Stay Away

Vampiros, hombres lobo, monstruos, fantasmas, brujas, zombis, serial killers trastornados en su tierna infancia, extraterrestres y platillos voladores, exorcismos en sánscrito, adolescentes semi-desnudas perseguidas por maníacos con motosierras y máscaras de piel humana, virus alienígenas del espacio exterior, jueguetes asesinos poseídos por el demonio, pesadillas y sueños eróticos de muerte y canibalismo, sangres de todo tipo, hordas de niños predadores... todo eso y más en
LA BOCA DEL MIEDO.

martes, 10 de agosto de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 4. Julio-Agosto 2010.

It, Caso 39 y el mal.





Por Esteban Prado

Sigo con el tono confesional de mi última participación.

Cuando veo terror, tengo un deseo, capaz un único deseo y ese deseo es ver el mal.
Verlo.

En la última nota decía que quería una película que me asuste y seguramente tiene que ver con eso,
una película que me haga creer que voy a ver el mal.
No creo que sea patológico mi deseo, más bien todo lo contrario. Está bien centrado donde corresponde, donde tiene que estar, mi deseo está donde su objeto se escapa, quiere algo que siempre se va a escabullir, que en todas partes se insinúa pero es virtual, está donde no está.

Creo que esa es la explicación de la gran desilusión que me produjo It.
Cómo puede ser que una araña gigante sea la forma que elige el mal para manifestarse, una araña gigante que más que miedo produce asco y repudio por los FX de la película. Cuando los niños grandes de It vuelven a encontrarse con el mal, ya no es un payaso, se transformó en otra cosa. Un poco eso es It, el mal que va moviéndose, ahora es eso, un payaso, ahora, eso otro, una araña gigante.
Uno quiere que eso sea esto y ver en la pantalla al mal en persona, no con la forma de una persona, no como el diablo ni nada que se le parezca, el mal no tiene nada que se le parezca, no hay fotograma que pueda mostrar eso.
Caso 39 empieza engañando, siempre es necesario el golpe de efecto en una película industrial. Una niña sumisa con unos padres que son unos freaks totales, una asistente social que es un encanto y que sólo quiere el bien para todos los niños. Ni hablar de que Renée Zellweger de la misma forma que pasa de sureña a británica ridícula en su trabajo sobre su voz puede ser la mujer más tierna, comprensiva y buena persona del mundo.
El padre cava en el sótano, la nena dice que la van mandar al infierno, una noche ella se duerme, los padres la agarran y la meten al horno. Claro, son unos freaks totales y los freaks totales tienen casas con sótano pero, sobre todo, hornos enormes en los que entra una nena de diez años.
Una vez que la asistente la adopta, porque sabe que el sistema no funciona del todo bien y que la niña se va a perder en la burocracia de los planes de adopción, comienzan a sucederse llamadas telefónicas. Sólo se escucha una interferencia en las llamadas pero quien la recibe mata o muere. Un niño mata a sus padres, un hombre muere alucinado con un millón de abejas en su baño.
Resumiendo, a la hora de película, uno se da cuenta que los freaks totales querían matar a la nena con toda la justificación del mundo.
Renée se da cuenta que se metió en un lío importante y termina matando a la niña. Creo que ahí hay uno de los hallazgos de la película, no hay exorcismo que valga, sea o no un demonio, no hay forma de sacarlo del cuerpito.
Entonces la mata. La niña es el mal, no hay demonio atrás, no hay encarnación, es ella misma el mal y, cuando ella muere ahogada, muere el mal.
Termina la película, la pantalla de la tele se pone oscura y veo algunas caras. De nuevo, el objeto de mi deseo se escapa. Cuándo voy a encontrar el mal.
Por eso, prefiero pensar que el mal es esa nena. Por eso prefiero ver películas en el cine, la tela es blanca y no refleja nada.



Zombieland



Por Gastón Franchini.


Nos parece natural -y hasta un simple hecho- que se pueda fundar toda la civilización “occidental y cristiana” con tan sólo 10 reglas. Difícilmente, se pueda hacer un héroe de celuloide con éstas. Extrañamente, lo que ha servido para tanto, no sirve para tan poco. Imaginemos qué sería del cine con tales preceptos: “No matarás”, “No desearás a la mujer del prójimo”, “No robarás”, y así. Sin dudas no tendríamos casi ninguna historia. Vampiros, de John Carpenter, tematiza y confirma nuestra idea acerca de las reglas. Los caza vampiros tienen un reglamento de oficio “no debes hacer esto, no debes hacer aquello, claro está, cuando te enfrentes a Drácula y su familia”. Como es previsible, las reglas permiten construir una institución: la de los caza vampiros, pero de ningún modo, un héroe. Inmediatamente, cuando la cosa se ponga fea, nuestro héroe abandonará tales cosas. Nada de reglas, un héroe no ha nacido para ellas.
El protagonista de Zombieland cuenta la historia, y puede contarla, como él mismo dice en el inicio de la película, gracias a una "lista de reglas". El listado introduce -inmediatamente- el humor en la película. Regla número uno "condición física": los primeros en caer fueron los gordos. Regla número tres "cuidado con los baños". Detengámonos un momento. Las reglas son enunciados impersonales que intentan controlar una conducta, por lo tanto, la tercera impersonal se neutraliza, y se hace -o debería hacerse para que la regla funcione - primera. El registro debe franquearse en primera persona del singular, e incorporarse en este tono íntimo. La paradoja de los mandamientos es justamente ésta: son reglas enunciadas en tercera para que funcionen en primera. Son límites para que ese otro, que es nuestra conducta, no nos desvíe del camino. Otro tipo de reglas, ya no de regulación de conducta interna, sino como modeladoras de experiencias externas, son las reglas de oficio. Estas son secretos, modos de preparar nuestros cuerpos antes de enfrentar la trama.
Qué tipos de reglas nos propone la película? Son reglas de supervivencia. Para sobrevivir en Zombieland hay que aprender rápido a observar y empaquetarlo todo. Pero su verdadero objeto es la risa, estos zombies y esta historia dan risa. ¿Qué significan los zombis? Antes de responder deberíamos transitar por el género, Zombieland es una parodia, y como tal, encuentra su patria en el género. Entonces ¿Qué es un zombi? Un muerto que vive, el rescate de la vieja figura del aparecido de las culturas populares; pero ahora, en el género, con una interesante modificación: es su cuerpo, y no su alma, el que reaparece. Además, su proceso de activación (el por qué de su reaparición en el mundo de los vivos) se produce por la experimentación científica. El zombi es hijo de las guerras (la primera, la segunda y la fría). En definitiva, el Zombi es una crítica al imperio. Si las películas de Marcianos suelen ser apologías de propaganda anti-rusa, las de Zombis (con sus fugas radiactivas) son una mirada crítica hecha en Norteamérica sobre Norteamérica.
Otro dato interesantísimo es que los Zombi reaparecen para comer cerebros, En el regreso de los muertos vivos los vemos repitiendo “cerebro, cerebro” como único parlamento. Los zombis vienen por nuestro cerebro y con estos se cierra, y se abre también toda una grilla de alegorías relacionadas con ese cuerpo vacío, ausente de alma que solo quiere consumir el cerebro de los otros.
Algo de todo eso subsiste en la parodia que estamos comentando. Los zombis son los otros que vienen por nuestro cerebro; y nosotros: un par de adolescentes (dos hermanas, nuestro protagonista) y un hombre rudo. Entonces huimos sin saber muy bien a donde. A las chicas se les ocurre una excelente idea (jugando con el título de la película): ir a un parque de diversiones: ir a Disneyland. La escena final es, justamente, una matanza de zombis entre autitos chocadores y vueltas al mundo. Terminar en Disneyland, terminar con Disneyland, con su significado, y su poder de representación, cierran con una película para reírnos un buen rato. En un mundo como el nuestro, en el cual la única regla posible, parece ser, reírnos un poco de todo.

