó el último coletazo del gobierno de Reagan: imágenes de contraste entre grandes edificios y villas miseria dividen el mundo de la película en dos. “La regla de oro: aquel que tiene el oro hace la regla”, le dice un negro al hombre de la armónica.
El primer golpe fulminante de la película ocurre a los 5 minutos. En el suburbio, unos viejos miran la tele hasta que, de pronto, irrumpe una especie de transmisión ilegal a cargo de un hombre con barba y pinta de psicólogo que tiene la noticia de último momento: vivimos en un estado de consciencia artificialmente inducido, estamos domesticados para ser esclavos.
A todo esto, el hombre de la armónica descubre algunas cosas extrañas en la iglesia de los barrios bajos: el coro de cantos religiosos que se escucha desde afuera es una grabación y el sótano parece un laboratorio y está repleto de cajas. El hombre de la armónica acaba de descubrir una especie de célula política revolucionaria. Precisamente, They live nos muestra la realización de la fantasía de Roberto Arlt, en Los siete locos (al estilo Carpenter, claro).
Una redada policial arrasa con todo. Al otro día, la televisión transmite propagandas estúpidas. El hombre de la armónica advierte que alguien ha olvidado una pequeña caja en el sótano de la iglesia. Cuando la abre, sólo encuentra una docena de lentes negros. Indignado por un hallazgo tan menor y mezquino, toma uno de los lentes, tira la caja a la basura y decide dar un paseo. Y ahí la sorpresa, la Gran Estafa: todas las propagandas de la ciudad, las revistas, los carteles, las señales de tránsito, todo el material visual que nos entra por los ojos contiene el mismo mensaje subliminal imperativo: obedecé, consumí, mirá televisión, seguí dormido y no pienses, no cuestiones la autoridad (en los dólares leemos: éste es tu dios). Sin los lentes, la realidad es colorida; los carteles, luminosos; las revistas, radiantes; el dinero, prometedor… pero con los lentes puestos asistimos a la irrupción de lo Real, en blanco y negro, crudo y sin condimentar. Incluso las caras de algunos ciudadanos se ven extrañas: algunos son aliens medio robóticos con ojos luminosos.
En definitiva, Carpenter nos dice que lo Real está codificado, como esos canales de cable que se habilitan sólo si pagamos una cuota extra. Acá empieza la Odisea del Hombre de la Armónica, transformado en un anarcopunk en contra del Sistema. No voy a contar el final de la película. Alguna vez fui un spoiler. No esta vez. Sólo voy a agregar la sentencia con la que comienza la acción: “La vida es una mierda y está de vuelta para jodernos”.

(1) Ver Elvio Gandolfo, “Jonh Carpenter: ser fiel a la historia”, en El libro de los géneros, Buenos Aires, Norma, 2007: pp. 251-265.



Sobre El pueblo de los malditos (1995). Por Joaquín Correa.


Baby boom
Presentación.
Paisajes bucólicos desde el ritmo ondulante de un planeador. Lo primero que pensé fue: “otra vez me bajé la película equivocada”. Y así fueron los primeros diez, veinte minutos, esperando que sucediera algo de terror, algo de lo que ocurre, habitualmente, en las películas de terror. Cuando me di cuenta del zumbido, paré la película y la puse de nuevo. Re-play.
Detrás de los paisajes, las panorámicas, detrás de la música, se percibe un murmullo o un conjunto de susurros. Con el devenir de los planos, esa masa sonora indefinible e imprecisable se asocia al vagar de una mancha negra o, mejor dicho, un polvo negro hecho de partículas que no llegan a conformarse en una totalidad. Y los paneos y travellings siguen, ahora me doy cuenta, a esa nube negra. Presentación, entonces, del primer personaje, luego protagonistas en colectivo, del film.
El bucolismo continúa: las parejas se despiertan, las mujeres se bañan, saludan a sus machos luego de lo que parece fue una noche de sexo. La nube los atraviesa, pasa por sus casas, cerca de ellos. Algunos (ellos) lo perciben. Es importante eso: una conexión lógica causal de hechos. Entonces, las parejas se despiertan, ellas se lavan los dientes, ellos salen a trabajar. Amenidad entre los vecinos, pueblo pequeño donde todos se conocen. Es un gran día: una reunión, un acto de beneficencia, en un gran parque (del colegio o la Iglesia: una Institución) y de repente, la nube (es una nube, no hay duda) pasa y todos se desmayan: el cura, el borracho, las chicas, los perros, los conductores. Todos, todo el pueblo.
Menos nuestro héroe, que estaba cargando gasolina camino a su trabajo.
Emergencia nacional. Llega la investigadora, vestida de negro. Incógnitas y un misterio de siete kilómetros de radio. Lentamente todos despiertan, y al tiempo se descubre un poderoso e inusitado baby boom.

