Stay Away

Vampiros, hombres lobo, monstruos, fantasmas, brujas, zombis, serial killers trastornados en su tierna infancia, extraterrestres y platillos voladores, exorcismos en sánscrito, adolescentes semi-desnudas perseguidas por maníacos con motosierras y máscaras de piel humana, virus alienígenas del espacio exterior, jueguetes asesinos poseídos por el demonio, pesadillas y sueños eróticos de muerte y canibalismo, sangres de todo tipo, hordas de niños predadores... todo eso y más en
LA BOCA DEL MIEDO.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 5. Septimebre-Octubre 2010.

Sobre 30 días de oscuridad



Por Jonás Gómez

Un barco y un hombre que observa desde la orilla. Así comienza 30 días de noche, dirigida por David slade, director de esa otra joya escabrosa que fue Hard candy, y protagonizada por Josh hartnett, en el papel de sherif y protector de un pueblo en Alaska. Junto a su ex esposa, interpretada por Melissa George tomarán las riendas de la resistance.
Con el inicio de un mes de 30 días de oscuridad el pueblo se vuelve en un coto de caza, en zona a explorar por un grupo de vampiros que llega para consumir los recursos humanos. Como en otras historias, hay un traidor, un desesperado que prepara el camino para la jauría, él es el encargado de una serie de tareas que hará a cambio de ser incluído en el grupo de los inmortales.
Los vampiros de 30 días de noche son los herederos naturales del Conde Orlok de Nosferatu, del Drácula de Francis ford Coppola.
Son monstruos, no exhiben dentaduras blancas, en cambio acumulan colmillos sucios y emiten chillidos similares a los de una hiena cuando rodean a sus presas, pero, a la vez, representan la estética urbana de esta época. No hay capas o atuendos medievales a la vista, aunque confiesan siglos de vida, los vampiros de 30 días de noche visten a la moda: sacos y camisas, un vestido floreado y borceguíes claros para la consorte del líder chupasangre.
Otro rasgo particular es el lenguaje: se comunican con un idioma propio, detalle que sirve para reforzar la extrañeza que producen. Y es poco lo que cuenta de ellos, ni siquiera se le da un nombre al líder de la jauría, hay que esperar a que termine la película, o recurrir a IMDB.com para enterarse que el personaje, puesto en el hielo por Danny huston, se llama Marlow.
Otro punto a tener en cuenta es el rol que asumen los vampiros en la historia, aquí no hay lugar para la seducción o la ambiguedad sexual que se les atribuye
a otros miembros de su estirpe, la única pulsión que los mueve es la de alimentarse y matar.
Una vez que despliegan sus cualidades dentro del pueblo se pueden ver escenas de predación inquietantes: la tranquilidad de una cena doméstica interrumpida por un vampiro que atraviesa la ventana para entrar, o ya desatados en el centro local, en plena matanza, con toda esa sangre señalizando la nieve. Y la nieve suma otra capa de aspereza, el frío, el hielo son, también, condicionantes, conductores de la historia.
Pero en esta película no sólo los vampiros son monstruosos, acorralados, empujados a luchar por la supervivencia, los humanos se vuelven aterradores, las escenas en las que son puestos a prueba son tan oscuras como los vampiros de los que huyen. Y la violencia es real, aunque esté dentro del contexto de una trama de fantasía, está planteada de tal forma que despierta la empatía por los que la sufren, reacción que no consiguen otras películas del género.
En tiempos en el que los vampiros se convierten en parte de un arsenal de productos, los vampiros de 30 días de noche cumplen el rol al que todo vampiro aspira: asustan.



Sobre Pontypool




Por Iván Moiseeff

Tagline: Cuando el horror conoce la semiótica. Una película de zombis inspirada en las teorías de Julia Kristeva.


Los zombis viven su edad dorada. En el cine, durante el último tiempo, los seres despellejados de mirada ausente avanzaron gruñendo más allá de las fronteras del género de horror: pisaron las comarcas de la comedia (Shaunt of the dead), el western (Undead or Alive), el metaphysic queer porn (Otto: or up with Dead People) y hasta se contagiaron a las ovejas (Black Sheep). Todas grandes películas, a excepción de la última. También conquistaron terreno en las listas de best sellers literarios gracias al nuevo género de moda, el mash up (Pride and Prejudice and Zombies), e incluso en la publicidad (Rexona Mundial 2010).

Con grandes estudios explotando el tema y en plena era de la postproducción digital que permite geisers de sangre sin mancharse las manos, tal vez ver una película canadiense de bajo presupuesto, con pocos efectos especiales, sostenida desde una lógica teatral y donde casi no se ven los zombis, no parezca una idea tentadora. Pero, sin embargo, Pontypool (2008), del director Bruce McDonald es una de las piezas más conmovedoras del fenómeno zombi reciente.

La historia sucede en el estudio de grabación de pequeño programa de una pequeña radio en un pequeño pueblo de Canadá. Desde la cabina, comenzarán a escuchar y retrasmitir lo que al principio parece un levantamiento popular y luego se confirmará como una epidemia. Por ahora, nada nuevo. La diferencia radical es la forma de contagio, que no será la clásica mordida o los fluidos de los enfermos. En Pontypool lo que está infectado es el lenguaje. Pronunciar ciertas palabras, siguiendo la lógica del software, activa el virus. No sabemos cuáles. Sí que el inglés es el idioma afectado y hay que evitar términos cómo “honey” o “sweetheart”. El primer síntoma de infección es una pérdida de la lógica del discurso. Los hombres comienzan a balbucear oraciones sin sentido o a repetir una palabra.

El trabajo que se hace con las palabras en la película provoca ese tipo de mareo que sentimos cuando el sentido se retrae. Una inmersión en ese estado de incomodidad típico de películas como Repulsión, de Polansky, o La Mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel.

El film está basado en el libro Pontypool Changes Everything, de Tony Burgess (1998), donde resuenan ideas que van desde Julia Kristeva (el desmoronamiento simbólico) a Giordano Bruno (la confianza en que la retórica puede transformar el mundo).

Los interesados en tomar ese viaje, ahí tienen a la película de McDonald. Pero no todo es sinsentido, ya que como toda gran película de zombis, Pontypool es, en el fondo, un poderoso manifiesto humanista. Una experiencia para pensar cómo estamos viviendo nuestras existencias. Y eso, tal vez, sea la experiencia más tenebrosa de la era actual.

Actividad Paranormal: una historia de amor.


Por Matías Moscardi.

Una pareja acosada por un espíritu decide registrar la actividad paranormal que tiene lugar entre las paredes de su casa. Entonces, compran una súper cámara que instalan en su habitación con el objetivo de filmar todas las noches mientras duermen y emprenden, así, una suerte de documental sobre cómo convivir todos los días con un fantasma letal y no morir en el intento. La cuestión es, como veremos, determinar cuál es el verdadero fantasma.
Actividad Paranormal no es una película novedosa en su técnica, pero creo que lo novedoso es el lugar en donde está ubicada la cámara: la casa de una pareja joven, más precisamente su habitación. Allí donde podría filmarse una home made movie, como los videos porno de Pamela Anderson y Tomy Lee, la cámara registra la actividad paranormal que genera un supuesto espíritu que acosa a la pareja.
Si vamos un poco más allá de los recursos para generar miedo, objetivo que la película logra con muy pocos detalles y atinados manejos del clima, podríamos leer ahí donde está el Miedo, la falta de Sexo. Si filmamos durante un mes todo lo que hace una pareja feliz, en algún momento es esperable que haya sexo. Pero en lugar de esto, la película muestra las manifestaciones de un espíritu. Es decir: el terror está ubicado “en lugar de…”. Porque el terror tiene, en Actividad Paranormal, una estructura amorosa: la película también muestra, en paralelo, el proceso de una pareja que finalmente colapsa. La chica asesina al chico. Si está o no está poseída por un espíritu infernal poco importa. Porque lo perturbador no es tanto que haya un espíritu. ¿En cuántas películas hay fantasmas que hacen de las suyas en casas de familia? Millones. Pero en Actividad Paranormal es fundamental, repito, el lugar de la cámara fija que filma mientras la pareja duerme. Porque esto significa que además de filmar el fenómeno tipo poltergeist nos está mostrando a una pareja durmiendo y por alguna razón percibimos esto como un acontecimiento siniestro.
Hipótesis: todo video de alguien durmiendo es horroroso. Como esas cámaras que filman la ciudad cuando no hay nadie. Porque eso que filman es casi una versión de lo Real que aterrorizaba a Lacan. La cámara es un tercero excluido que por el simple hecho de estar ahí genera miedo: primero, porque nos incluye como espectadores de una percepción negada para el otro que duerme; y segundo, porque está implícita la posibilidad de que seamos nosotros los que más tarde tengamos que ir a dormir.
Lo que quiero decir, puntualmente, es que Actividad Paranormal nos enfrenta a la certeza de que la realidad tiene un corazón ciego y sobre todo a la pregunta por lo que hacen las cosas cuando no estamos mirando. La respuesta de la película es en algún punto crítica: registrar todo con una cámara no soluciona las cosas, las empeora. La cámara es, casi en mayor medida que el espíritu, lo que destruye la relación de pareja.
En una era donde cada vez que salimos con amigos sacamos fotos sin parar para no olvidarnos de nada, Actividad Paranormal parece decirnos que no hay vuelta: algo está por tragarnos. Pero no algo sobrenatural, incomprensible y abstracto. No. Me refiero a algo mucho más concreto, algo cotidiano, tangible, algo que podría ser, en una pesadilla, la persona que duerme al otro lado de nuestra cama.

Shoot her



Por Joaquín Correa.

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Las narraciones más recientes de terror han perdido, o dejado de lado, los efectos y componentes propios del género. Los clásicos. Y han hecho una rara combinación del suspenso con lo extraño, un terror que con un plus de acción deviene en “thriller”. Y aún así, toda historia de terror parece nacer de una historia de amor, previa.

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La primera escena de “Secret window” es de lo mejor del film. Debería seguir en ese tono esquizo paranoico, tan Memento. Primer plano de Johnny Depp, enojado, ojeroso, usando lentes de ñoño cool. Atmósfera gris, nieve, el alma que sale en los jadeos, camionetas que frenan cerca de la puerta. Mort Rainey (J.D.) que habla consigo mismo, y se responde. Y la mujer de Mort Rainey acostada con otro tipo. Y Mort enfurecido que les grita, pero todo es difuso. Es genial, genera el clima. Aunque todo se rompe pronto y vienen los títulos y la presentación y una cámara que sobrevuela un lago con Philip Glass de fondo. Anticlimax, tranquilidad del bosque.

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La música de Glass le sienta bien al film, no lo hace caer en el cliché tan obvio. Sencillamente porque no es música de historias de terror. Es música sensible, para gente que sueña con suicidarse en el mar. Para gente obsesiva con un run-run de fondo importante, algo que molesta, algo que es lo que siempre anda ahí.
El minimalismo de Philip Glass es en sí mismo la narración de una vida, con muertes y renacimientos. Seguir la vida de alguien, Mort Rainey, con este telón de fondo promete crisis.

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El título de la novela de Stephen King sobre la que se basa el film es “Secret window, secret garden”. Pero el film no explota ni a la ventana, ni al jardín ni a la conjunción de ambos. Podría haber surgido algo realmente macabro de ahí. La ventana secreta es la que descubren Mort y su chica cuando llegan a esa nueva casa, y que da, además, nombre a uno de sus cuentos. Entonces: vida del autor y vida del personaje se cruzan, primer indicio de psicosis.

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Casa en las afueras, bosque frondoso. Amigable de día. Hasta que se aparece un sureño, de Mississippi, que le dice “Usted robó mi historia”. Para esto, el escritor estaba en las últimas, durmiendo todo el día en el “sofá”, sufriendo por los cuernos, llamándola por teléfono, repitiendo una y otra vez su sarcasmo despechado. Johnny (nunca deja de ser J.D., y menos acá) parece el Cobain de Gus Van Sant, aunque menos abúlico. Un escritor norteamericano, es decir: casi un rock star. Bueno, se le aparece el tipo este y ahí la paranoia y lo esquizoide del pobre escritor cuerneado se van al carajo. Los monólogos interiores, los desdoblamientos, las muecas imprevisibles, todo se va al carajo. Pero lentamente, porque de eso se trata una película de terror. De dosificar lo que pasa o lo que va a pasar. Porque ahora ya estamos seguros de que algo va a pasar.
El sureño, entre cuaquero y mexicano, se llama John Shooter. Tiene todas las de un psycho killer.