Felíz día del niño (cruel)



Por Walter Ch. Viegas


Tagline: Algo que aprender sobre la infancia: la sangre ensucia más que el barro y no se lava así nomás con jabón en polvo Ala.

¿Cuántos chicos hemos visto atormentados por fantasmas (13 ghosts), vampiros (Salem’s Lot), posesiones demoníacas (The exorcist), televisores abductores (Poltergeist) y demás espantos? Pero no todos son víctimas: hubo pequeñines que se tomaron revancha y fueron malitos, pero bien malitos! En estas películas se esconde una reflexión moral acerca de la maldad innata del ser humano y una advertencia sobre los efectos de la vida moderna sobre las nuevas generaciones y los miedos que esto genera... He aquí algunas sugerencias para festejar el día del niño cruel.

The Bad Seed (Mervyn LeRoy, 1956)
Aunque parezca increíble esta película tuvo 4 nominaciones a los premios Oscar. Quizás devaluada por el paso del tiempo y los cambios de estilos de actuación y timing del suspenso, se puede decir que los interpretes son de madera, la historia es súper previsible y la dirección poco o nada innovadora. Rhoda Penmark interpreta a Patty, una chiquilla de trenzas rubias que tras su carita de ángel esconde las aptitudes de una verdadera asesina serial. Mejor no llevarle la contra en sus permanentes caprichitos, porque la nena se las cobra!

Village of the Damned (Wolf Rilla, 1960)
En el pueblito de Midwich todas las mujeres quedan embarazadas durante un desmayo general en el nadie puede dar explicaciones de lo sucedido. Poco después nacen niños con extraños poderes psíquicos que anuncian la conquista de la humanidad desde de sus ojos fluorescentes. Los adultos no pueden esconder sus intenciones: los infantes leen las mentes y no tienen reparos en eliminar al que se interponga entre ellos y sus planes de dominación extraterrestre. En 1964 hubo secuela: Children of the Damned es quizás más interesante que la primera parte. En 1995 John Carpenter dirigió una excelente remake de esta historia, con niños más estilizados y de pelucas albinas, en la última peli que hiciera Christopher Reeves (Superman) antes del accidente que lo dejara paralítico. “Beware the children!”

It’s alive! (Larry Cohen, 1974)
Los Davies sueñan con un moisés ocupado por un precioso bebito. En lugar de eso, la cigüeña les deja una criatura asesina que se protege cuando se asusta de los grandes. ¡Y el niño es tan asustadizo! Una joyita de clase-B con subjetivas del bebé al mejor estilo Halloween. En 2008 se estrenó la infaltable y odiosa remake (¿no habrá tramas nuevas para dejar en paz a los blockbusters de épocas pasadas?) dirigida por Josef Rusnak.

Who can kill a child? (Narciso Ibañez Serrador, 1976)
Una pareja de recién casados llega a una idílica islita del Mediterraneo a pasar su luna de miel. Todo está desierto. Quizás el sol del mediodía o alguna festividad hayan alejado a los habitantes del pueblo. Al principio sólo escuchan risitas y pronto ven niños que juegan a las escondidas, escapando de ellos entre casas y callejones. Estos adultos pronto se dan cuenta de que el juego es realidad una cacería, cuando empiezan a encontrarse con cuerpos mutilados y señoras desnudas bañadas en sangre. Imaginen sus ganas de tener un hijo, ya que tampoco ellos pueden defenderse porque ¿quién puede matar a un niño?


Children of the corn (Fritz Kiersch, 1984)
Clásico de Stephen King, ambientado en un pueblo donde sólo habita una secta de chicos que adoran a una extraña criatura escondida en los maizales y que convierten a los adultos en víctimas de los horrendos sacrificios que exige la bestia. Una crítica al fanatismo religioso de los americanos y sus consecuencias (¿hace falta explicar lo que la Historia ya ha demostrado?)...


The Children (
Tom Shankland, 2008)
Unas vacaciones de Navidad en la nieve se tornan desesperantes cuando los hijos de las familias que se reúnen en una confortable cabaña aislada de la civilización se vuelven contra sus padres. La lucha por la supervivencia no parece necesaria cuando empiezan los primeros berrinches, pero luego de fatales accidentes con trineo y declaraciones de guerra a los mayores, el espectador se queda pensando qué regalitos habrán pedido a Papá Noel estas criaturas maliciosas.

Grace (Paul Solet, 2009)
Grace es una vegetariana que decide junto a su marido alejarse de la gran ciudad para criar a su bebé sano, a salvo de la polución y en comunión con la naturaleza. Esta fábula ecologista se torna atroz cuando el niño demuestra más afecto a la sangre que a la leche materna. Una vez que los pechos mordidos e infectados de la cándida señora ya no satisfagan al hijo, será mejor no acercarse a la cuna para verlo de cerca! Una curiosidad: la partera es la ex - amante lesbiana de la mamá... ¿Cómo entender con ironía este mix de conciencia ecológica, puericultura asesina y lesbianismo? ¿No será mucho?

Orphan (Jaume Collet-Serra,2009)
Ester es una huérfana que va a vivir con su familia adoptiva. El nuevo hermanito teme por su vida, los accidentes ocurren uno tras otro y la huérfana siempre está en medio. ¿Será que quiere ser hija única? Una niña con horrendos secretos...

Dejaremos al bebé de Rosemary (Rosemary’s baby, 1968) y a Demian (The Omen, 1976) para otra oportunidad: ya todos los conocemos de sobra. Pero en tanto... feliz día para todos los niños... bua haha ha ha ha!