Pueblo.
Un pueblo funciona, siempre y de modo arquetípico, como un espacio cerrado, endogámico y sumamente represivo a todo aquello que viene de afuera y represente una eventual amenaza. En Midwich sucede eso: desconfianza, aceptación bajo custodia, rechazo, quema de brujas.
El pastor, en este sentido, es el representante del pueblo, del sentimiento del pueblo (volkgeist). También él tiene uno de esos hijos albinos, y también él afronta cada una de esas etapas. El pastor será así el custodio del pueblo, hará efectivo su rol de cuidador y guía de ovejas. Frente a la ausencia estatal o la desconfianza de su presencia, el Pastor.

Dos modelos.
La investigadora de negro y con el cigarrillo a la boca le propone a nuestro héroe dos modelos de justificación e interpretación: el misterio o la razón. Ella le habla de Conan Doyle, él del Libro de los condenados. Podríamos ver allí la zona donde se mueve Carpenter en este film: el juego de esconder, en un principio, bajo la forma de un policial la incertidumbre del terror para hacer entrar por la vía equivocada (racional) al espectador y moverle, justo ahí, sus conocimientos esenciales, que hacen a la identidad e historia de todo sujeto occidental.

Madre.
El rol de Madre y la figura del Hijo son subvertidos en The Village of the damned. La fecundación sin sexo de alguno de los casos del baby boom y luego los sueños conjuntos a partir de los cuales todas deciden tener al hijo frente a la opción del aborto o la interrupción del embarazo -sugerida por la señora de negro en su rol de representante del Estado- ponen en alerta a la comunidad. Grandes Instituciones: Familia y Estado.
Los sueños remedan a aquel pasaje bíblico de la anunciación del ángel Gabriel. Las mujeres se encuentran en un espacio azul, tenuemente iluminado y sobre ellas cae, como si fuera una bendición, una luz que las ilumina, ¿y bendice? El hombre, como José, no importa aquí, nuevamente. Y el embarazo es un problema.
No una, sino varias Marías, fecundadas por una especie de ser superior. El bautismo y su liberación del pecado original quedan sin efecto, la Madre y la Familia, también. La Madre ya no se define en tanto tal sino como receptora, espacio físico necesario del implante, mera instancia intermedia entre ese origen común impreciso, de lo extra terrestre, y el desarrollo de una existencia acá. El útero es un espacio de recepción y no una propiedad de la mujer. Las Madres carecen, luego del parto, de definición dentro de la sociedad o si la tienen es la de ser las que “trans-portaron” a los malditos: la Mujer ya no será la Madre del Hijo del Hombre sino su maldición. Más allá de los ojos de ellos y frente a esto, el homicidio o el suicidio.