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El guión del film va dejando pequeñas gemas por el camino: el espejo retrovisor dice: “objects in mirror are closer tan they appear”, Shooter le repite y recrima: “the most important part of a story is the ending” y ya sobre el final: “Some windows should never be opened”. Sentenciosas, pero contundentes. Van quedando al paso, y resuenan en la cabeza de Mort hasta la demencia: “I kill the mirror”. Hasta llegar a la degradación total, el desdoblamiento, la preeminencia de Hyde. Es en ese punto donde aparecen las retrospecciones y los avisos sobre el espejo cobran sentido: se devela la intriga y el tal Shooter resulta ser el costado malo del escritor cuerneado. La chica vuelve a casa y encuentra “Shooter” tajeado por todos lados, hasta que detrás de la puerta aparece Mort, quebrando el nombre en “Shoot her”. Mira de reojo, el espejo ya no lo refleja de frente sino a su espalda y la pobre rubia infiel va a ser inmediatamente sustento de la plantación de maíz que Mort extiende en el jardín, bajo la ventana.

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Algo bastante posmoderno tenemos hasta ahora entonces: un escritor que está escribiendo algo nuevo, pero bloqueado. Se le aparece un tipo medio raro diciéndole que un cuento que escribió hace más de diez años atrás es suyo, que se lo robó. (Plagio: lo peor para el ego de un escritor). Este sureño empieza a perseguirlo. Hay muertes. Pero si le cambia el final a la historia, le asegura, lo deja de molestar. Entonces Mort sale en busca del manuscrito perdido (una revista). Autor, personajes, asesinos: historias cruzadas, paralelas. Y en el medio una historia de amor no resuelta. Cruce de realidad y ficción, todo bastante predecible. Y es realmente una pena que el jardín y la ventana solo se recuperen a lo último.

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Parece haber una zona común entre el amor y el terror: las visiones, la enfermedad, los sueños, la re-creación de diálogos y escenas, la depresión, los objetos del otro, el encierro. El amor es potencialmente la disolución en el caos del terror.

Alterado por Jodorowsky



Por Esteban Prado.

¿Cuál será la relación entre Secret beyond the door de Fritz Lang y Santa Sangre de Jodorowsky?
El punto en común tal vez sea sólo uno: el asesino que vuelve al orden mediante una palabra justa.
En Lang, el uso psicoanalítico de la palabra es tan ingenuo que causa gracia: una serie de asociaciones extrañas sobre un hecho traumático que nunca vemos dejan girando en falso la cabeza del personaje que al ser millonario y no tener un buen hobbie, colecciona escenas de crímenes. La psiquis de este pobre millonario es tan básica que haciendo algunas reglas de tres la enamorada dice las palabras correctas y todo se soluciona.
Lo de Jorodowsky es muy otra cosa.
En Santa Sangre los hechos traumáticos son múltiples y se suceden en una semana de locos en el circo de la niñez de un joven-pájaro asesino serial.
En esa semana al niño se el muere un elefante que termina descuartizado por familias hambrientas; demuelen el templo de la Santa Sangre cuya fundadora es su madre y a cuya santa le arrancaron los brazos antes de violarla; el padre le tatúa a cuchillo un águila en el pecho para que se haga hombre; el padre tiene sexo con una mujer tatuada; la madre le tira ácido en los genitales al padre y le saca la peluca; el padre le corta los brazos a la madre y las gallinas se los comen; el padre se corta la yugular y los perros toman la sangre del piso; la nena-muda-mimo de la que el niño se enamoró se va del circo porque su madre es la mujer tatuada con la que el padre de él engañaba a su madre.
En el futuro, el niño es grande y tiene algunos problemas de identificación. Por un lado, es un pájaro, por otro, sus brazos son los de su madre. Entre todas las cosas berretas que tienen las películas de Jorodowsky, el trabajo sobre los brazos de estos personajes es impecable.



El problema es que ella tiene una voraz sed de venganza pero el que mata a la gente es su hijo: primero a la mujer tatuada, luego a una actriz y por último a una travesti campeona de lucha libre.
Mata y mata hasta que la niña-muda-mimo reaparece y le saca las uñas postizas con las que el niño-pájaro imitaba las de su madre. En ese momento, la alucinación cae. La madre no es más que una marioneta de plástico. Los papeles se invierten.
A diferencia de la película de Lang, la palabra clave que devuelve al personaje a la normalidad llega por azar. No hay nadie que pueda resolver su psiquis, sólo una palabra certera en un momento de debilidad lo puede hacer despertar para dejar de ser un pájaro, para dejar de ser los brazos arrancados de su madre. Sobre el final, el personaje reconoce a la niña-muda-mimo pero ya es demasiado tarde, en las ventanas de la casa se ven las luces de la policía, lo han descubierto y tienen la casa rodeada. El joven no lo duda y se entrega. Cuando se asoma al hall de la casa, los policías le ordenan: “Put your hands up”. Levanta las manos y sonríe, la policía lo ha salvado, lo llevará a la cárcel pero los brazos sobre que pongas las esposas serán los de él y los de nadie más.


Por alguna razón todavía no me quedo tranquilo, estos malabares entre Lang y Jorodowsky no sirven.

Sigo contando:

En un momento, el psiquiatra lleva al joven-pájaro y a cuatro chicos con síndrome de down al cine, los deja en la puerta y se va. Antes de que puedan comprar la entrada, un cafillo los intercepta, les pide su dinero, les da merca y los lleva de putas.
También hay un enano llamado “Aladino” que es el mejor amigo del niño-pajáro y en la calle hay más de un tullido que exhibe sus deformidades para pedir limosna. Ni hablar de los extras del bar que vomitan de vez en cuando.
Jorodowsky hace eso, trabaja lo deforme.
Tengo fe en las funciones terapéuticas del lenguaje. Si comparto todo lo molesto de la película, tal vez me deje en paz eso que justamente tiene Jorodowsky de molesto. Por ahora, ni la policía ni ninguna novia de la infancia vinieron a rescatarme.

Juro que cuando vea Holy Mountain o El Topo voy a escribir sobre Paris Hilton en La casa de Cera.


La fiebre de las cabañas o sobre El resplandor.



Por Rodrigo Montenegro.

Todo arte y todo género tienen sus clásicos. Qué es lo que hace que un film adquiera este estatuto excede estas líneas. Pero muy probablemente, podríamos consensuar que The Shining (1980) forme parte de esta categoría, y que si bien puede parecer algo incomoda, e inclusive correr el riesgo de la grandilocuencia, resulta productiva. Lo interesante, entonces, es lanzar una mirada hacia una película que cumplió 30 años el mayo pasado, y que aún hoy puede ser catalogada no sólo como una obra fundamental entre las horror movies, sino como un hito cinematográfico. Evidentemente, Kubrik transforma lo que toca. (1)
Tal vez el desafió fundamental que se traza la película es llevar a imágenes el lento camino de la demencia. Para Jack Torrance la estadía en el hotel Overlook bien puede representar el pasaje de la cordura a la psicosis. Este recorrido traza un crecimiento exponencial durante el desarrollo del film, y halla un interesante final para el escritor que no ha podido concretar su escritura (muerte en el laberinto: ¿metáfora borgeana para el fracaso literario?).
Pero junto a esta demencia encontramos un cuidadoso tratamiento de cada una de las características que hacen a la naturaleza de la película de terror: fantasmas aparecidos que pueblan las galerías del hotel, fenómenos de telepatía, visiones de asesinatos, ríos de sangre que inundan los pasillos… y la lista podría seguir.
Pero este catalogo de fenómenos paranormales se articulan desde una perspectiva analítica: el ojo del director. Una morosidad que se dilata aprovechando cada resquicio para sembrar un poco más de tensión. Un giro en un rincón para encontrar otro pasillo, otra habitación, un sótano, un hall inmenso y sembrar, poco a poco, algo más de incertidumbre a través de una cámara que no deja de moverse pero que al mismo tiempo no va a ningún lado.
Porque el núcleo central que genera el horror es mucho más simple que cualquier visión e inclusive más efectivo: el espacio cerrado.
Desde las narraciones góticas del siglo XVIII, el terror necesita necesariamente de un espacio cerrado. La clausura es un agente que conspira contra la libertad de aquellos que representan el bien en el mundo del mal, y por lo tanto, opera como un agente fundamental en este mundo donde la ley moral deja de existir para dar paso al instinto: no hay posibilidad de escapar.
Tal vez por ello, las continuas persecuciones se convirtieron en un cliché del género. En este caso, Jack Torrence corriendo hacha en mano y derribando puertas para asesinar a su familia; imagen que forma parte de los momentos míticos del cine. Interesante coincidencia del nombre propio: Jack Nicholson // Jack Torrence: nos obliga a preguntarnos si Nicholson está verdaderamente actuando o si simplemente deja brotar una parte escondida de su personalidad.
Lo fundamental entonces, más allá de la presencia fantasmal que corrompe la racionalidad de Jack incitándolo a asesinar su esposa e hijo, es la configuración de este espacio clausurado. El aislamiento del mundo equivale a la legitimación de un orden imposible, ajeno al afuera. La demencia y el asesinato solo pueden llevarse a cabo a través de este pacto que delimita territorios. El hotel es el terreno del horror y de la muerte; a puertas cerradas, ya no se obedece el imperio del bien y la razón.
Por eso, las secuencias en las que Kubrick analiza detenidamente los paisajes, las montañas y los recovecos del hotel no son gratuitas; cada plano tiene una finalidad específica en el conjunto de la película: afirmar la unidad del espacio cerrado.
El otro eje fundamental sobre el que se sustenta la narración es la figura de Dany, el hijo de Jack. Desde el inicio se deja en claro la singularidad del niño, abierto a percepciones extrañas y a visiones siniestras. Dany es el símbolo de la inocencia arrojada al mundo de lo sombrío. Es la síntesis de todo lo sobrenatural que puebla el film; y finalmente será quien le de muerte a su propio padre (al menos indirectamente) en la escena final, para luego huir con su madre. Podría pensarse que el final de la película llega cuando el Edipo se consuma.
Concluyendo. El relato de terror tramado por Stephen King y llevado al celuloide por Kubrik presenta un nivel autorreferencial fundamental a la hora de leerlo como una metáfora del laberinto que toda horror story encarna. Ese laberinto que se multiplica y deforma, es el núcleo mismo de la experiencia del terror; es el espacio donde el miedo se disemina y del que no puede escaparse. Un lugar donde la irracionalidad, lo siniestro y el instinto (por designarlo de algún modo) encuentran su configuración más acertada.

Notas:
(1) Sí se consideran algunas de las películas que Stanley Kubrick convirtió en clásicos del cine, resulta al menos interesante, observar una apropiación de aquellos géneros que el Arte (en especial la literatura) bastardeo por considerarlos meros subgéneros o sencillos productos de la cultura popular (obviamente cargados de una connotación peyorativa). En estas líneas se menciona la importancia de “The Shining” no sólo como una obra fundamental del terror, sino de la cinematografía en su conjunto. Lo mismo podría pensarse en relación a otros films de Kubrick, donde la materia misma sobre la que se genera la narración forma parte de géneros tradicionalmente marginales, como es el caso de la ciencia ficción en “2001: A Space Odyssey (1968) o la distopía en “A clockwork Orange” (1971). Evidentemente, estas reflexiones son mucho más amplias, por lo que solo dejo esbozado lo que podría ser una lectura conjunta de la filmografía de Kubrick en relación con los llamados géneros menores.

Devil Dolls
Por Walter Ch. Viegas.

Tagline: Con estos muñecos no se juega!

Los muñecos componen un extenso repertorio de maldades: por su cualidad antropomórfica pueden representar a seres humanos, canalizar deseos reprimidos, ser objetos fetiche, mientras pasan desapercibidos en la vida cotidiana, tanto en el mundo de los niños como de los adultos. Objetos de brujería, voodoo, posesiones demoníacas y gualichos, el cine ha recurrido a ellos cuando necesitó resolver con bajo presupuesto los efectos especiales de historias espeluznantes. Siempre efectivos por su aparente inocencia, hasta el más inofensivo juguete puede convertirse un temible emisario de las fuerzas oscuras.