La humildad de Cobain



Por Joaquin Correa

Historia de amor.
En principio debería justificar por qué ésta película, acá. La respuesta inmediata sería “porque es una película de vampiros”. Ok. Pero creo que eso es lo de menos: la figura del vampiro no es lo central del film, sino el entorno donde está situado y cómo entrar a jugar ahí. Como toda historia de vampiros, ésta es una historia de amor.

Chicos lindos.
Todos: Oskar y Eli (la niña vampiro), los chicos malos, todos, son chicos lindos. Y sin embargo “Let the right one in” no entraría dentro del universo Crepúsculo. Hay algo de fondo, algo que el vampiro encarna que sobrepasa la levedad. Podríamos hacer foco en el trabajo sobre el realismo y daríamos con la tecla: Suecia. El clima frío, la nieve omnipresente, el vientito que sale de la boca, los guantes colgando y tanta ropa, la arquitectura cuadrada, regular, todo eso pero también la mítica posición del país en la tasa de suicidios. Situar al vampiro hoy implica hacerse cargo de la diferencia y la soledad, la enfermedad y el contagio, el riesgo y el peligro, yendo un poco más allá de lo fantástico y súper copado new age. Ahí está el terror: ¿a qué se le tiene miedo en Suecia hoy? A la muerte.

Oskar y Eli.
Eli es la vampiro. Co-protagonista de la historia. La tez blanca, las salidas a la oscuridad y la transmisión de su condición por las succiones son las características representativas de su genealogía. Posee, además, cierto halo intemporal: sus movimientos, sus vestidos, sus respuestas y modales le dan a su presencia algo más que sus doce años. El cuerpo de Eli en esa pequeña ciudad de Suecia es lo extraordinario.
Oskar es el antihéroe, el fracasado, el calladito rencoroso, el enclenque. Los compañeros del colegio le llaman “pig” todo el tiempo y, más tarde, lo azotan con una varilla; entre la madre y el padre se reparten responsabilidades. Mientras tanto, él, configura dentro de su cuarto un archivo de recortes de la sección policial con los crímenes más recientes y misteriosos, cuando no está fuera de casa tratando de terminar su cubo mágico.
La escena en que él le propone ser novios es de una ternura infinita: ella llega por la noche, le pide permiso y entra por la ventana, que no la mire (tiene la boca y el mentón manchados con sangre, ya seca), que se quede quieto, se acuesta junto con él, que la toca y nota que no lleva nada puesto. Le pregunta si quiere tener algo. (Oskar, pobre, no entiende mucho de la situación). Aún así no se miran. Y hablan. Ël está de espaldas. Le pide ser novios. Ella le dice primero que no es un chica. Él insiste. Se desilusiona. Triste, responde a sus preguntas. Más tarde, dice que sí. Él está feliz. Ella es hermosa, lo acaricia, suavemente, mientras duerme. Y lo toma de la mano. Al despertar, está solo. Mira por la ventana, encuentra en su escritorio una nota, hecha sobre una cajita de fósforos.

Silencio y furia.
La mayor parte de los planos de la película son primeros planos o primerísimos primeros planos. Todos son muy cuadrados, respetan y hasta se mimetizan con la arquitectura del pequeño pueblo. Tranquilamente (si no fuera por el rubio del pelo, el tipo de remeras o el empapelado de los cuartos) nos podríamos confundir con una vieja ciudad soviética. Todo esto junto con la nieve, las ventiscas, el crunch- crunch- crunch de los pasos, el contraste entre ambientes exteriores e interiores crea una atmósfera particular, bien realista, sí, pero con la amenaza de lo otro más latente o temida. El silencio o el sonido ambiente sería, tal vez, la opción más atinada para aumentar esta sensación. Pero no: la banda de sonido por momentos le juega en contra al film, repitiendo los clichés estrepitosos del suspenso o cayendo en lo demasiado incidental. Siendo la música una de las artes más perfectas que puede hacer el hombre, por tanto una de las posibilidades más representativas de la razón humana, puede resultar contraproducente cuando lo que se tiene frente a la pantalla es una naturaleza sobrecogedora y potencialmente asesina: la nieve, el viento, la soledad, un vampiro.

Padres.
Los protagonistas (Oskar y Eli) son hijos. Ambos son descriptos desde lo filial, ubicados en el interior de sus hogares, mostrando el trato con sus padres.
Los padres de Oskar están separados. Sólo hablan por teléfono cuando él le rompe el tímpano a uno de los pibes de la escuela. (Le rompe el tímpano con un palo gigante, esa escena es genial, con una especie de tubo naranja de cañería y que usa a modo de bate de beisbol). Discuten en esa oportunidad. Otras veces la madre resulta afable, hasta incluso juega y se divierte con Oskar, aunque algunas otras no le preste atención ni lo registre. El padre vive en las afueras de la ciudad. Es bien parecido, apuesto. Se nota que Oskar lo quiere y lo toma como modelo. Pero hay algo ahí: aparece el amigo de su padre y él sabe que no entra en ese diálogo. Le cae apático este amigo. Ni bien llega, el padre saca una botella de bebida blanca. No se dice por qué (alcoholismo u homosexualidad): Oskar entiende que debe marcharse. Sale a la ruta a hacer dedo. Parece una costumbre para él.
La relación de Eli con su padre es aún más rara. Siniestra. El padre es un asesino: mata para traerle a Eli un bidón lleno de sangre, impidiendo así que ella salga y desarrolle su instinto en la civilización. La cuida. Es parco, misterioso: se sienta en el bar y toma un vaso de leche cuando no observa por la ventana tapiada a Eli hablar con Oskar en la nieve. Eli es dura con él, parece no mostrarle demasiado afecto: le recrimina haber perdido el bidón, le grita cambiando su voz de niña de 12 años por algo indefinido de centurias. Él no es el padre. No puede serlo, no es un vampiro, no es inmortal. Es su servidor: cuando están por descubrirlo se echa ácido en la cara, y ya desfigurado en la clínica deja que Eli, trepada en la ventana, succione su cuello y arroje su cuerpo pisos abajo. En todo caso, representa lo paterno al llevar el tan mentado sacrificio por los hijos a lo literal, al extremo.