Ojos.
El revelamiento de la maldición de los albinos llega cuando su forma de mirar se hace insoportable. Después de varios incidentes individuales, se descubre que la mirada de los albinos tiene algo y que “si el ojo es el espejo del alma” ellos, a través de esos ojos sin sentimiento ni emoción, encarnan la maldición. Si a esto le agregamos sus comportamientos anormales y perversos, tendremos a un sujeto potencialmente criminal dentro de los parámetros de la sociedad occidental. “Anormalidad + perversión + maldición = criminalidad”: todo un complejo sistema de pensamiento que, a partir tan sólo del registro de la mirada del otro, es decir, del registro de un elemento de su cuerpo, lleva a su criminalización. El cuerpo, entonces, marcado por la Ley, dentro de una concepción cercana al darwinismo social (repárese en los “discursos de la excepción” de los malditos: mente colectiva, evolución, adaptación, supervivencia, dominación).

Pared.
La única forma de bloquear la mirada de los albinos es la concentración en una imagen propia, una imagen fuerte, persistente. El mar, una pared de ladrillos. No dejar leer los pensamientos propios: creer en la posibilidad de una isla.

David, el sin pareja.
David-el sin pareja es la excepción. Su complemento mujer murió en el parto y la señora de negro con el cigarrillo a la boca tiene escondido su cuerpo en el sótano de una casa. Es lo más parecido que podamos imaginar a un alien.
David-el sin pareja tiene emociones y hasta cierto apego por su “madre”. Es el más aniñado de los malditos. Por ello desobedece al grupo y escapa con su madre, por ello no muere en la explosión del granero. Por ello la historia, luego de la cuenta regresiva final, quiebra sus contornos y hace entrar la sospecha maldita sobre el albino, los albinos (1).

Re-make.
La diferencia fundamental entre The Village of the damned de Carpenter y el film de
1960 de Wolf Rilla parte del acento en la génesis de los chicos, para a partir de allí arrollar varios de los pilares de lo Occidental: la Madre y la Familia, el Estado, la Religión, las Fuerzas del Orden, la Racionalidad. Uno a uno estos grandes monstruos van cayendo frente a la mirada de los malditos.

(1) En la película de 1960 sucede algo similar: luego de la explosión, los ojos de los albinos parecen esfumarse entre el humo y venir hacia la pantalla. Supervivencia y propagación de la especie, entonces, en ambos casos.



Sobre In the mouth of madness (1995). Por Pablo García.




Homenaje a la revista

“Locura y cordura podrían intercambiarse si los dementes fueran la mayoría”
Linda Styles