Autómatas:

La légende de Polichinelle (1907, Albert Capellani / Lucien Nonguet) pone a los personajes de la Comedia del Arte como protagonistas de esta historia en la que Polichinelle (o Arlequín, en nuestro idioma) debe rescatar a la Colombina de sus secuestradores, un grupo de aristócratas aburridos que planean convertirla en una autómata.

Metropolis (1927, Fritz Lang), sin lugar a dudas representa el más elevado exponente del autómata, uno de los leit motiv del futurismo de principios del siglo XX. La trascendencia de la raza humana en una forma más perfecta o la capacidad del hombre de crear a través de la tecnología una reproducción a su imagen y semejanza

Small Soldiers (1998, Joe Dante). El creador de “Gremlins” nos regala esta guerra entre “action figures” causada por un chip implantado en los muñecos que funciona mal. De un lado, los soldados. Del otro, extraterrestres destinados a perder cada batalla. En el medio, dos chicos que toman partido por los perdedores y les enseñan el valor de la victoria. Una de acción para disfrutar.

Muñecos humanos:

Das Cabinet des Dr. Caligari. (1920, Robert Wiene), clásico indiscutido del cine, cuenta la historia de un circo de freaks que va por los pueblos exhibiendo un sonámbulo que predice el futuro (en general, la muerte de alguno de los que consultan su funesto oráculo). A su modo es un autómata que actúa según las órdenes del Dr. Caligari, levantándose de su gabinete de madera mientras todos duermen para cumplir las inexorables premoniciones, aunque esto implique tomar la vida de inocentes.

The Devil-Doll (1936, Tod Browning). Dirigida por uno de los mayores exponentes del cine fantástico (creador del “Drácula” de Bela Lugosi y la obra maestra “Freaks”), cuenta la historia de la venganza de un ex - convicto travestido (Lionel Barrymore) que une fuerzas con un científico para reducir a los humanos a un sexto de su tamaño utilizando una fórmula pensada para almacenar recursos naturales (agua, alimentos, etc) en pequeño formato .

Love object (2004, Robert Parigi). Un hombre con problemas sociales crea a la compañera ideal: una muñeca de tamaño natural. Pero ésta cobra vida y por celos mata a las chicas de la oficina cuyos rasgos eligió para construirla.

Muñecos poseídos:

Child's play (1988), Bride of Chucky (1998), Seed of Chucky (2004), entre otras. Chucky es el muñeco poseído más famoso. El alma de un asesino no encuentra otro lugar a donde ir y se encarna en el pelirrojito muñeco de ojos saltones. En la saga se pone de novio y hasta tiene un hijo. Ícono pop!

Puppetmaster (1989, David Schmoeller). Un marionetista descubre un antiguo secreto egipcio que le permite dar vida a sus marionetas. Luego de su desaparición, un grupo de psíquicos y mentalistas decide investigar el paradero de su amigo. Muchas muertes con muñequitos animados en stop-motion.

Demonic Toys (1992, Peter Manoogian). Regresan los muñequitos de Puppetmaster. En la secuela (Dollman vs. Demonic Toys), a la bebé Oopsie Daisy le crece un pito en pero sigue usando vestidito para cometer sus asesinatos. Un primor.

Otros títulos:
Dolly Dearest (1991) Dir: Maria Lease.
Silent night, deadly night 5 - The toy maker (1991) Con Mickey Rooney.
Barbarella (1968) Dir: Roger Vadim. (Hay escena con muñecas asesinas)
Devil Doll (1964) Dir: Lindsay Shonteff.
Dolls (1987) Dir: Stuart Gordon (Re-animator).
Pin: a plastic nightmare (1988) Dir: Sandor Stern.
Doll Graveyard (2005) Dir: Charles Band.
Cauchemares (Cathy's Curse) (1977) Dir: Eddy Matalon.
Curtains (1983) Dir: Richard Ciupka.
Tales from the hood (1995) Dir: Randy Cundieff.

Fetiches:

Der Golem, wie er in die Welt kam (1920, Carl Boese / Paul Wegener) toma el mito judío del Gholem, un muñeco de arcilla que defiende de la persecución a los judíos de Praga.

Trilogy of Terror (1975, Dan Cutis). Tres historias del escritor de ciencia ficción Richard Matheson, con la reina del terror de los 70’s, Karen Black. En el tercer episodio titulado “Amelia”, una talla de madera de un guerrero Zuni cobra vida cuando se le retira del cuello la cadena de oro que aprisiona a su espíritu maligno. La pobre Karen Black corre por el departamento tratando de librarse de un negrito gritón que le punza los tobillos con su lanzita. Dicen en Discovery Channel que es así como los humanos comienzan a desangrarse :-P ... Eso si: ella se defiende a golpe de microondas, pero el Zuni la corre incendiado igual! Pregunta metafísica: tan difícil será defenderse de un indiecito de Joly Bell???

Black Devil Doll from Hell (1984, Chester Novell Turner). Una mujer negra insatisfecha le compra a una bruja un fetiche que le traerá satisfacciones en el amor. Lo que ella no sabe es que el muñeco cumple personalmente con el encargo! La viola en la ducha, se le mete en la cama por las noches y hasta le hace un cunnilingus con su lengüita de madera. Lo peor es que la pobre muchacha siempre cree que sueña. Bizarreara “taped-on-video”.

Otros títulos:
Asylum (1972) Dir: Roy Ward Baker. (Pequeños robots con cabezas humanas).
Tourist trap (1978) Dir: David Schmoeller. (Maniquíes asesinos comandados por su dueño, ejercicio perfecto de B-movie).
The fear (1995) Dir: Vincent Robert. (Con un aterrorizante muñeco de madera tamaño natural).

Ventrílocuos:

The great Gabbo (1929, James Cruze) es un ventrílocuo que pierde la cordura en tanto utiliza a su muñeco para expresar todo lo que él no puede. Mientras el pelele gana autonomía, el maestro no podrá diferenciar a dónde acaba el encanto y empieza el espanto.

Magic (1978, Richard Attenborough). Anthony Hopkins es un ventrílocuo que intenta recuperar a su novia de la adolescencia (Ann-Margret). Fats, su muñeco, está tan acostumbrado a ser el centro de las relaciones de su maestro, que consigue manipularlo para realizar violentos actos. Un clásico.

Dead Silence (2007, James Wan) es un despropósito muñequeril con Ryan Kwanten, el hermano sexópata de Sookie Stackhouse en la serie de HBO “True Blood”. Una maldición, una ventrílocua inmortal y derretidamente anciana, un ejército de malísimos chirolitas animados que ocupan vitrinas enteras en una mansión siniestra... Domingo, siete de la tarde, y hasta pasa por una obra maestra!

Series:

Twilight Zone – Episodios: The Dummy (1962), Living Doll (1963) and Caesar and Me (1964). Imposible pasar por alto a la mejor de las series de Rod Serling, pionera en el género fantástico (la segunda mejor es “Night Gallery”). Tres episodios para entretenerse con el vintage televisivo.

Hammer House of Horror. El episodio “Charlie Boy” (1980, Robert Young) forma parte del breve intento de la productora Hammer (13 episodios) por lograr un éxito televisivo. Un fetiche voodoo tallado en madera con poderes sobrenaturales, qué más se puede pedir?

The X-Files (1998, David Manner) En el episodio “Chinga” de la 4ta temporada, Scully persigue a una muñeca asesina serial, cuyo ritual es tocar el disquito de la pegadiza canción de jazz "Do the hokey pokey" y decirle a sus víctimas con vocecita de pepona: “Let’s have fun!” (Vamos a divertirnos!) antes de destriparlos.

The Simpsons - Ep. 64 "Treehouse of Horror III". Repetidísimo capítulo en el que un muñeco de Krusty, el payaso, cobra vida e intenta asesinar a Homero. Di-ver-ti-di-si-mo!

El secreto de sus ojos.



Por Pablo García.


“Mírame a los ojos, verás lo que soy” cantaba Control Machete. Independientemente de gustos, la frase, más hecha que Luciana Salazar, no suele ser muy controvertida. La mentira, el odio, el amor, el miedo, la conjuntivitis, se ven en la mirada mejor que en cualquier otro lado (ni hablar si esos ojos son claros). Eh, gil, ¡esta es una de terror! Ahí vamos…
El género no escapa a tal simplificación de la moral y se ríe en la cara de infelices que gastaron sus tiempos teleológicos o deontológicos, por ejemplo. Pensemos en dos casos con voz propia: la posesión de Linda Blair y el famélico Max Schreck. Sus personajes, malísimos, caracterizados por muchos otros rasgos distintivos (dientes, orejas, cuellos giratorios y demases), se sintetizan en sus globos oculares. Tal vez, en ambos, la palidez mortífera compita por ser la marca principal; pero esto parecería indicar, en mayor medida, un deterioro corporal (a la vez de servir de recurso pictórico, de violentar, de contrastar, con necesarias gotas o borbotones de sangre). Resumiendo: cualquier otra deformidad no es más que un índice de enfermedad (si no consultar a Cuasimodo); el iris amarillo indica que el alma huele a podrido.
De nuevo: los anteriores son dos íconos ineludibles, pero lo dicho se puede aplicar a una cantidad asqueante de hombres lobo, de vampiros, de demonios con ojos de foto familiar, de asesinos seriales. Sin ir más lejos, Jack Torrance no demuestra síntoma somático alguno de su crueldad, que es de otro orden, intelectual, anímica: la escritura mecánica y los ojos de mejor no te me acerques.




Otro monstruo que aporta a la causa es el impresentable, pero funcional, Jeepers Creepers. Ese pastiche de cuerpos putrefactos, que maneja un camioncito de mudanzas, no pasa del status de “molesto”, hasta el final de la película. Choco que te choco, y te persigo, buh, qué miedo. Recién cuando consigue lo que busca puede decir: soy malo, te miro mal, asustate (o asústate, si la vemos doblada en neutro). Y el afiche del film lo recuerda: un ojo detrás de una costura, más delator que la tapa de una novela de Agatha Christie.
Hasta aquí, sólo se ha confirmado la afirmación inicial.



Momento de alejar las pupilas, de atender a cómo un tiburón blanco se acerca con ojos negros y sin mirada. Evidentemente, esa máquina de picar carne esgrime la doble hilera de dientes, la fuerza, la destreza en un agua que nos entorpece, como peligros insalvables. Sin embargo, vale detenerse en lo anterior. En la ausencia de iris, de pupilas, de miradas expresivas. A través de este simple dato del animalejo, Spielberg evita caer en aquel reduccionismo: una película de terror no depende de la presencia del mal. La aleta en verdad genera pánico, y esto es entendible en tanto se interpreta como una señal de peligro, de mucho peligro, pero no de maldad. Sin la mirada, se diluye la intención y, con eso, se separa definitivamente la muerte del juicio moral. Podrá argumentarse que la diferencia real recae en otros aspectos, que la maldad se ausenta por ser una cualidad propia del hombre, y si los distintos villanos la reflejan, como en la Isla de Moreau, lo hacen desde sus resabios humanos. Pues bien, Cujo sigue siendo perro y Orca, la ballena asesina, por más que intente imitar al escualo con esa enorme mancha símil ojo, a pesar de masticarle la aleta a uno al empezar la primera película, no lo consigue. Hay san bernardos buenos que juegan (Beethovens) y hay san bernardos malos que matan (Cujos). Hay orcas buenas que saltan escolleras y hay orcas malas que matan. Hay tiburones que matan, ni buenos ni malos.
“Méndez, ¿comprendes?” Creo que sí: Spilbergo se lava las manos.

martes, 10 de agosto de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 4. Julio-Agosto 2010.

It, Caso 39 y el mal.





Por Esteban Prado

Sigo con el tono confesional de mi última participación.

Cuando veo terror, tengo un deseo, capaz un único deseo y ese deseo es ver el mal.
Verlo.

En la última nota decía que quería una película que me asuste y seguramente tiene que ver con eso,
una película que me haga creer que voy a ver el mal.
No creo que sea patológico mi deseo, más bien todo lo contrario. Está bien centrado donde corresponde, donde tiene que estar, mi deseo está donde su objeto se escapa, quiere algo que siempre se va a escabullir, que en todas partes se insinúa pero es virtual, está donde no está.