Amor y simetría: enfermedad y venganza.
Se podría, a partir del film, hacer una teoría del amor. Es demasiado. Tan sólo unas líneas.
Oskar es el sujeto en la espera: callado, tímido, paciente, investigador. No nos damos cuenta que está esperando algo ni qué es eso que espera. Su modo de ser bien podría ser el de cualquier adolescente. Eli llega justo a su vida: pareciera que más no se puede mantener en ese estado, que ser el protagonista de Elephant es su destino. Eli representa al mismo tiempo su educación sentimental y social. Son el uno para el otro: muerto el padre, ella necesita quién le suministre la sangre y él poner en marcha todo eso que el resentimiento le hizo configurar en su archivo policial. El amor es simétrico, y hay alguien, reza el título, que es el indicado para alguien.
El amor se relaciona con la enfermedad: al otro le falta algo y debe de cuidarse su cuerpo. Eli es la portadora de la enfermedad: el vampirismo es epidémico y al contagiarse por la sangre es inevitable asociarlo con el sida. La transmisión implica la vida en las sombras y la propagación de la condición o la muerte. Oskar, entonces, cuida de Eli. Pero también al revés: es ella quien lo impele a desarrollar su venganza, a superar el precepto bíblico de la otra mejilla.
Toda relación que vale la pena, que se siente, es enferma: carcome, pesa y duele. En esta película se muestra eso: el amor es sacrificio, marcas en el cuello, puñaladas en la espalda, asesinatos en número. El amor es cuerpo y enfermedad: el otro es un cuerpo enfermo al que se debe cuidar.

Grunge is dead.
Historia de un chico –Oskar-, violencia y maltrato escolar, amor, relaciones familiares problemáticas, enfermedades, venganza, darkness: con esos elementos podríamos pensar una sinopsis del film. De “Let the right one in”. Pero si cambiáramos vampiros por guerra tendríamos “The Wall”. ¿Qué hay en el medio? 1994: la muerte del rock.
Cobain tenía una remera que decía “Grunge is dead”. Se quedó corto: a partir de 1994 lo que muere no es el grunge, sino algo más: el rock entero. Si pensamos una línea que vaya de “The Wall” a “Let the rigt one in” tenemos que pensar algo -algo- que, con los mismos elementos, haga posible dos historias de un tono tan distinto. Porque si la biografía de Pink Floyd es la de un hombre atormentado por su tiempo, la de Oskar es la de un chico que está ahí, esperando.
Porque el rock se terminó.
El rock es un maldito enchufado a un Marshall: si Rimbaud volviese hoy de África sería Daniel Johnston, un resto. Cobain fue el último tipo que hizo rock porque hizo de su vida su voz y guitarra, porque dijo y dejó todo ahí. No hay muchas más vueltas. Lo que vino después es otra cosa: indie music, alternative, lo que sea. Pero sin Cobain. Y eso, no sé cómo, se ve en este film: Oskar está dentro de un clima frío, denso, desolado, rodeado de violencia (escolar, familiar, policial) y se marcha, así, sin más, en tren con su novia, la vampiro. Inconcebible sería entender a Oskar antes de 1994.

Sobre El origen (Inception), de Christopher Nolan.



Por Víctor Conenna.

Mucho se ha dicho y escrito sobre El origen en estas últimas semanas. En la mayoría de los casos las posturas, a favor y en contra, son extremas, por eso intentaré que esta reseña circule en una zona equidistante entre ambas. Como punto de partida es preciso establecer que estamos frente a una gran película, atrevida, entretenida, que mantiene su tensión argumental por dos horas y media, con algunos defectos e innumerables virtudes: no es una farsa como la definen algunos ni es la mejor película en la historia del cine como la postulan otros ni Christopher Nolan es David Lynch.
Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) ha desarrollado un método para apropiarse de los secretos del subconsciente cuando la víctima está durmiendo, conocido como extracción. Esta extraña habilidad lo ha transformado en un sofisticado espía corporativo pero, también, en un fugitivo de la ley. Su suerte comienza a cambiar cuando un empresario japonés lo contrata para llevar a cabo un procedimiento distinto: implantar una idea en la mente del único heredero de una poderosa multinacional.
Si algo hay que agradecerle, ante todo, a Nolan es su originalidad. En una industria cinematográfica saturada de remakes, de precuelas y de segundas, terceras, cuartas partes de películas que alguna vez fueron innovadoras (o no tanto) y que ya perdieron su capacidad de conmoción, el director británico sorprende una y otra vez aportando su cuota de extrañeza. Aún cuando le toca ser parte de esa coyuntura (como en el caso de Batman, un personaje de historieta creado en 1939, que ya transitó varias veces el cine y la televisión) florece el sello de singularidad Nolan. Por supuesto, ese sello de singularidad se encuentra también en Memento y El gran truco, no obstante, creo que esta última producción las sobrepasa porque, con sus aciertos y equívocos, es la idea más original que ha dado el cine de Hollywood en estos últimos años. Este mérito, en parte, surge de la difícil tarea de acotarla dentro de un determinado marco genérico: abre con un argumento de ciencia ficción, se consolida como thriller de acción y en el medio coquetea con lo fantástico y el film noir.
En varias críticas aparecidas en diversos medios nacionales e internacionales se insiste en relacionar la película con una vieja idea literaria: la del soñador soñado. Sin embargo, ese pensamiento es demasiado limitado para intentar dar cuenta de la desmesura desplegada en este filme. En tal sentido, me gustaría ensayar una definición y es la siguiente: El origen es una construcción en abismo de sueños. La idea, estrechamente vinculada a lo onírico, de una acción desarrollada dentro del campo de otra acción y así sucesivamente no es nueva pero en este caso se llega a narrar cuatro líneas argumentales diferentes, en paralelo, que pueden desaparecer en un instante por efecto dominó. Nolan intenta avanzar un casillero más con respecto al resto de los realizadores hollywoodenses y construye un universo muy personal, con sus propias reglas, trucos, paradojas y contradicciones. En este universo los sueños están más cercanos al realismo que al surrealismo (de ahí la importancia de los arquitectos en la trama) y si aparece una cuota de este último es, sobre todo, para mostrar la grandilocuencia de los efectos especiales (este es el principal escollo que deben eludir quienes comparan a Christopher Nolan con David Lynch).
Por último, además de la originalidad, hay otros elementos constitutivos que hacen de El origen un gran film: excelente puesta en escena y manejo de los dispositivos técnicos, ritmo vertiginoso, tensión argumental, espectacularidad de los escenarios, buenas actuaciones, una trama enmarañada. Ahora bien, con tales méritos ¿en qué falla la película? En primer lugar, si bien uno de los atractivos del guión es su complejidad estructural y formal, algunas resoluciones son demasiado simplistas. En segundo lugar, dicha complejidad hace que por momentos la película sea muy, muy, muy, muy, muy, explicativa. Y ese es un error que un cineasta como Nolan no debería cometer.

El delgado espesor de una puerta.
Sobre The house of the devil (2009), de Ti West.
(1)



Por Matías Moscardi.