Me refiero al párrafo de arriba, a esa promesa de contenido que encabeza la página, ahí, abajito de la foto, de esos labios rojos que, me juego la cabeza, son orientales. Terminar una enumeración de cinco reglones con “todo eso y más” parecería falta de determinación para cerrar la lista de tópicos, no la creencia cierta en poder continuarla. Tibieza.
Pues no, en verdad hay más que agregar: es todo eso y más en La boca del miedo. Déjenme seguir: locos, con camisas de mangas muy largas o con hachas, perros desaforados y chicos menos lindos que los que salen en la tele, sombras, apariciones y tormentas, puertas que se golpean desde otra dimensión, sonidos de cajita musical, rutas hacia ningún lado, viscosidades varias, como tentáculos, como dientes, y más, Stephen King, Lovecraft, Foucault y Descartes. Y más: miedo.
Primera escena: imprentas, libros gordos y rock al taco. La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica. Stop, abortemos la enumeración, resulta insostenible, pero no perdamos de vista una cosa: el ritmo que genera. La aparición incesante de elementos nuevos sostiene en la narración la velocidad de esa imagen inicial, igual de mecánico que el movimiento de los libros que pasan hasta el infinito, y eso es uno de los fuertes de la película.
Después, unos minutos de locura. Ambulancias, doctores, enfermeros, un hospicio y un paciente desquiciado: Sam Niell. Además de enmarcar la historia, esta breve introducción aporta el mejor chiste de la película: con los locos alborotados, los parlantes del manicomio optan por música sedante: The Carpenters. Ja! Como si fuera poco, el protagonista refunfuña: ¡No, Carpenters no! Y no es para menos, si yo fuera un personaje que tiene que sufrir una hora y media por antojo del autor, si tuviera la oportunidad de quejarme, también lo haría.
Racconto desde un agujero oscuro: todo lo que está a punto de ver es producto de las palabras de una persona insana. A partir de un diálogo, el protagonista, John Trent presenta la historia de una desaparición primero, de un pueblo y un libro maldito después, y, por fin, de un apocalipsis de locura, justificando el título original. A pesar de la simpleza del recurso, el relato sesgado por la voz del colifa cumple el objetivo y la ambigüedad se establece como clave de lectura. Se agradece la honestidad, nada peor que una última escena en la que el mozalbete se despierta, abre los ojos y respira creyendo que todo era un sueño: estafa. Acá también abundan sueños interruptus, pero se avisa de movida, si querés, seguí mirando…
El que desaparece es Sutter Cane, escritor terrorífico y best seller, valga la redundancia. Trent es el que lo busca y Linda lo acompaña. En la pesquisa, una película de suspenso. El film de terror vive en un pueblito. Entre calles vacías, una iglesia monumental, un hotel y algo de niebla, el lugar reúne cada cosa de la enumeración anterior y sí, más: una vieja con tentáculos y una gran cuchilla, un cuadro que no es retrato pero se mueve y se pudre, por ejemplo. También está el escritor, pero eso no es ninguna novedad. Fin de la intriga.
Sin embargo, en semejante hecatombe, dos cosas se destacan. Primero, cómo se siembra el terror, the children. Todo chico, desde una pureza prefabricada, en manifestaciones indefectiblemente genuinas, tiene la capacidad de potenciar cualquier género, cualquier efecto: es espontáneamente más tierno, es más cómico, da más miedo que el adulto más empeñado en lograrlo. En realidad: es ternura, es gracia, es miedo. Siempre en estado puro. Un ejemplo claro serían los gurrumines de Ibañez Serrador. El film de Carpenter no plantea exactamente estos términos, pero sin dudas los maneja tangencialmente: Cane controla a los niños del pueblo, que por terribles que sean no van a olvidarse de jugar. Toda esa ambivalencia en una escena antológica: una horda de infantes que babean sangre y corren tras una pelota de plástico. Estos son los escuadrones de la muerte que inician el pánico, mientras a los adultos sólo les queda esperar, o suicidarse. ¿Quién puede matar a un niño?
La otra cuestión tiene que ver con la escritura. Escritura y magia, escritura y religión. Sutter Cane, encerrado en un sucucho, dice ser Dios. En plan de Génesis, al escribir la palabra crea el mundo: deshágase la luz. Cada persona, cada agujero en la media de Linda Styles, está escrito con la letra de S. Cane, el que vende más que (pero suena parecido a) Stephen King. Las palabras y las cosas en otra buena imagen: Cane, con gesto adusto y desafiante se estira una piel que es de papel, se corta en pedazos que se doblan y permiten ver del otro lado de la hoja varias palabras mal recortadas. El problema es que no es la última página, y desde un poco más allá aparecen varios monstruos made in Lovecraft que sacan corriendo a John. Será por esto que al comenzar la película Niell pedía un lápiz, para resistir, con la esperanza de decir, como He-Man, “Yo tengo el poder”.
Pero no nos olvidemos de algo, el que cuenta la historia está mal de la cabeza. Y cuando termina con la perorata lo volvemos a encontrar en el mismo lugar. Afuera de la habitación-celda, la gente normal. Vigilar y castigar hasta que recordamos el epígrafe. Gritos, sombras, golpes y marcas en la puerta que se abre. Quiebre.
Sale el hombre de su cueva, no ve a nadie, nada más que una radio que habla de una violencia epidémica (y epidérmica, real y palpable). Entones abandona el hospicio y se mete en un cine, entonces corrobora lo que le habían contado, la película es el libro de los vagos. Entonces se ve a sí mismo, repitiéndose en la locura escrita por otro, filmada por otro. Desde su butaca de papel o celuloide: risa, llanto y popcorn. Sin embargo, entre tanta caja china a la que nos acostumbramos en estos noventaicinco minutos, cualquier esbozo de verdad, cualquier certeza, sabe aceitosa y putrefacta. No en vano Cane cita a Descartes y niega las virtudes de la razón, si la duda sigue siendo metódica, no será en pos de la verdad, sino del miedo.