Creo que esa es la explicación de la gran desilusión que me produjo It.
Cómo puede ser que una araña gigante sea la forma que elige el mal para manifestarse, una araña gigante que más que miedo produce asco y repudio por los FX de la película. Cuando los niños grandes de It vuelven a encontrarse con el mal, ya no es un payaso, se transformó en otra cosa. Un poco eso es It, el mal que va moviéndose, ahora es eso, un payaso, ahora, eso otro, una araña gigante.
Uno quiere que eso sea esto y ver en la pantalla al mal en persona, no con la forma de una persona, no como el diablo ni nada que se le parezca, el mal no tiene nada que se le parezca, no hay fotograma que pueda mostrar eso.
Caso 39 empieza engañando, siempre es necesario el golpe de efecto en una película industrial. Una niña sumisa con unos padres que son unos freaks totales, una asistente social que es un encanto y que sólo quiere el bien para todos los niños. Ni hablar de que Renée Zellweger de la misma forma que pasa de sureña a británica ridícula en su trabajo sobre su voz puede ser la mujer más tierna, comprensiva y buena persona del mundo.
El padre cava en el sótano, la nena dice que la van mandar al infierno, una noche ella se duerme, los padres la agarran y la meten al horno. Claro, son unos freaks totales y los freaks totales tienen casas con sótano pero, sobre todo, hornos enormes en los que entra una nena de diez años.
Una vez que la asistente la adopta, porque sabe que el sistema no funciona del todo bien y que la niña se va a perder en la burocracia de los planes de adopción, comienzan a sucederse llamadas telefónicas. Sólo se escucha una interferencia en las llamadas pero quien la recibe mata o muere. Un niño mata a sus padres, un hombre muere alucinado con un millón de abejas en su baño.
Resumiendo, a la hora de película, uno se da cuenta que los freaks totales querían matar a la nena con toda la justificación del mundo.
Renée se da cuenta que se metió en un lío importante y termina matando a la niña. Creo que ahí hay uno de los hallazgos de la película, no hay exorcismo que valga, sea o no un demonio, no hay forma de sacarlo del cuerpito.
Entonces la mata. La niña es el mal, no hay demonio atrás, no hay encarnación, es ella misma el mal y, cuando ella muere ahogada, muere el mal.
Termina la película, la pantalla de la tele se pone oscura y veo algunas caras. De nuevo, el objeto de mi deseo se escapa. Cuándo voy a encontrar el mal.
Por eso, prefiero pensar que el mal es esa nena. Por eso prefiero ver películas en el cine, la tela es blanca y no refleja nada.



Zombieland



Por Gastón Franchini.


Nos parece natural -y hasta un simple hecho- que se pueda fundar toda la civilización “occidental y cristiana” con tan sólo 10 reglas. Difícilmente, se pueda hacer un héroe de celuloide con éstas. Extrañamente, lo que ha servido para tanto, no sirve para tan poco. Imaginemos qué sería del cine con tales preceptos: “No matarás”, “No desearás a la mujer del prójimo”, “No robarás”, y así. Sin dudas no tendríamos casi ninguna historia. Vampiros, de John Carpenter, tematiza y confirma nuestra idea acerca de las reglas. Los caza vampiros tienen un reglamento de oficio “no debes hacer esto, no debes hacer aquello, claro está, cuando te enfrentes a Drácula y su familia”. Como es previsible, las reglas permiten construir una institución: la de los caza vampiros, pero de ningún modo, un héroe. Inmediatamente, cuando la cosa se ponga fea, nuestro héroe abandonará tales cosas. Nada de reglas, un héroe no ha nacido para ellas.
El protagonista de Zombieland cuenta la historia, y puede contarla, como él mismo dice en el inicio de la película, gracias a una "lista de reglas". El listado introduce -inmediatamente- el humor en la película. Regla número uno "condición física": los primeros en caer fueron los gordos. Regla número tres "cuidado con los baños". Detengámonos un momento. Las reglas son enunciados impersonales que intentan controlar una conducta, por lo tanto, la tercera impersonal se neutraliza, y se hace -o debería hacerse para que la regla funcione - primera. El registro debe franquearse en primera persona del singular, e incorporarse en este tono íntimo. La paradoja de los mandamientos es justamente ésta: son reglas enunciadas en tercera para que funcionen en primera. Son límites para que ese otro, que es nuestra conducta, no nos desvíe del camino. Otro tipo de reglas, ya no de regulación de conducta interna, sino como modeladoras de experiencias externas, son las reglas de oficio. Estas son secretos, modos de preparar nuestros cuerpos antes de enfrentar la trama.
Qué tipos de reglas nos propone la película? Son reglas de supervivencia. Para sobrevivir en Zombieland hay que aprender rápido a observar y empaquetarlo todo. Pero su verdadero objeto es la risa, estos zombies y esta historia dan risa. ¿Qué significan los zombis? Antes de responder deberíamos transitar por el género, Zombieland es una parodia, y como tal, encuentra su patria en el género. Entonces ¿Qué es un zombi? Un muerto que vive, el rescate de la vieja figura del aparecido de las culturas populares; pero ahora, en el género, con una interesante modificación: es su cuerpo, y no su alma, el que reaparece. Además, su proceso de activación (el por qué de su reaparición en el mundo de los vivos) se produce por la experimentación científica. El zombi es hijo de las guerras (la primera, la segunda y la fría). En definitiva, el Zombi es una crítica al imperio. Si las películas de Marcianos suelen ser apologías de propaganda anti-rusa, las de Zombis (con sus fugas radiactivas) son una mirada crítica hecha en Norteamérica sobre Norteamérica.
Otro dato interesantísimo es que los Zombi reaparecen para comer cerebros, En el regreso de los muertos vivos los vemos repitiendo “cerebro, cerebro” como único parlamento. Los zombis vienen por nuestro cerebro y con estos se cierra, y se abre también toda una grilla de alegorías relacionadas con ese cuerpo vacío, ausente de alma que solo quiere consumir el cerebro de los otros.
Algo de todo eso subsiste en la parodia que estamos comentando. Los zombis son los otros que vienen por nuestro cerebro; y nosotros: un par de adolescentes (dos hermanas, nuestro protagonista) y un hombre rudo. Entonces huimos sin saber muy bien a donde. A las chicas se les ocurre una excelente idea (jugando con el título de la película): ir a un parque de diversiones: ir a Disneyland. La escena final es, justamente, una matanza de zombis entre autitos chocadores y vueltas al mundo. Terminar en Disneyland, terminar con Disneyland, con su significado, y su poder de representación, cierran con una película para reírnos un buen rato. En un mundo como el nuestro, en el cual la única regla posible, parece ser, reírnos un poco de todo.

Felíz día del niño (cruel)



Por Walter Ch. Viegas


Tagline: Algo que aprender sobre la infancia: la sangre ensucia más que el barro y no se lava así nomás con jabón en polvo Ala.

¿Cuántos chicos hemos visto atormentados por fantasmas (13 ghosts), vampiros (Salem’s Lot), posesiones demoníacas (The exorcist), televisores abductores (Poltergeist) y demás espantos? Pero no todos son víctimas: hubo pequeñines que se tomaron revancha y fueron malitos, pero bien malitos! En estas películas se esconde una reflexión moral acerca de la maldad innata del ser humano y una advertencia sobre los efectos de la vida moderna sobre las nuevas generaciones y los miedos que esto genera... He aquí algunas sugerencias para festejar el día del niño cruel.

The Bad Seed (Mervyn LeRoy, 1956)
Aunque parezca increíble esta película tuvo 4 nominaciones a los premios Oscar. Quizás devaluada por el paso del tiempo y los cambios de estilos de actuación y timing del suspenso, se puede decir que los interpretes son de madera, la historia es súper previsible y la dirección poco o nada innovadora. Rhoda Penmark interpreta a Patty, una chiquilla de trenzas rubias que tras su carita de ángel esconde las aptitudes de una verdadera asesina serial. Mejor no llevarle la contra en sus permanentes caprichitos, porque la nena se las cobra!

Village of the Damned (Wolf Rilla, 1960)
En el pueblito de Midwich todas las mujeres quedan embarazadas durante un desmayo general en el nadie puede dar explicaciones de lo sucedido. Poco después nacen niños con extraños poderes psíquicos que anuncian la conquista de la humanidad desde de sus ojos fluorescentes. Los adultos no pueden esconder sus intenciones: los infantes leen las mentes y no tienen reparos en eliminar al que se interponga entre ellos y sus planes de dominación extraterrestre. En 1964 hubo secuela: Children of the Damned es quizás más interesante que la primera parte. En 1995 John Carpenter dirigió una excelente remake de esta historia, con niños más estilizados y de pelucas albinas, en la última peli que hiciera Christopher Reeves (Superman) antes del accidente que lo dejara paralítico. “Beware the children!”

It’s alive! (Larry Cohen, 1974)
Los Davies sueñan con un moisés ocupado por un precioso bebito. En lugar de eso, la cigüeña les deja una criatura asesina que se protege cuando se asusta de los grandes. ¡Y el niño es tan asustadizo! Una joyita de clase-B con subjetivas del bebé al mejor estilo Halloween. En 2008 se estrenó la infaltable y odiosa remake (¿no habrá tramas nuevas para dejar en paz a los blockbusters de épocas pasadas?) dirigida por Josef Rusnak.

Who can kill a child? (Narciso Ibañez Serrador, 1976)
Una pareja de recién casados llega a una idílica islita del Mediterraneo a pasar su luna de miel. Todo está desierto. Quizás el sol del mediodía o alguna festividad hayan alejado a los habitantes del pueblo. Al principio sólo escuchan risitas y pronto ven niños que juegan a las escondidas, escapando de ellos entre casas y callejones. Estos adultos pronto se dan cuenta de que el juego es realidad una cacería, cuando empiezan a encontrarse con cuerpos mutilados y señoras desnudas bañadas en sangre. Imaginen sus ganas de tener un hijo, ya que tampoco ellos pueden defenderse porque ¿quién puede matar a un niño?


Children of the corn (Fritz Kiersch, 1984)
Clásico de Stephen King, ambientado en un pueblo donde sólo habita una secta de chicos que adoran a una extraña criatura escondida en los maizales y que convierten a los adultos en víctimas de los horrendos sacrificios que exige la bestia. Una crítica al fanatismo religioso de los americanos y sus consecuencias (¿hace falta explicar lo que la Historia ya ha demostrado?)...


The Children (
Tom Shankland, 2008)
Unas vacaciones de Navidad en la nieve se tornan desesperantes cuando los hijos de las familias que se reúnen en una confortable cabaña aislada de la civilización se vuelven contra sus padres. La lucha por la supervivencia no parece necesaria cuando empiezan los primeros berrinches, pero luego de fatales accidentes con trineo y declaraciones de guerra a los mayores, el espectador se queda pensando qué regalitos habrán pedido a Papá Noel estas criaturas maliciosas.

Grace (Paul Solet, 2009)
Grace es una vegetariana que decide junto a su marido alejarse de la gran ciudad para criar a su bebé sano, a salvo de la polución y en comunión con la naturaleza. Esta fábula ecologista se torna atroz cuando el niño demuestra más afecto a la sangre que a la leche materna. Una vez que los pechos mordidos e infectados de la cándida señora ya no satisfagan al hijo, será mejor no acercarse a la cuna para verlo de cerca! Una curiosidad: la partera es la ex - amante lesbiana de la mamá... ¿Cómo entender con ironía este mix de conciencia ecológica, puericultura asesina y lesbianismo? ¿No será mucho?

Orphan (Jaume Collet-Serra,2009)
Ester es una huérfana que va a vivir con su familia adoptiva. El nuevo hermanito teme por su vida, los accidentes ocurren uno tras otro y la huérfana siempre está en medio. ¿Será que quiere ser hija única? Una niña con horrendos secretos...

Dejaremos al bebé de Rosemary (Rosemary’s baby, 1968) y a Demian (The Omen, 1976) para otra oportunidad: ya todos los conocemos de sobra. Pero en tanto... feliz día para todos los niños... bua haha ha ha ha!


La humildad de Cobain



Por Joaquin Correa

Historia de amor.
En principio debería justificar por qué ésta película, acá. La respuesta inmediata sería “porque es una película de vampiros”. Ok. Pero creo que eso es lo de menos: la figura del vampiro no es lo central del film, sino el entorno donde está situado y cómo entrar a jugar ahí. Como toda historia de vampiros, ésta es una historia de amor.