The house of the devil (2009), de Ti West, parece, a todas luces, un clásico de terror de los años 80. No solamente por su deliberada ambientación en la época (con detalles como la aparición del antiguo logo de coca-cola, la presencia de esas cantimploras de plástico con sorbete que se usaban como vasos, el walkman enorme que la protagonista lleva durante toda la película en su cintura, los peinados tipo Janis Joplin y los jeans arriba de la cadera) sino, sobre todo, por el tipo de terror que ejecuta.
Lejos de los predecibles golpes de efecto y de los ritmos vertiginosos de la parte más comercial del cine de terror contemporáneo, The house of the devil propone un clima aletargado, como una especie de quietud que, por su duración y por la acumulación de pequeños detalles, se transforma, progresivamente, en una tensión insoportable. Si a eso le sumamos que la música y los sonidos están dosificados con cuentagotas, es fácil de entender por qué la mínima irrupción de un elemento extraño adquiere de inmediato un peso inesperado, como cuando sacamos a la superficie un cuerpo que sosteníamos debajo del agua.
Esto me recuerda al estilo de Roman Polansky en dos obras maestras: Repulsión (1965) y El bebé de Rose Mary (1968). Recuerdo que cuando vi Repulsión, promediando la hora de película, salté de la cama por una escena que no esperaba: en un momento, Catherine Deneuve se mira en el espejo y por detrás aparece un hombre con barba. Esto puede sonar estúpido o trivial, de hecho constituye un clisé bastante frecuente, pero en el ritmo y en el clima inicial que proponía la película de Polansky, la escena era totalmente inesperada. Ahora pienso que para generar este efecto de shock, la película precisamente tenía que tener, detrás, un fondo que excluyera de manera absoluta cualquier posibilidad de un sobresalto inminente. En La casa del diablo ocurre algo muy parecido: las imágenes de pesadilla no son perturbadoras de manera autónoma sino en tanto pertenecen y están directamente conectadas con un sistema previo cuyas características son el silencio y la aparente normalidad de una casa de familia.
Lo horroroso lo encontramos también en pequeños detalles: un teléfono público que suena, el contestador de una amiga que no atiende, caramelos rancios en un bol de vidrio, una pizza que no sabe del todo bien y datos desfasados de la realidad – alguien te dice que fue al sótano a buscar su tapado para salir y después descubrís que los tapados se guardan en un placard, en el piso de arriba.
La segunda película de Polansky que nombré, El bebé de Rose Mary, es la Gran Película sobre “cultos satánicos”. Sin ir más lejos, después de la filmación, Polansky comenzó a recibir cartas ofensivas de fanáticos religiosos. Tanto llamó la atención, que un año después, en 1969, el mismísimo clan Manson pasó de visita por su casa cuando él no estaba y masacró a su mujer, Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y a varios amigos que estaban con ella. La casa del diablo, por su temática y por la indudable importancia de este referente previo, puede pensarse como un homenaje explícito a la obra maestra de Polansky. Su temática es idéntica: una chica que, sin saberlo, engendra al hijo del diablo.
Por último, hay otro aspecto interesante: la idea de que el horror habita en lo íntimo, es decir, en la casa. Cuando Freud pensaba en lo siniestro estaba pensando justamente en la idea de lo familiar. Y la película explora la intuición de que toda casa ajena es potencialmente siniestra. Y, sobre el final, nos deja con esta inquietud: lo que separa a nuestro mundo de la más horrorosa pesadilla puede tener el delgado espesor de una puerta.






(1) Reseña previamente publicada en http://www.letraceluloide.blogspot.com/



lunes, 24 de mayo de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 3. Mayo-Junio 2010.

Dos opciones.
Palabras liminares al Nº3 de La boca del miedo.

por Esteban Prado.

Tengo dos opciones con el terror. No me importan los subgéneros, tal vez me falte educación. A veces, primera opción, hago mi esfuerzo por ver alegorías en las películas, me invento un mensaje cifrado para sentir que no perdí el tiempo o MM me inventa una lectura, que tan lindas cosas hace con películas como Los extraños. Otras veces, segunda opción, simplemente soy espectador, espectador con ganas de vomitar –Hostel, El juego del miedo, etc–.


No sé si mi compromiso político gay me esté volviendo idiota pero me da más miedo un documental como Cuchillo de palo que cualquier otra película. Creo que se estimula la creencia. Esto puede pasarme, digo y sigo viendo para entender cómo me escapo del asesino.

Apelación: alguien que haga una película que me asuste, que no tenga que entender el género para que me guste y que no vaya a la leyenda urbana fácil para crear identificación en la mayor cantidad de personas posibles –Habitaciones para turistas–.

Una que me asuste.


Notas sobre los “falsos documentales” en el cine de terror (3/4).



por Matías Moscardi

TERCERA PARTE: LA IRRUPCIÓN DEL GÉNERO (1990-1999)

1. 1990: the world is chanching




Hasta el momento, hablando estrictamente, no analizamos ningún falso documental. Menos aún, un flaso documental que funcionara como película de Terror. En cambio, seguimos el camino de migajas en el bosque. Ahora llegamos al living de la casa de la bruja. Bienvenidos.
En los años noventa aparecen elementos residuales, que retoman características que fuimos rastreando en el pasado, y a la vez aparecen elementos emergentes, que se encargarán de transformar al falso documental en una película de Terror.
En otras palabras: lo que antes era un elemento accesorio (o en todo caso complementario) en los noventa deviene una forma genérica constituyente y bien delimitada dentro del cine de Terror.
En sus ficciones, Borges construye por momentos una idea del Terror centrada en la posibilidad de que lo Imaginario se vuelva Real, la posibilidad de que la copia sea el original o de que el sueño ocupe el lugar de la vigilia, etc. La misma fobia aparece procesada en los falsos documentales de los noventa entendidos como películas de terror: porque lo que se presenta como horroroso es precisamente el margen delgado de lo Real.
La primera nota de lo que apenas unos años más tarde se transformaría en un verdadero subgénero cinematográfico, dentro del cine de Terror moderno, la apunta un programa de televisión producido por la BBC de Londres, que salió al aire en 1992. Estoy hablando de Ghostwatch, acaso el primer “falso documental” propiamente dicho, con todos los elementos formales del género.
En Ghostwatch asistimos a un programa de media noche, una superproducción divida en dos: en un estudio de televisión, seguro y con calefacción, un conductor medianamente convincente, una parapsicóloga y varios asistentes telefónicos dirigen el programa; mientras que afuera del estudio, en algún barrio residencial de Londres, una turba de asistentes de cámaras y sonidistas especializados, una chica rubia y un chico bromistas medio tonto, monitorean con la más alta tecnología una casa de familia en donde sus habitantes (una madre y sus dos hijas – es notable que falte el padre) experimentan fenómenos paranormales.
Desde el título del programa, podemos notar que el acento está puesto en la mirada, el avistamiento, pero también la vigilancia, todos matices contenidos en “Watch”. No obstante, inmediatamente se advierte que esa mirada es voluntariamente parcial, sesgada: los fantasmas son metonimias. Nunca aparecen de frente; por el contrario, una parte de la representación está por fuera del campo de la cámara. Lo que la cámara puede registrar es una huella. Por eso, su visión es metonímica: nos muestra la Parte (del fantasma) por el Todo: ruidos, manchas en la alfombra, cuadros que caen al piso, niñas que se automutilan la cara con rasguños, sombras borrosas, etc.
Hay otro fenónemo destacable: los espectadores pueden ver el trabajo de las cámaras. En otras palabras: hay una cámara que filma las cámaras. En Ghostwatch, lo Real está necesaria y doblemente mediatizado: hay una cámara que intenta captar la realidad y otra que intenta captar el modo en que la primera capta esa realidad. Y esto implica dos posiciones, refractarias: una cámara subjetiva (la cámara que filma el fenómeno paranormal) y otra objetiva (la cámara que filma las cámaras). Pero este juego de cajas chinas supone una certeza técnica: siempre hay un punto ciego, algo que no puede ser registrado. Y es precisamente lo no registrado por esa mediatización lo que constituye una de las claves de representación del Terror moderno, lo que encontraremos más adelante en Alien Abduction (1998), The last broadcast (1998) y sobre todo en el mega éxito The blairwitch project (1999).
El final de Ghostwatch es genial. Los equipos se descomponen, las cámaras fallan y el lugar seguro se vuelve, de pronto, una zona amanazada: acudimos al avistamiento del primer poltergeist en un estudio de televisión. Las luces estallan, los camarógrafos salen corriendo, los asistentes telefónicos huyen despaboridos. El conductor, implacable, sigue hablando en la oscuridad. De pronto, distinguimos su silueta, mal encuadrada, vemos su boca y su torso. Su voz ha cambiado, la escuchamos ralentizada, diabólica. Balbucea algo que no alcanzamos a decodificar. Y de pronto se acabó. De pronto ya era de noche.