Sobre Cigarette Burns. (2005). Por Walter Ch. Viegas.



Un coleccionista (Udo Kier) contrata al dueño de un cine en bancarrota (Norman Reedus) para rastrear la última copia existente de un film maldito desaparecido luego de su única exhibición. El film en cuestión se titula LE FIN ABSOLUE DU MONDE (El fin absoluto del mundo) y tiene fama de ser tan perturbador como para generar en el público una especie de pánico asesino, tal como ocurriera en su estreno en el Film Festival de Sitges (uno de los más prestigiosos ciclos de cine de terror). La búsqueda abre las puertas de un misterio escondido y dispara más interrogantes que respuestas, entre los que se cuentan un ángel mutilado, una secta secreta, el cine snuff y un circuito alternativo para la circulación de obras cinematográficas de lo oculto (más cercano al satanismo que al séptimo arte).

LE FIN ABSOLUE DU MONDE representa al filme irrealizable deseado por cualquier director del género, el terror en su máxima expresión; la utopia más pavorosa, la quintaesencia del espanto. Y la panacea del cinéfilo, claro: sabemos que cuanto más secreta y deseada sea la película, más potencial tiene para ingresar a la historia del cine y para darle un aura especial a sus escasos espectadores. ¿Qué es un cinéfilo sino un obsesivo que intenta alcanzar su aura a través de la investigación de la historia del cine? Algo de absoluto persigue ese conocimiento, como el fin absoluto del mundo.

Y es también el 'MacGuffin' (término popularizado por Alfred Hitchcock): la clave de la trama que permite al espectador identificarse con la necesidad de develar un misterio. O la encarnación del artificio narrativo. LE FIN ABSOLUE DU MONDE vehiculiza este ensayo cinematográfico acerca de lo que Freud llamara ‘lo siniestro’(Unheimlich), el mal y la degradación en todos sus sentidos.

Las quemaduras de cigarrillo ("cigarette burns") del título hacen referencias a las "cue marks" de los rollos de película, que le anuncian al proyectorista que el rollo está por terminar y hay que encender el segundo proyector para no interrumpir la película (esos circulitos blancos que vimos mil veces en la pantalla de cine cuando cambian el rollo). Para el cazador de la película en cuestión, son la marca de lo apocalíptico: a medida que se acerca al objeto preciado, alucina con mayor frecuencia ver estas marcas en la realidad, como anuncio del fin de "un rollo" (la cordura de la sociedad, el mundo tal como lo conocemos, la distinción entre el bien y el mal, la separación entre la humanidad y la maldad mítica, la unión inminente de dos planos opuestos de la existencia, o algo así).

Es aquí donde se ponen en evidencia las relaciones con IN THE MOUTH OF MADNESS (John Carpenter, 1995): la articulación entre la locura y la creación, el dominio del artista como demiurgo sobre fuerzas desconocidas, el temor por la ruptura final del pacto social (como rasgo de humanidad) y la vuelta a un estado de salvaje naturaleza, la caída de los supuestos sobre lo real y de nuestra certeza de protagonismo en la sumisión de un plan macabro que nos sobrepasa.

CIGARETTE BURNS es uno de los mejores episodios de la primer temporada de la serie de TV ‘Masters of Horror’ (2005), en la que directores de la talla de Darío Argento, Tobe Hooper, Don Coscarelli, Joe Dante y Takashi Miike despliegan sus talentos para armar una excelente colección de historias del género fantástico, a la altura de ‘Night Gallery’ o ‘The Twilight Zone’. Son especialmente recomendables los episodios ‘Haeckel's Tale’, ‘Homecoming’, ‘Incident on and off a Mountain Road’ e ‘Imprint’.