Chicos lindos.
Todos: Oskar y Eli (la niña vampiro), los chicos malos, todos, son chicos lindos. Y sin embargo “Let the right one in” no entraría dentro del universo Crepúsculo. Hay algo de fondo, algo que el vampiro encarna que sobrepasa la levedad. Podríamos hacer foco en el trabajo sobre el realismo y daríamos con la tecla: Suecia. El clima frío, la nieve omnipresente, el vientito que sale de la boca, los guantes colgando y tanta ropa, la arquitectura cuadrada, regular, todo eso pero también la mítica posición del país en la tasa de suicidios. Situar al vampiro hoy implica hacerse cargo de la diferencia y la soledad, la enfermedad y el contagio, el riesgo y el peligro, yendo un poco más allá de lo fantástico y súper copado new age. Ahí está el terror: ¿a qué se le tiene miedo en Suecia hoy? A la muerte.

Oskar y Eli.
Eli es la vampiro. Co-protagonista de la historia. La tez blanca, las salidas a la oscuridad y la transmisión de su condición por las succiones son las características representativas de su genealogía. Posee, además, cierto halo intemporal: sus movimientos, sus vestidos, sus respuestas y modales le dan a su presencia algo más que sus doce años. El cuerpo de Eli en esa pequeña ciudad de Suecia es lo extraordinario.
Oskar es el antihéroe, el fracasado, el calladito rencoroso, el enclenque. Los compañeros del colegio le llaman “pig” todo el tiempo y, más tarde, lo azotan con una varilla; entre la madre y el padre se reparten responsabilidades. Mientras tanto, él, configura dentro de su cuarto un archivo de recortes de la sección policial con los crímenes más recientes y misteriosos, cuando no está fuera de casa tratando de terminar su cubo mágico.
La escena en que él le propone ser novios es de una ternura infinita: ella llega por la noche, le pide permiso y entra por la ventana, que no la mire (tiene la boca y el mentón manchados con sangre, ya seca), que se quede quieto, se acuesta junto con él, que la toca y nota que no lleva nada puesto. Le pregunta si quiere tener algo. (Oskar, pobre, no entiende mucho de la situación). Aún así no se miran. Y hablan. Ël está de espaldas. Le pide ser novios. Ella le dice primero que no es un chica. Él insiste. Se desilusiona. Triste, responde a sus preguntas. Más tarde, dice que sí. Él está feliz. Ella es hermosa, lo acaricia, suavemente, mientras duerme. Y lo toma de la mano. Al despertar, está solo. Mira por la ventana, encuentra en su escritorio una nota, hecha sobre una cajita de fósforos.

Silencio y furia.
La mayor parte de los planos de la película son primeros planos o primerísimos primeros planos. Todos son muy cuadrados, respetan y hasta se mimetizan con la arquitectura del pequeño pueblo. Tranquilamente (si no fuera por el rubio del pelo, el tipo de remeras o el empapelado de los cuartos) nos podríamos confundir con una vieja ciudad soviética. Todo esto junto con la nieve, las ventiscas, el crunch- crunch- crunch de los pasos, el contraste entre ambientes exteriores e interiores crea una atmósfera particular, bien realista, sí, pero con la amenaza de lo otro más latente o temida. El silencio o el sonido ambiente sería, tal vez, la opción más atinada para aumentar esta sensación. Pero no: la banda de sonido por momentos le juega en contra al film, repitiendo los clichés estrepitosos del suspenso o cayendo en lo demasiado incidental. Siendo la música una de las artes más perfectas que puede hacer el hombre, por tanto una de las posibilidades más representativas de la razón humana, puede resultar contraproducente cuando lo que se tiene frente a la pantalla es una naturaleza sobrecogedora y potencialmente asesina: la nieve, el viento, la soledad, un vampiro.

Padres.
Los protagonistas (Oskar y Eli) son hijos. Ambos son descriptos desde lo filial, ubicados en el interior de sus hogares, mostrando el trato con sus padres.
Los padres de Oskar están separados. Sólo hablan por teléfono cuando él le rompe el tímpano a uno de los pibes de la escuela. (Le rompe el tímpano con un palo gigante, esa escena es genial, con una especie de tubo naranja de cañería y que usa a modo de bate de beisbol). Discuten en esa oportunidad. Otras veces la madre resulta afable, hasta incluso juega y se divierte con Oskar, aunque algunas otras no le preste atención ni lo registre. El padre vive en las afueras de la ciudad. Es bien parecido, apuesto. Se nota que Oskar lo quiere y lo toma como modelo. Pero hay algo ahí: aparece el amigo de su padre y él sabe que no entra en ese diálogo. Le cae apático este amigo. Ni bien llega, el padre saca una botella de bebida blanca. No se dice por qué (alcoholismo u homosexualidad): Oskar entiende que debe marcharse. Sale a la ruta a hacer dedo. Parece una costumbre para él.
La relación de Eli con su padre es aún más rara. Siniestra. El padre es un asesino: mata para traerle a Eli un bidón lleno de sangre, impidiendo así que ella salga y desarrolle su instinto en la civilización. La cuida. Es parco, misterioso: se sienta en el bar y toma un vaso de leche cuando no observa por la ventana tapiada a Eli hablar con Oskar en la nieve. Eli es dura con él, parece no mostrarle demasiado afecto: le recrimina haber perdido el bidón, le grita cambiando su voz de niña de 12 años por algo indefinido de centurias. Él no es el padre. No puede serlo, no es un vampiro, no es inmortal. Es su servidor: cuando están por descubrirlo se echa ácido en la cara, y ya desfigurado en la clínica deja que Eli, trepada en la ventana, succione su cuello y arroje su cuerpo pisos abajo. En todo caso, representa lo paterno al llevar el tan mentado sacrificio por los hijos a lo literal, al extremo.

Amor y simetría: enfermedad y venganza.
Se podría, a partir del film, hacer una teoría del amor. Es demasiado. Tan sólo unas líneas.
Oskar es el sujeto en la espera: callado, tímido, paciente, investigador. No nos damos cuenta que está esperando algo ni qué es eso que espera. Su modo de ser bien podría ser el de cualquier adolescente. Eli llega justo a su vida: pareciera que más no se puede mantener en ese estado, que ser el protagonista de Elephant es su destino. Eli representa al mismo tiempo su educación sentimental y social. Son el uno para el otro: muerto el padre, ella necesita quién le suministre la sangre y él poner en marcha todo eso que el resentimiento le hizo configurar en su archivo policial. El amor es simétrico, y hay alguien, reza el título, que es el indicado para alguien.
El amor se relaciona con la enfermedad: al otro le falta algo y debe de cuidarse su cuerpo. Eli es la portadora de la enfermedad: el vampirismo es epidémico y al contagiarse por la sangre es inevitable asociarlo con el sida. La transmisión implica la vida en las sombras y la propagación de la condición o la muerte. Oskar, entonces, cuida de Eli. Pero también al revés: es ella quien lo impele a desarrollar su venganza, a superar el precepto bíblico de la otra mejilla.
Toda relación que vale la pena, que se siente, es enferma: carcome, pesa y duele. En esta película se muestra eso: el amor es sacrificio, marcas en el cuello, puñaladas en la espalda, asesinatos en número. El amor es cuerpo y enfermedad: el otro es un cuerpo enfermo al que se debe cuidar.

Grunge is dead.
Historia de un chico –Oskar-, violencia y maltrato escolar, amor, relaciones familiares problemáticas, enfermedades, venganza, darkness: con esos elementos podríamos pensar una sinopsis del film. De “Let the right one in”. Pero si cambiáramos vampiros por guerra tendríamos “The Wall”. ¿Qué hay en el medio? 1994: la muerte del rock.
Cobain tenía una remera que decía “Grunge is dead”. Se quedó corto: a partir de 1994 lo que muere no es el grunge, sino algo más: el rock entero. Si pensamos una línea que vaya de “The Wall” a “Let the rigt one in” tenemos que pensar algo -algo- que, con los mismos elementos, haga posible dos historias de un tono tan distinto. Porque si la biografía de Pink Floyd es la de un hombre atormentado por su tiempo, la de Oskar es la de un chico que está ahí, esperando.
Porque el rock se terminó.
El rock es un maldito enchufado a un Marshall: si Rimbaud volviese hoy de África sería Daniel Johnston, un resto. Cobain fue el último tipo que hizo rock porque hizo de su vida su voz y guitarra, porque dijo y dejó todo ahí. No hay muchas más vueltas. Lo que vino después es otra cosa: indie music, alternative, lo que sea. Pero sin Cobain. Y eso, no sé cómo, se ve en este film: Oskar está dentro de un clima frío, denso, desolado, rodeado de violencia (escolar, familiar, policial) y se marcha, así, sin más, en tren con su novia, la vampiro. Inconcebible sería entender a Oskar antes de 1994.

Sobre El origen (Inception), de Christopher Nolan.



Por Víctor Conenna.

Mucho se ha dicho y escrito sobre El origen en estas últimas semanas. En la mayoría de los casos las posturas, a favor y en contra, son extremas, por eso intentaré que esta reseña circule en una zona equidistante entre ambas. Como punto de partida es preciso establecer que estamos frente a una gran película, atrevida, entretenida, que mantiene su tensión argumental por dos horas y media, con algunos defectos e innumerables virtudes: no es una farsa como la definen algunos ni es la mejor película en la historia del cine como la postulan otros ni Christopher Nolan es David Lynch.
Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) ha desarrollado un método para apropiarse de los secretos del subconsciente cuando la víctima está durmiendo, conocido como extracción. Esta extraña habilidad lo ha transformado en un sofisticado espía corporativo pero, también, en un fugitivo de la ley. Su suerte comienza a cambiar cuando un empresario japonés lo contrata para llevar a cabo un procedimiento distinto: implantar una idea en la mente del único heredero de una poderosa multinacional.
Si algo hay que agradecerle, ante todo, a Nolan es su originalidad. En una industria cinematográfica saturada de remakes, de precuelas y de segundas, terceras, cuartas partes de películas que alguna vez fueron innovadoras (o no tanto) y que ya perdieron su capacidad de conmoción, el director británico sorprende una y otra vez aportando su cuota de extrañeza. Aún cuando le toca ser parte de esa coyuntura (como en el caso de Batman, un personaje de historieta creado en 1939, que ya transitó varias veces el cine y la televisión) florece el sello de singularidad Nolan. Por supuesto, ese sello de singularidad se encuentra también en Memento y El gran truco, no obstante, creo que esta última producción las sobrepasa porque, con sus aciertos y equívocos, es la idea más original que ha dado el cine de Hollywood en estos últimos años. Este mérito, en parte, surge de la difícil tarea de acotarla dentro de un determinado marco genérico: abre con un argumento de ciencia ficción, se consolida como thriller de acción y en el medio coquetea con lo fantástico y el film noir.
En varias críticas aparecidas en diversos medios nacionales e internacionales se insiste en relacionar la película con una vieja idea literaria: la del soñador soñado. Sin embargo, ese pensamiento es demasiado limitado para intentar dar cuenta de la desmesura desplegada en este filme. En tal sentido, me gustaría ensayar una definición y es la siguiente: El origen es una construcción en abismo de sueños. La idea, estrechamente vinculada a lo onírico, de una acción desarrollada dentro del campo de otra acción y así sucesivamente no es nueva pero en este caso se llega a narrar cuatro líneas argumentales diferentes, en paralelo, que pueden desaparecer en un instante por efecto dominó. Nolan intenta avanzar un casillero más con respecto al resto de los realizadores hollywoodenses y construye un universo muy personal, con sus propias reglas, trucos, paradojas y contradicciones. En este universo los sueños están más cercanos al realismo que al surrealismo (de ahí la importancia de los arquitectos en la trama) y si aparece una cuota de este último es, sobre todo, para mostrar la grandilocuencia de los efectos especiales (este es el principal escollo que deben eludir quienes comparan a Christopher Nolan con David Lynch).
Por último, además de la originalidad, hay otros elementos constitutivos que hacen de El origen un gran film: excelente puesta en escena y manejo de los dispositivos técnicos, ritmo vertiginoso, tensión argumental, espectacularidad de los escenarios, buenas actuaciones, una trama enmarañada. Ahora bien, con tales méritos ¿en qué falla la película? En primer lugar, si bien uno de los atractivos del guión es su complejidad estructural y formal, algunas resoluciones son demasiado simplistas. En segundo lugar, dicha complejidad hace que por momentos la película sea muy, muy, muy, muy, muy, explicativa. Y ese es un error que un cineasta como Nolan no debería cometer.