2. Autopsia de un muñeco del espacio exterior



Cuando tenía 16 años, era fanático de dos revistas: Muy intresante y Conozca más. Todavía conservo muchos de los números que compraba en ese época. Por ejemplo, el número extraordinario sobre “El hombre de las nieves”, de Muy interesante; o el número sobre “La esfinge de Marte”, de Conozca más. De todos ellos, el más famoso fue, sin ninguna duda, el de la autopsia de un extraterrestre. Recuerdo que cuando vi la propaganda por la tele, agarré la bici y salí a toda velocidad, desesperado, a un quiosco de revistas cerca de casa. Fallé: se había agotado al instante. El fenómeno de marketing dió resultado. Conozca más agotó todos sus ejemplares en menos de un dos días.
Alien Autopsy (1995) es un mediometraje dirigido por el británico Ray Santilli, distribuido en VHS como la auténtica autopsia que los especialistas del Ejército estadounidense realizaron a un extraterrestres desafortunado que se pasó un semáforo en rojo y chocó en Roswell, allá por 1947.
Del video no hay mucho que decir. Durante media hora vemos cómo unos médicos abren el cuerpo de un enano cabezón y le sacan las tripas. Pero en cambio es importante pensar en la producción de este tipo de objetos de consumo. Porque lo que no advirtieron los productores de Ghostwatch ni de Alien autopsy es que no era necesario recurrir a la Verdad para vender.
Los formatos que utilizaron hacen mayor hincapié en el hecho documental que en el hecho cinematográfico en sí. Lo demuestran los medios que eligen para su distribución: un noticiero televisivo y una revista de divulgación pseudocientífica.
Esto cambia radicalmente con Blairwitch, porque ante todo cambia su espacio de reproducción. Pasamos de una revista o de un noticiero, directo a una sala de cine. Pero para llegar hasta acá, necesitamos dos impaces importantes: Alien abduction y The last broadcast.
Una cosa más con respecto al muñeco operado: fue la gran descepción. A las pocas semanas todos nos enteramos que el teléfono que estaba en segundo plano, en la sala de operaciones, tenía un cable de esos enrulados. Y esos cables no existían en 1947.

3. Los que triunfan al perder





Alien Abduction: Incident in Lake County (1998), de Dean Alioto, es la película que más se acerca al formato de Blairwitch. La película empieza como La guerra de las galaxias: con un texto explicativo y una voz en off que oficia de lector.
Es navidad. Estamos en la casa de campo de los McPherson. Lo que estamos por presenciar sería algo así como “la evidencia de que no estamos solos en el Universo”. Eso dice el texto. Digamos que el Alien es América: hay que descubrirla para estar completos. De lo contrario, al mundo, al Universo, le faltaría “algo”.
Los McPherson están cenando hasta que se corta la luz. Los tres hermanitos salen a ver qué ocurre y se topan con una nave en forma de bola gigante. A unos metros, dos aliens mutilan pacificamente a una vaca. Los McPherson filman nerviosos y exitados. Se pasan la cámara para ver mejor. Hasta que los aliens advierten su presencia y los arremeten con un rayo láser. Ahí empieza la hecatombe, La noche de los muertos vivientes o, lo que es lo mismo, Asalto en el precinto 13: los McPherson tienen que resisitir en su casa de campo el asedio de los aliens.
La película es, para mí, insoportable. Sin emabrgo aparece el hallazgo de la confesión frente a la cámara, mejor aprovechado en películas posteriores: el que filma se pone frente a la cámara y se despide del mundo para siempre, como la pelirroja de Blairwitch en la escena final llena de lágrimas y mocos, parodiada hasta el hartazgo. La confesión del joven McPherson implica, de alguna manera, la certeza de que los aliens no destruirían el film, como si todo video casero fuera de esencia testamentaria.
El final es muy gracioso. Para calmarse, los sobrevivientes de la familia deciden ponerse a jugar a las cartas en la cocina (?!). La hija menor del matrimonio, de seis o siete años, actúa raro: camina como un zombie de acá para allá y dice que tiene “algo importante que hacer”. De pronto, irrumpen en la cocina dos aliens y adormecen a todos por medio de una especie de control mental. Uno de ellos levanta la mano hacia la cámara y la apaga, también con la mente, calculo. Al final, nos dicen que si sabemos algo de los McPherson llamemos al 1-800-555-0022 (sic).
Con The last broadcast, de Stefan Avalos y Lance Wailer, se completa la encrucijada que desemboca en Blairwitch. Voy a ser sincero. Vi esta película hace mucho tiempo. No me gustó. No volví a verla. Pero recuerdo algo que me llamó la atención: al final era todo mentira, no había fantasma, el mismo director de la película era el asesino. Eso me pareció genial.
El resto de la película es bastante parecido a Blairwitch: unos jóvenes estudian un mito urbano y mueren misteriosamente en un bosque. Queda como testimonio una cinta de video arruinada justo en el momento en que vemos vagamente el contorno de aquello que los mató.
La película muestra paralelamente el trabajo de investigación del director y de los editores por recomponer la cinta. Al final, el contorno misterioso revela la cara del director que es, a su vez, el conductor del documental.
Si cruzamos esta clara vuelta de tuerca con el modo de registrar los hechos de Alien abduction, llegamos como por arte de magia, o como si se tratara de una receta de Choli Berreteaga, nada más y nada menos que a la película responsable de gran parte del cine de terror –bueno o malo– del tipo “falso documental” de los últimos 10 años: The Blairwitch project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez.
Blairwitch es un producto neto. La plata que usaron los productores fue invertida, casi en su totalidad, en movimientos de marketing. Armaron una especie de mito antes de lanzar la película. Pusieron la foto de los chicos desaparecidos en cajas de leche. Mantuvieron a los actores durante un mes en un hotel. En fin, montaron el escenario para juntar los frutos con pala.
La película es literalmente un documental. El final, sin embargo, incluye una vuelta de tuerca típica de un relato policial o de Henry James. La cámara cae y vemos a uno de los chicos contra un rincón, imagen que remite al modo de matar que tenía un asesino de niños que, según dicen, había masacrado a 14 muñequitos, allá por comienzos de siglo. Entonces, lo que perseguía a los adolescentes de Blair no era la bruja sino el fantasma de un serial killer.
En definitiva, más allá del gusto personal, Blairwitch nos da una lección de sociología de la cultura: a veces es más importante el proceso que el producto. Es innegable que los directores, sean o no ladrones a mano armada, la hicieron bien. Como diría Freud, son esa clase de personas que triunfaron al perder.