El delgado espesor de una puerta.
Sobre The house of the devil (2009), de Ti West.
(1)



Por Matías Moscardi.

The house of the devil (2009), de Ti West, parece, a todas luces, un clásico de terror de los años 80. No solamente por su deliberada ambientación en la época (con detalles como la aparición del antiguo logo de coca-cola, la presencia de esas cantimploras de plástico con sorbete que se usaban como vasos, el walkman enorme que la protagonista lleva durante toda la película en su cintura, los peinados tipo Janis Joplin y los jeans arriba de la cadera) sino, sobre todo, por el tipo de terror que ejecuta.
Lejos de los predecibles golpes de efecto y de los ritmos vertiginosos de la parte más comercial del cine de terror contemporáneo, The house of the devil propone un clima aletargado, como una especie de quietud que, por su duración y por la acumulación de pequeños detalles, se transforma, progresivamente, en una tensión insoportable. Si a eso le sumamos que la música y los sonidos están dosificados con cuentagotas, es fácil de entender por qué la mínima irrupción de un elemento extraño adquiere de inmediato un peso inesperado, como cuando sacamos a la superficie un cuerpo que sosteníamos debajo del agua.
Esto me recuerda al estilo de Roman Polansky en dos obras maestras: Repulsión (1965) y El bebé de Rose Mary (1968). Recuerdo que cuando vi Repulsión, promediando la hora de película, salté de la cama por una escena que no esperaba: en un momento, Catherine Deneuve se mira en el espejo y por detrás aparece un hombre con barba. Esto puede sonar estúpido o trivial, de hecho constituye un clisé bastante frecuente, pero en el ritmo y en el clima inicial que proponía la película de Polansky, la escena era totalmente inesperada. Ahora pienso que para generar este efecto de shock, la película precisamente tenía que tener, detrás, un fondo que excluyera de manera absoluta cualquier posibilidad de un sobresalto inminente. En La casa del diablo ocurre algo muy parecido: las imágenes de pesadilla no son perturbadoras de manera autónoma sino en tanto pertenecen y están directamente conectadas con un sistema previo cuyas características son el silencio y la aparente normalidad de una casa de familia.
Lo horroroso lo encontramos también en pequeños detalles: un teléfono público que suena, el contestador de una amiga que no atiende, caramelos rancios en un bol de vidrio, una pizza que no sabe del todo bien y datos desfasados de la realidad – alguien te dice que fue al sótano a buscar su tapado para salir y después descubrís que los tapados se guardan en un placard, en el piso de arriba.
La segunda película de Polansky que nombré, El bebé de Rose Mary, es la Gran Película sobre “cultos satánicos”. Sin ir más lejos, después de la filmación, Polansky comenzó a recibir cartas ofensivas de fanáticos religiosos. Tanto llamó la atención, que un año después, en 1969, el mismísimo clan Manson pasó de visita por su casa cuando él no estaba y masacró a su mujer, Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y a varios amigos que estaban con ella. La casa del diablo, por su temática y por la indudable importancia de este referente previo, puede pensarse como un homenaje explícito a la obra maestra de Polansky. Su temática es idéntica: una chica que, sin saberlo, engendra al hijo del diablo.
Por último, hay otro aspecto interesante: la idea de que el horror habita en lo íntimo, es decir, en la casa. Cuando Freud pensaba en lo siniestro estaba pensando justamente en la idea de lo familiar. Y la película explora la intuición de que toda casa ajena es potencialmente siniestra. Y, sobre el final, nos deja con esta inquietud: lo que separa a nuestro mundo de la más horrorosa pesadilla puede tener el delgado espesor de una puerta.






(1) Reseña previamente publicada en http://www.letraceluloide.blogspot.com/



lunes, 24 de mayo de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 3. Mayo-Junio 2010.

Dos opciones.
Palabras liminares al Nº3 de La boca del miedo.

por Esteban Prado.

Tengo dos opciones con el terror. No me importan los subgéneros, tal vez me falte educación. A veces, primera opción, hago mi esfuerzo por ver alegorías en las películas, me invento un mensaje cifrado para sentir que no perdí el tiempo o MM me inventa una lectura, que tan lindas cosas hace con películas como Los extraños. Otras veces, segunda opción, simplemente soy espectador, espectador con ganas de vomitar –Hostel, El juego del miedo, etc–.


No sé si mi compromiso político gay me esté volviendo idiota pero me da más miedo un documental como Cuchillo de palo que cualquier otra película. Creo que se estimula la creencia. Esto puede pasarme, digo y sigo viendo para entender cómo me escapo del asesino.

Apelación: alguien que haga una película que me asuste, que no tenga que entender el género para que me guste y que no vaya a la leyenda urbana fácil para crear identificación en la mayor cantidad de personas posibles –Habitaciones para turistas–.

Una que me asuste.


Notas sobre los “falsos documentales” en el cine de terror (3/4).



por Matías Moscardi

TERCERA PARTE: LA IRRUPCIÓN DEL GÉNERO (1990-1999)

1. 1990: the world is chanching




Hasta el momento, hablando estrictamente, no analizamos ningún falso documental. Menos aún, un flaso documental que funcionara como película de Terror. En cambio, seguimos el camino de migajas en el bosque. Ahora llegamos al living de la casa de la bruja. Bienvenidos.
En los años noventa aparecen elementos residuales, que retoman características que fuimos rastreando en el pasado, y a la vez aparecen elementos emergentes, que se encargarán de transformar al falso documental en una película de Terror.
En otras palabras: lo que antes era un elemento accesorio (o en todo caso complementario) en los noventa deviene una forma genérica constituyente y bien delimitada dentro del cine de Terror.
En sus ficciones, Borges construye por momentos una idea del Terror centrada en la posibilidad de que lo Imaginario se vuelva Real, la posibilidad de que la copia sea el original o de que el sueño ocupe el lugar de la vigilia, etc. La misma fobia aparece procesada en los falsos documentales de los noventa entendidos como películas de terror: porque lo que se presenta como horroroso es precisamente el margen delgado de lo Real.
La primera nota de lo que apenas unos años más tarde se transformaría en un verdadero subgénero cinematográfico, dentro del cine de Terror moderno, la apunta un programa de televisión producido por la BBC de Londres, que salió al aire en 1992. Estoy hablando de Ghostwatch, acaso el primer “falso documental” propiamente dicho, con todos los elementos formales del género.
En Ghostwatch asistimos a un programa de media noche, una superproducción divida en dos: en un estudio de televisión, seguro y con calefacción, un conductor medianamente convincente, una parapsicóloga y varios asistentes telefónicos dirigen el programa; mientras que afuera del estudio, en algún barrio residencial de Londres, una turba de asistentes de cámaras y sonidistas especializados, una chica rubia y un chico bromistas medio tonto, monitorean con la más alta tecnología una casa de familia en donde sus habitantes (una madre y sus dos hijas – es notable que falte el padre) experimentan fenómenos paranormales.
Desde el título del programa, podemos notar que el acento está puesto en la mirada, el avistamiento, pero también la vigilancia, todos matices contenidos en “Watch”. No obstante, inmediatamente se advierte que esa mirada es voluntariamente parcial, sesgada: los fantasmas son metonimias. Nunca aparecen de frente; por el contrario, una parte de la representación está por fuera del campo de la cámara. Lo que la cámara puede registrar es una huella. Por eso, su visión es metonímica: nos muestra la Parte (del fantasma) por el Todo: ruidos, manchas en la alfombra, cuadros que caen al piso, niñas que se automutilan la cara con rasguños, sombras borrosas, etc.
Hay otro fenónemo destacable: los espectadores pueden ver el trabajo de las cámaras. En otras palabras: hay una cámara que filma las cámaras. En Ghostwatch, lo Real está necesaria y doblemente mediatizado: hay una cámara que intenta captar la realidad y otra que intenta captar el modo en que la primera capta esa realidad. Y esto implica dos posiciones, refractarias: una cámara subjetiva (la cámara que filma el fenómeno paranormal) y otra objetiva (la cámara que filma las cámaras). Pero este juego de cajas chinas supone una certeza técnica: siempre hay un punto ciego, algo que no puede ser registrado. Y es precisamente lo no registrado por esa mediatización lo que constituye una de las claves de representación del Terror moderno, lo que encontraremos más adelante en Alien Abduction (1998), The last broadcast (1998) y sobre todo en el mega éxito The blairwitch project (1999).
El final de Ghostwatch es genial. Los equipos se descomponen, las cámaras fallan y el lugar seguro se vuelve, de pronto, una zona amanazada: acudimos al avistamiento del primer poltergeist en un estudio de televisión. Las luces estallan, los camarógrafos salen corriendo, los asistentes telefónicos huyen despaboridos. El conductor, implacable, sigue hablando en la oscuridad. De pronto, distinguimos su silueta, mal encuadrada, vemos su boca y su torso. Su voz ha cambiado, la escuchamos ralentizada, diabólica. Balbucea algo que no alcanzamos a decodificar. Y de pronto se acabó. De pronto ya era de noche.

2. Autopsia de un muñeco del espacio exterior



Cuando tenía 16 años, era fanático de dos revistas: Muy intresante y Conozca más. Todavía conservo muchos de los números que compraba en ese época. Por ejemplo, el número extraordinario sobre “El hombre de las nieves”, de Muy interesante; o el número sobre “La esfinge de Marte”, de Conozca más. De todos ellos, el más famoso fue, sin ninguna duda, el de la autopsia de un extraterrestre. Recuerdo que cuando vi la propaganda por la tele, agarré la bici y salí a toda velocidad, desesperado, a un quiosco de revistas cerca de casa. Fallé: se había agotado al instante. El fenómeno de marketing dió resultado. Conozca más agotó todos sus ejemplares en menos de un dos días.
Alien Autopsy (1995) es un mediometraje dirigido por el británico Ray Santilli, distribuido en VHS como la auténtica autopsia que los especialistas del Ejército estadounidense realizaron a un extraterrestres desafortunado que se pasó un semáforo en rojo y chocó en Roswell, allá por 1947.
Del video no hay mucho que decir. Durante media hora vemos cómo unos médicos abren el cuerpo de un enano cabezón y le sacan las tripas. Pero en cambio es importante pensar en la producción de este tipo de objetos de consumo. Porque lo que no advirtieron los productores de Ghostwatch ni de Alien autopsy es que no era necesario recurrir a la Verdad para vender.
Los formatos que utilizaron hacen mayor hincapié en el hecho documental que en el hecho cinematográfico en sí. Lo demuestran los medios que eligen para su distribución: un noticiero televisivo y una revista de divulgación pseudocientífica.
Esto cambia radicalmente con Blairwitch, porque ante todo cambia su espacio de reproducción. Pasamos de una revista o de un noticiero, directo a una sala de cine. Pero para llegar hasta acá, necesitamos dos impaces importantes: Alien abduction y The last broadcast.
Una cosa más con respecto al muñeco operado: fue la gran descepción. A las pocas semanas todos nos enteramos que el teléfono que estaba en segundo plano, en la sala de operaciones, tenía un cable de esos enrulados. Y esos cables no existían en 1947.