Una maternidad periférica
Sobre: A l’inteieur , Francia, 2007, Dirección: Bustillo-Maury, 83’ .
Y Baby Blues, USA, 2008, Dirección: Jacobson-Kaleka, 85’.




por Pablo García.

Tagline: - Mamá, no quiero la sopa, mam… chak!
- Mi mamá no me mima…


Tanto la obra de Bustillo-Maury como la de Jacobson-Kaleka se ganaron la fama de películas fuertes. Sin embargo, a pesar de compartir categoría, compiten en estamentos diferentes. Mientras la estadounidense es ruda argumentalmente, la francesa adquiere el título, sobre todo, por méritos discursivos. Específicamente: la primera no tiene problemas en meter la cámara justo a tiempo para mostrar la mejor manera de abrir una panza a tijeretazos (de hecho lo disfruta, lo erige como recurso fundamental); la segunda, a la hora de la violencia física, corre la vista, como aprendiz de morboso. Apenas soporta (acaso prefiere resaltar) la violencia psicológica de cada ataque: el foco es sobre la nena que se moja los zapatos, no sobre el puñal que perfora una y otra vez la espalda de su hermano.
Pero de madres estábamos hablando. Baby blues construye, casi, la figura de una Medea contemporánea y campechana. Las relaciones filiales y la trama son simples: una mujer trastornada (en parte por la ausencia de su marido, pero también con ciertos brotes místicos) intenta canalizar su tensión en el crío que se encuentre más a mano, semblanzas de una familia tipo americana. Para fortuna de aquella, y de la filmación, los chicos son numerosos y está dentro de las posibilidades del villano seguir concibiéndolos.



En París, en cambio, las cosas nunca pueden ser tan sencillas. Por eso las madres de la historia son tres; el problema radica en que solo hay dos hijos. Pasamos en limpio: Sarah está a punto de dar a luz y, sin padre ni marido, su madre es el único sostén en esta dulce espera ¿Y la tercera? Acá: la noche anterior al parto, alguien golpea a la puerta y viene a reclamar lo que cree suyo: la criatura que aún no nació.
Como si fuera poco, la literatura clásica vuelve a meter las narices cuando, acosada por la extraña psicótica, Sarah no distingue a su madre, que llegaba al rescate, y le atraviesa prolijamente la carótida. Nada de Electra, puro Edipo transexuado: asesinato ignorante y un desollamiento bastante posterior que acentuará la cita.
Además, el carácter doble de la protagonista (Sarah: madre-hija) permite que se refuercen aleatoriamente cada una de sus condiciones, multiplicando con ello sus temores y preocupaciones. Si bien, como dijimos antes, este film pondera la sangre y la violencia física y explícita, no está ni cerca de olvidarse de la castigada psicología de esta primeriza: encerrada en el baño, olvida la macabra persecuta para pensar tranquila en el matricidio.
Aquel refrán medieval y uruguayo que aseguraba que la calidad de un gore se medía de acuerdo a los centímetros cúbicos de sangre salpicada no ha caducado, pero definitivamente se ha quedado corto. La sangre también puede abundar pero esparcida con detenimiento, con morbo, con metódico detalle.
Más allá del informe médico final, y de las causalidades técnicas que de ello se derivan, la película norteamericana disemina varios indicios relacionados con el origen de la locura de Colleen Porch y poco tienen que ver con la ciencia: envidias, biblias, desconfianzas maritales. No obstante, nada de esto parece ser definitivo. No hay una explicación consistente, y eso es un acierto.
Contrariamente, A l’interieur retoma sobre el cierre una escena inicial. Arma una cadena lógica de razones que terminan en el desenlace de la trama: Sarah, en un accidente vial provoca la muerte del hijo de aquella que ahora se lo quita. Tristeza, locura, venganza, satisfacción. Eso parece un desacierto. Desde este momento, la película entera se inscribe en el plano de la anécdota, de lo acotado, de lo privado. La loca que puede golpear a tu puerta y convertirte en recorte de milanesa, sólo hará su visita si le mataste a un nene. El peligro latente se vuelve insignificante, una revancha demasiado personalizada.

Fe de niños: el horror del cuerpo infantil.



por Joaquín Correa.

Crece
y se reproduce
como las manchas
de humedad
justo en el techo
sobre la esquina
nadie percibe
que está ahí.

“Humedad”, Coiffeur

uno.
Veo El orfanato por segunda vez; me digo: debo analizarla, detenidamente, prestar atención a cada detalle. Pensaba que “el efecto terror” sólo era propio de la primera vez, y que ésta, la segunda, podría ver(lo) todo con pausas, deconstruyendo las secuencias, indagando la raíz del drama, su trama. Me equivocaba. La película ejerce sobre mí el mismo efecto. Me captura, me sumerge en su atmósfera.
¿Cuál es, entonces, el efecto terror? ¿Dónde o cómo se construye?
Si pensamos que el género (terror) es asimilable a otros (suspenso, por ejemplo) en tanto se define desde el efecto que provoca o desea provocar, el punto nodal del análisis sería indagar eso, dónde reside el efecto. Así, lo terrorífico podría ser puesto en paralelo con el efecto históricamente predominante en Occidente: el efecto de lo real: hacer creíble. Pero el terror va más allá: hacer creíble, sí, pero también perturbar al interlocutor. Porque en este género el lector, el espectador, no se erige como el punto de llegada neutro, pasivo, sino que deviene en el sujeto al cual se dirige el blanco, es el sujeto blanco, ya que el terror es el trabajo sobre lo denso, lo oculto oscuro, lo callado acallado, el silencio: (…) me daba cuenta que el silencio es el fantasma de los sonidos. Y que si bien una historia que yo pueda estar contando remite a una cosa puntual y que todos sabemos que puede haber en la historia un bajo profundo que remite a tu propia historia personal, en el silencio está tu propia historia, con tu nombre, tu apellido, los personajes tuyos, tu propia cara, tu propia vida, todo lo que te pasó y lo que pensás que te va a pasar y lo que te está pasando. Y a veces eso es insoportable. (…). (1)