3. Los que triunfan al perder





Alien Abduction: Incident in Lake County (1998), de Dean Alioto, es la película que más se acerca al formato de Blairwitch. La película empieza como La guerra de las galaxias: con un texto explicativo y una voz en off que oficia de lector.
Es navidad. Estamos en la casa de campo de los McPherson. Lo que estamos por presenciar sería algo así como “la evidencia de que no estamos solos en el Universo”. Eso dice el texto. Digamos que el Alien es América: hay que descubrirla para estar completos. De lo contrario, al mundo, al Universo, le faltaría “algo”.
Los McPherson están cenando hasta que se corta la luz. Los tres hermanitos salen a ver qué ocurre y se topan con una nave en forma de bola gigante. A unos metros, dos aliens mutilan pacificamente a una vaca. Los McPherson filman nerviosos y exitados. Se pasan la cámara para ver mejor. Hasta que los aliens advierten su presencia y los arremeten con un rayo láser. Ahí empieza la hecatombe, La noche de los muertos vivientes o, lo que es lo mismo, Asalto en el precinto 13: los McPherson tienen que resisitir en su casa de campo el asedio de los aliens.
La película es, para mí, insoportable. Sin emabrgo aparece el hallazgo de la confesión frente a la cámara, mejor aprovechado en películas posteriores: el que filma se pone frente a la cámara y se despide del mundo para siempre, como la pelirroja de Blairwitch en la escena final llena de lágrimas y mocos, parodiada hasta el hartazgo. La confesión del joven McPherson implica, de alguna manera, la certeza de que los aliens no destruirían el film, como si todo video casero fuera de esencia testamentaria.
El final es muy gracioso. Para calmarse, los sobrevivientes de la familia deciden ponerse a jugar a las cartas en la cocina (?!). La hija menor del matrimonio, de seis o siete años, actúa raro: camina como un zombie de acá para allá y dice que tiene “algo importante que hacer”. De pronto, irrumpen en la cocina dos aliens y adormecen a todos por medio de una especie de control mental. Uno de ellos levanta la mano hacia la cámara y la apaga, también con la mente, calculo. Al final, nos dicen que si sabemos algo de los McPherson llamemos al 1-800-555-0022 (sic).
Con The last broadcast, de Stefan Avalos y Lance Wailer, se completa la encrucijada que desemboca en Blairwitch. Voy a ser sincero. Vi esta película hace mucho tiempo. No me gustó. No volví a verla. Pero recuerdo algo que me llamó la atención: al final era todo mentira, no había fantasma, el mismo director de la película era el asesino. Eso me pareció genial.
El resto de la película es bastante parecido a Blairwitch: unos jóvenes estudian un mito urbano y mueren misteriosamente en un bosque. Queda como testimonio una cinta de video arruinada justo en el momento en que vemos vagamente el contorno de aquello que los mató.
La película muestra paralelamente el trabajo de investigación del director y de los editores por recomponer la cinta. Al final, el contorno misterioso revela la cara del director que es, a su vez, el conductor del documental.
Si cruzamos esta clara vuelta de tuerca con el modo de registrar los hechos de Alien abduction, llegamos como por arte de magia, o como si se tratara de una receta de Choli Berreteaga, nada más y nada menos que a la película responsable de gran parte del cine de terror –bueno o malo– del tipo “falso documental” de los últimos 10 años: The Blairwitch project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez.
Blairwitch es un producto neto. La plata que usaron los productores fue invertida, casi en su totalidad, en movimientos de marketing. Armaron una especie de mito antes de lanzar la película. Pusieron la foto de los chicos desaparecidos en cajas de leche. Mantuvieron a los actores durante un mes en un hotel. En fin, montaron el escenario para juntar los frutos con pala.
La película es literalmente un documental. El final, sin embargo, incluye una vuelta de tuerca típica de un relato policial o de Henry James. La cámara cae y vemos a uno de los chicos contra un rincón, imagen que remite al modo de matar que tenía un asesino de niños que, según dicen, había masacrado a 14 muñequitos, allá por comienzos de siglo. Entonces, lo que perseguía a los adolescentes de Blair no era la bruja sino el fantasma de un serial killer.
En definitiva, más allá del gusto personal, Blairwitch nos da una lección de sociología de la cultura: a veces es más importante el proceso que el producto. Es innegable que los directores, sean o no ladrones a mano armada, la hicieron bien. Como diría Freud, son esa clase de personas que triunfaron al perder.

Una maternidad periférica
Sobre: A l’inteieur , Francia, 2007, Dirección: Bustillo-Maury, 83’ .
Y Baby Blues, USA, 2008, Dirección: Jacobson-Kaleka, 85’.




por Pablo García.

Tagline: - Mamá, no quiero la sopa, mam… chak!
- Mi mamá no me mima…


Tanto la obra de Bustillo-Maury como la de Jacobson-Kaleka se ganaron la fama de películas fuertes. Sin embargo, a pesar de compartir categoría, compiten en estamentos diferentes. Mientras la estadounidense es ruda argumentalmente, la francesa adquiere el título, sobre todo, por méritos discursivos. Específicamente: la primera no tiene problemas en meter la cámara justo a tiempo para mostrar la mejor manera de abrir una panza a tijeretazos (de hecho lo disfruta, lo erige como recurso fundamental); la segunda, a la hora de la violencia física, corre la vista, como aprendiz de morboso. Apenas soporta (acaso prefiere resaltar) la violencia psicológica de cada ataque: el foco es sobre la nena que se moja los zapatos, no sobre el puñal que perfora una y otra vez la espalda de su hermano.
Pero de madres estábamos hablando. Baby blues construye, casi, la figura de una Medea contemporánea y campechana. Las relaciones filiales y la trama son simples: una mujer trastornada (en parte por la ausencia de su marido, pero también con ciertos brotes místicos) intenta canalizar su tensión en el crío que se encuentre más a mano, semblanzas de una familia tipo americana. Para fortuna de aquella, y de la filmación, los chicos son numerosos y está dentro de las posibilidades del villano seguir concibiéndolos.



En París, en cambio, las cosas nunca pueden ser tan sencillas. Por eso las madres de la historia son tres; el problema radica en que solo hay dos hijos. Pasamos en limpio: Sarah está a punto de dar a luz y, sin padre ni marido, su madre es el único sostén en esta dulce espera ¿Y la tercera? Acá: la noche anterior al parto, alguien golpea a la puerta y viene a reclamar lo que cree suyo: la criatura que aún no nació.
Como si fuera poco, la literatura clásica vuelve a meter las narices cuando, acosada por la extraña psicótica, Sarah no distingue a su madre, que llegaba al rescate, y le atraviesa prolijamente la carótida. Nada de Electra, puro Edipo transexuado: asesinato ignorante y un desollamiento bastante posterior que acentuará la cita.
Además, el carácter doble de la protagonista (Sarah: madre-hija) permite que se refuercen aleatoriamente cada una de sus condiciones, multiplicando con ello sus temores y preocupaciones. Si bien, como dijimos antes, este film pondera la sangre y la violencia física y explícita, no está ni cerca de olvidarse de la castigada psicología de esta primeriza: encerrada en el baño, olvida la macabra persecuta para pensar tranquila en el matricidio.
Aquel refrán medieval y uruguayo que aseguraba que la calidad de un gore se medía de acuerdo a los centímetros cúbicos de sangre salpicada no ha caducado, pero definitivamente se ha quedado corto. La sangre también puede abundar pero esparcida con detenimiento, con morbo, con metódico detalle.
Más allá del informe médico final, y de las causalidades técnicas que de ello se derivan, la película norteamericana disemina varios indicios relacionados con el origen de la locura de Colleen Porch y poco tienen que ver con la ciencia: envidias, biblias, desconfianzas maritales. No obstante, nada de esto parece ser definitivo. No hay una explicación consistente, y eso es un acierto.
Contrariamente, A l’interieur retoma sobre el cierre una escena inicial. Arma una cadena lógica de razones que terminan en el desenlace de la trama: Sarah, en un accidente vial provoca la muerte del hijo de aquella que ahora se lo quita. Tristeza, locura, venganza, satisfacción. Eso parece un desacierto. Desde este momento, la película entera se inscribe en el plano de la anécdota, de lo acotado, de lo privado. La loca que puede golpear a tu puerta y convertirte en recorte de milanesa, sólo hará su visita si le mataste a un nene. El peligro latente se vuelve insignificante, una revancha demasiado personalizada.

Fe de niños: el horror del cuerpo infantil.



por Joaquín Correa.

Crece
y se reproduce
como las manchas
de humedad
justo en el techo
sobre la esquina
nadie percibe
que está ahí.

“Humedad”, Coiffeur

uno.
Veo El orfanato por segunda vez; me digo: debo analizarla, detenidamente, prestar atención a cada detalle. Pensaba que “el efecto terror” sólo era propio de la primera vez, y que ésta, la segunda, podría ver(lo) todo con pausas, deconstruyendo las secuencias, indagando la raíz del drama, su trama. Me equivocaba. La película ejerce sobre mí el mismo efecto. Me captura, me sumerge en su atmósfera.
¿Cuál es, entonces, el efecto terror? ¿Dónde o cómo se construye?
Si pensamos que el género (terror) es asimilable a otros (suspenso, por ejemplo) en tanto se define desde el efecto que provoca o desea provocar, el punto nodal del análisis sería indagar eso, dónde reside el efecto. Así, lo terrorífico podría ser puesto en paralelo con el efecto históricamente predominante en Occidente: el efecto de lo real: hacer creíble. Pero el terror va más allá: hacer creíble, sí, pero también perturbar al interlocutor. Porque en este género el lector, el espectador, no se erige como el punto de llegada neutro, pasivo, sino que deviene en el sujeto al cual se dirige el blanco, es el sujeto blanco, ya que el terror es el trabajo sobre lo denso, lo oculto oscuro, lo callado acallado, el silencio: (…) me daba cuenta que el silencio es el fantasma de los sonidos. Y que si bien una historia que yo pueda estar contando remite a una cosa puntual y que todos sabemos que puede haber en la historia un bajo profundo que remite a tu propia historia personal, en el silencio está tu propia historia, con tu nombre, tu apellido, los personajes tuyos, tu propia cara, tu propia vida, todo lo que te pasó y lo que pensás que te va a pasar y lo que te está pasando. Y a veces eso es insoportable. (…). (1)


dos.
Lo perturbador de El orfanato son los niños. Desfila por el film una galería perversa de niños: niños mutilados, niños con máscaras de animales, niños que emiten sonidos de animales, niños muertos, niños fantasmas, niños cadáveres, niños con síndrome de down, niños enfermos, niños adoptados. Todo el parámetro de lo a-normal está presente (lo que no es El Niño), aunque, parece decir el film, la inocencia, el juego, es decir: los niños, es lo a-normal por excelencia, al ser éste el estado que se desconoce por completo, que no se entiende, que genera el conflicto y desencadena una pesada trama de cuerpos malditos.

tres.
El argumento del film podría sintetizarse en pocas líneas: una familia llega a una vieja casa cerca al mar. Allí establecerán un centro de atención para niños con capacidades diferentes. El hijo del matrimonio (los supongo casados, pues son bien españoles) es adoptado y portador de HIV. La casa funcionaba antes como orfanato y allí pasó su infancia la madre. Hasta aquí una sola historia. Pero todo buen cuento, enseñanza maestra de Quiroga para el horror, narra dos cosas al mismo tiempo: ese orfanato esconde en su seno, en lo más profundo de sus habitaciones, el murmullo de los niños amigos de la madre, sus cuerpos insepultos, víctimas de una de las celadoras. De ahí el cruce en las tramas, el horror, la irrupción de otro orden y otra lógica.

cuatro.
El peligro mayor de hacer un film sobre niños huérfanos es caer en la mirada-Cris Morena, Chiquititas. O peor aún: Michael Jackson. Y sin embargo hay, todavía, allí algo: el niño. Residuo de la inocencia, depositario de los bienes de la humanidad por excelencia, tiempo idílico de perfección, antes de cualquier caída y crecimiento que lo pervierta, el niño siempre ha sido lo incorruptible, lo hermoso, el futuro. SI empezáramos a remover por ahí tendríamos cadáveres sobre cadáveres, una tierra arrasada, la llegada del desastre: el cuerpo del niño es el cuerpo mutilado, el cuerpo silenciado, reprimido. La infancia sería así el tiempo del horror, porque es allí donde pudo ocurrir todo y no hay certeza ni memoria que sea capaz de verificar al menos algo, lo mínimo. Volver a la infancia, por ello, al secreto de la infancia, implica la muerte, el suicidio del sujeto.

cinco.
Por cada muerte, por cada acercamiento al otro tiempo, el tiempo de la infancia eterna, el tiempo del cuerpo mutilado, la pequeña calesita del jardín, gira. Y chirría.

seis.
Reuniendo algunas de las palabras mencionadas hasta aquí con mayor asiduidad (“niños”, “muerte” y “secreto”) daríamos forma a toda una poética de la mirada, a la construcción y fortalecimiento inmediato de un modo de ver-otro. Ya desde la conjunción de dos historias, ambas situadas en dos planos contrapuestos la mayor parte del tiempo, aparece esta posibilidad: vale decir, quién es capaz de atravesar ambas cartografías, quién es capaz de encontrar la unión con lo otro, quién puede ver-creer, vivir y contar la experiencia del pasaje, del cuerpo marcado. Hay que desconfiar de lo que uno cree que ve y por lo tanto también de lo que siente cuando cree ver lo que ve (2). Nuevamente: el horror, el efecto sobre la percepción y la caja de resonancia interior, personal, del interlocutor.

siete.
Relato gótico: castillo, presencias, un faro, su luz, lluvias por las noches. Fiestas de disfraces, ágapes, durante el mediodía.

ocho.
Al menos dos veces es explícita la mención a Peter Pan, el relato de los niños perdidos, de los cuerpos anormales (fantasmales, eternos, extraordinarios). El film puede ser visto a partir de allí como la narración de la opción de Wendy: la eternización del rol materno, la constitución de un hogar definitivo. Pero también, y desde la última composición de Lars Von Trier, el film cobra otras dimensiones desde el relato de la culpa, la paranoia del filicidio. El suicidio de la madre, la imagen última que reproduce La piedad cristiana podrían ampliar el alcance de esa Wendy desesperada, tan fuera de sí, dispuesta a jugar con los niños muertos, sus amigos, para recuperar a su hijo. Que tal vez ella misma haya empujado a la muerte.
La madre de Lars Von Trier junto con la niña y el jardín de Pizarnik: difícil aunar más perversión y muerte.

nueve.
Si participamos del punto de vista de la Madre, lo que el film propone y dispone, se establece otra mirada posible sobre la infancia: el pasado. Desde esta posición, la búsqueda de la madre forma parte de un relato del crimen, no tan sólo la búsqueda de pistas palpable que la lleven finalmente hacia Simón, su hijo, sino, y sobre todo, el cambio de foco, la concentración de la atención sobre aquello que siempre estuvo pero que nunca fue de relevancia, que nunca fue atendido en su punto preciso como expresión de algo más. Es la grieta del pasado en el presente, el suceso que vuelve retrospectiva y obsesivo - paranoica la visión y la re-construcción de los recuerdos. Es, en fin, el relampagueo del pasado en un breve instante del presente: la destrucción del tiempo como había sido narrado hasta ahí, la bio-grafía del sujeto, el advenimiento de la posesión, la locura y la muerte.

diez.
Como si todo esto fuera poco, actúan el Señor Barriga y Geraldine Chaplin.


NOTAS:
(1) Entrevista –inédita- a Gabo Ferro, La Plata, 14.03.2010.
(2) Piglia, Ricardo (2001); “Modos de ver” en María Torres (coord.), Pintura Argentina. Abstracción I, Bs.As., Ediciones Banco Velox y Clarín.


Velar la oscuridad de la noche.



Sobre La hora del lobo de Ingmar Bergman

Nombre: Vargtimmen (La hora del lobo). País: Suecia, 1968. Dirección: Ingmar Bergman. Duración: 90 minutos



por Rodrigo Montenegro.

Tagline: “Noche eterna cuando pasaras, cuando encontraran mis ojos la luz”

Antes que nada un pacto de verosimilitud. La película se inicia con una advertencia. La narración que se sucederá está tomada del diario del pintor Johan Borg, quien desapareció sin dejar rastro de la Isla Baltrum, en las islas Frisonas. Los acontecimientos que se presentarán a continuación están basados en dicho manuscrito (como no podía ser de otro modo).
Inmediatamente se escuchan ruidos. Martillos, sillas que se mueven, hierros, voces que dialogan se dejan oír mientras los créditos recorren la pantalla. De repente: “- ¡Silencio todos! ¡Rodando! Toma. Cámara. Comenzamos.”
La película se inicio, ya no quedan dudas. Bergman nos muestra la antesala del sueño (pesadilla para ser más exactos) que pretende narrar. A continuación el primer plano de Alma, la mujer de Johan, quien mira directamente hacia la cámara y da su testimonio en una suerte de prólogo, reforzando la ilusión de realidad (lo real: problema central de la film). Bergman y toda su maquinaria cinematográfica ya han hablado. La fantasía se pone en movimiento y el relato comienza a tejer sus espesos hilos de oscuridad. Espectadores ingenuos: abstenerse.
Durante la película queda claro que el contraste entre el blanco y el negro se tiñen de significaciones. Los fotogramas se platean como pequeñas piezas cargas de sentido, donde la luz y la sombra luchan por ocupar el centro de la pantalla. El paisaje y los ambientes no son meros decorados escenográficos, sino que existe una cuidadosa elección, plano a plano, de un recorrido en imágenes que se impregnan de sugestión. La isla casi desierta que Johan elige para vivir con Alma y desarrollar su actividad artística se construye como vista desde la profundidad de un sueño, o el fondo de una pintura expresionista. Colinas, bosques y acantilados rocosos representan la geografía onírica del film. Esos espacios abiertos se desterritorializan en tanto paisajes para devenir construcción alegórica. Por lo tanto, el espacio nunca es realista en sentido ingenuo, sino que se dibuja cuidadosamente como un territorio de inquietantes posibilidades, donde el sentimiento de lo siniestro brota en cada porción de terreno.
Lo mismo sucede en los espacios cerrados. La amable y solitaria casa de Johan y Alma alberga una dualidad constante, la misma dualidad que signa la relación de la pareja. Luces y felicidad durante el día, al menos para Alma. Oscuridad y miedo durante la noche. El hogar se transforma en el espacio de la hostilidad (que explotará en el final de la película) donde lo familiar concentra las horas eternas de la noche en vigilia. Durante ese velar, el tiempo se hace denso y se carga de sombras; es lo que Johan Borg llama la hora del lobo, la hora en que la mayor cantidad de gente muere y la mayoría de los bebes nacen, cuando aparecen las pesadillas y reina el silencio. Y como fruto de ese velar que se transforma en un insomnio patológico se describe el miedo como vivencia extrema e intima de la subjetividad Durante estos espacios de tiempo oscuro se introducen las reflexiones sustanciales de Johan. Allí aparecen los recuerdos infantiles y sus traumas, los castigos físicos del padre, el regreso a los terrores más primitivos: el miedo a los monstruos que habitan en los armarios y el terror a la oscuridad. Se hace explicita la existencia de un constante sentir irrepresentable que habita en la profundidad de Johan y que puebla de fantasmas la isla.
De este modo, la película comienza a profundizar la experiencia misma del miedo, ese sentimiento que acosa a los personajes y que Alma presiente: “Algo malo esta por suceder, pero no sé cómo llamarlo”.
Estas formas fantasmales constituyen la aparición de un espacio de irracionalidad reprimida, y a partir de su presencia todo el film se carga de una sensación onírica. Los fantasmas del artista (sus formaciones de compromiso al estilo freudiano) son las figuraciones de un inconsciente que ha abierto sus puertas y dejado escapar sus miedos. Estas figuraciones o fantasmas son también materia de la pintura de Johan y dan cuenta de esa perturbación siniestra de sus sentidos: el homosexual, la mujer mayor que amenaza con sacarse el sombrero y luego su cara cae mientras sus ojos se sumergen en copas de cristal, el Hombre pájaro (cuervo), los carnívoros, los insectos, los hombres araña. La pesadilla se ha desatado. La reacción del pintor para con estas apariciones no puede ser otra que la violencia desatada en los golpes injustificados al psiquiatra, en el sexo con Verónica Volger, en el asesinato del niño a quien arroja al mar desde las rocas. ¿Reales o imaginarios? Poco importa en realidad, ya que demuestran el hondo sacudimiento de un sujeto arrojado a vivir sus temores.
En el Castillo del Barón von Merkens (configuración del espacio cerrado propio del gótico) se continúa y lleva a la máxima tensión el sentido onírico de la pesadilla. En el deambular por los pasadizos de este laberinto el protagonista se encuentra con cada una de estas figuraciones fantasmales, y a partir de estos encuentros se acrecienta la fragmentación de su subjetividad. En los dominios del castillo el lenguaje se hace cada vez más alegórico, la referencia hacia una posible recuperación de la integridad del sujeto se pierde por completo. Las imágenes construyen la alegoría de esa crisis del yo en contacto con sus miedos. El castillo alberga a cada una de estas figuraciones (la vieja sin rostro, el Hombre pájaro, la amante Victoria Volguer, personificación de la dualidad sexo/muerte) y todas ellas juntas vienen a derrocar la máscara de una subjetividad que se desvanece.
En Vargtimme Bergman produce una reflexión en torno a la naturaleza misma de lo real, atravesando sus límites y afirmando la transgresión en imágenes que ya no pueden reflejar ni dar cuenta de la realidad. No existe mimesis posible ya que lo real mismo se haya vedado para la experiencia de un sujeto abismado en su propia oscuridad. Por lo tanto, se abre paso al reinado de lo onírico y lo siniestro de una subjetividad perseguida por sus propios fantasmas. De lo real solo quedan fragmentos.
“Se ha roto el espejo. ¿Pero que reflejan las astillas?”

Psycho killer ataviado de minero.



Sobre Sangriento San Valentín.





por Víctor Conenna.

De alguna manera, uno sale decepcionado del cine después de ver Sangriento San Valentín. El filme de Patrick Lussier (director de varias películas de terror, entre ellas Drácula 2000) narra el regreso de Tom Hanniger a su pueblo natal, Harmony, en el aniversario de la masacre de San Valentín, perpetrada diez años antes por Harry Warden, un minero que se cargó a veintidós personas a punta de pico y que amenaza con volver a las andadas. Se trata de un típico producto slasher con todas sus convenciones y, por añadidura, con todas las virtudes y defectos que esto implica y, si bien no propone nada nuevo al respecto, es preciso decir que los amantes de este subgénero estarán satisfechos porque en ese sentido, sólo en ese sentido, la propuesta alcanza su mayor eficacia.
La película cuenta con una buena puesta en escena y por momentos es un buen ejercicio de cine gore con un sinnúmero de imágenes truculentas, bastante violencia explícita, algunos asesinatos muy originales, mutilaciones y mucha sangre, haciendo honor al nombre. Por supuesto, como en todo buen slasher la acción avanza con rapidez y la sensación de amenaza y peligro es constante, sólo interrumpida en contadas oportunidades para dilatar la tensión del espectador. Además, cuenta con la imprescindible dosis de sexo y un psycho killer, ataviado de minero y armado con un pico, corriendo detrás de la sempiterna chica totalmente desnuda. Todo esto potenciado por muy buenos efectos especiales y el impacto visual del efecto 3D, que nos genera la impresión de estar en la escena del crimen en el instante preciso en que la sangre salpica hacia los cuatro costados, de adentrarnos por un túnel hasta el fondo de una mina o de quedar en la mira del asesino cuando avanza hacia la cámara, sin contar las veces que tenemos que avivar nuestros reflejos para esquivar el pico homicida, el tronco de un árbol o el maxilar inferior de una de las víctimas.
Sin embargo, y al primer párrafo me remito, la decepción es lo que impera sobre el final. ¿Por qué? Porque el guión de la película es limitado. Repasemos la historia. Tras la muerte de su padre, Tom regresa a Harmony para vender la mina familiar, principal recurso de sustentabilidad económica del pueblo, cuestión que despierta el malestar y el odio de todos sus habitantes: en esas circunstancias reaparecen los asesinatos. El espectador ve al asesino pero, como se expresó más arriba, este lleva puesto el traje de minero con la máscara de oxígeno incluida, razón por la cual su identidad permanece desconocida. La intriga así planteada se refuerza con otros condimentos que van aportando las subtramas: enredos sentimentales, un embarazo no deseado, celos, hechos del pasado que necesitan ser aclarados. Hasta aquí la trama es atrapante pero a medida que avanza, la película, va perdiendo solidez argumental, se torna esquemática y, lo que es peor, cada una de las vueltas de tuerca que introducen los guionistas Todd Farmer y Zane Smith se vuelve absolutamente predecible y, por lo tanto, ineficaz. La duda sobre la identidad del asesino se sostiene, solamente, merced a una ingenua trampa narrativa (que no revelaremos en esta reseña) resuelta de una manera burda y desencantadora y que tampoco implica novedad alguna porque ya ha sido utilizada (provocando la misma decepción) en otras películas como Identidad (James Mangold, 2003) o Alta tensión (Alexander Aja, 2003).
En síntesis, una película disfrutable para los seguidores de este subgénero que no exijan mucho más.
Lo mejor: la escena de sexo en el Motel Thunderbird y sus posteriores asesinatos.
Lo peor: la revelación de la identidad del asesino.