dos.
Lo perturbador de El orfanato son los niños. Desfila por el film una galería perversa de niños: niños mutilados, niños con máscaras de animales, niños que emiten sonidos de animales, niños muertos, niños fantasmas, niños cadáveres, niños con síndrome de down, niños enfermos, niños adoptados. Todo el parámetro de lo a-normal está presente (lo que no es El Niño), aunque, parece decir el film, la inocencia, el juego, es decir: los niños, es lo a-normal por excelencia, al ser éste el estado que se desconoce por completo, que no se entiende, que genera el conflicto y desencadena una pesada trama de cuerpos malditos.

tres.
El argumento del film podría sintetizarse en pocas líneas: una familia llega a una vieja casa cerca al mar. Allí establecerán un centro de atención para niños con capacidades diferentes. El hijo del matrimonio (los supongo casados, pues son bien españoles) es adoptado y portador de HIV. La casa funcionaba antes como orfanato y allí pasó su infancia la madre. Hasta aquí una sola historia. Pero todo buen cuento, enseñanza maestra de Quiroga para el horror, narra dos cosas al mismo tiempo: ese orfanato esconde en su seno, en lo más profundo de sus habitaciones, el murmullo de los niños amigos de la madre, sus cuerpos insepultos, víctimas de una de las celadoras. De ahí el cruce en las tramas, el horror, la irrupción de otro orden y otra lógica.

cuatro.
El peligro mayor de hacer un film sobre niños huérfanos es caer en la mirada-Cris Morena, Chiquititas. O peor aún: Michael Jackson. Y sin embargo hay, todavía, allí algo: el niño. Residuo de la inocencia, depositario de los bienes de la humanidad por excelencia, tiempo idílico de perfección, antes de cualquier caída y crecimiento que lo pervierta, el niño siempre ha sido lo incorruptible, lo hermoso, el futuro. SI empezáramos a remover por ahí tendríamos cadáveres sobre cadáveres, una tierra arrasada, la llegada del desastre: el cuerpo del niño es el cuerpo mutilado, el cuerpo silenciado, reprimido. La infancia sería así el tiempo del horror, porque es allí donde pudo ocurrir todo y no hay certeza ni memoria que sea capaz de verificar al menos algo, lo mínimo. Volver a la infancia, por ello, al secreto de la infancia, implica la muerte, el suicidio del sujeto.

cinco.
Por cada muerte, por cada acercamiento al otro tiempo, el tiempo de la infancia eterna, el tiempo del cuerpo mutilado, la pequeña calesita del jardín, gira. Y chirría.

seis.
Reuniendo algunas de las palabras mencionadas hasta aquí con mayor asiduidad (“niños”, “muerte” y “secreto”) daríamos forma a toda una poética de la mirada, a la construcción y fortalecimiento inmediato de un modo de ver-otro. Ya desde la conjunción de dos historias, ambas situadas en dos planos contrapuestos la mayor parte del tiempo, aparece esta posibilidad: vale decir, quién es capaz de atravesar ambas cartografías, quién es capaz de encontrar la unión con lo otro, quién puede ver-creer, vivir y contar la experiencia del pasaje, del cuerpo marcado. Hay que desconfiar de lo que uno cree que ve y por lo tanto también de lo que siente cuando cree ver lo que ve (2). Nuevamente: el horror, el efecto sobre la percepción y la caja de resonancia interior, personal, del interlocutor.

siete.
Relato gótico: castillo, presencias, un faro, su luz, lluvias por las noches. Fiestas de disfraces, ágapes, durante el mediodía.

ocho.
Al menos dos veces es explícita la mención a Peter Pan, el relato de los niños perdidos, de los cuerpos anormales (fantasmales, eternos, extraordinarios). El film puede ser visto a partir de allí como la narración de la opción de Wendy: la eternización del rol materno, la constitución de un hogar definitivo. Pero también, y desde la última composición de Lars Von Trier, el film cobra otras dimensiones desde el relato de la culpa, la paranoia del filicidio. El suicidio de la madre, la imagen última que reproduce La piedad cristiana podrían ampliar el alcance de esa Wendy desesperada, tan fuera de sí, dispuesta a jugar con los niños muertos, sus amigos, para recuperar a su hijo. Que tal vez ella misma haya empujado a la muerte.
La madre de Lars Von Trier junto con la niña y el jardín de Pizarnik: difícil aunar más perversión y muerte.

nueve.
Si participamos del punto de vista de la Madre, lo que el film propone y dispone, se establece otra mirada posible sobre la infancia: el pasado. Desde esta posición, la búsqueda de la madre forma parte de un relato del crimen, no tan sólo la búsqueda de pistas palpable que la lleven finalmente hacia Simón, su hijo, sino, y sobre todo, el cambio de foco, la concentración de la atención sobre aquello que siempre estuvo pero que nunca fue de relevancia, que nunca fue atendido en su punto preciso como expresión de algo más. Es la grieta del pasado en el presente, el suceso que vuelve retrospectiva y obsesivo - paranoica la visión y la re-construcción de los recuerdos. Es, en fin, el relampagueo del pasado en un breve instante del presente: la destrucción del tiempo como había sido narrado hasta ahí, la bio-grafía del sujeto, el advenimiento de la posesión, la locura y la muerte.

diez.
Como si todo esto fuera poco, actúan el Señor Barriga y Geraldine Chaplin.


NOTAS:
(1) Entrevista –inédita- a Gabo Ferro, La Plata, 14.03.2010.
(2) Piglia, Ricardo (2001); “Modos de ver” en María Torres (coord.), Pintura Argentina. Abstracción I, Bs.As., Ediciones Banco Velox y Clarín.


Velar la oscuridad de la noche.



Sobre La hora del lobo de Ingmar Bergman

Nombre: Vargtimmen (La hora del lobo). País: Suecia, 1968. Dirección: Ingmar Bergman. Duración: 90 minutos



por Rodrigo Montenegro.

Tagline: “Noche eterna cuando pasaras, cuando encontraran mis ojos la luz”

Antes que nada un pacto de verosimilitud. La película se inicia con una advertencia. La narración que se sucederá está tomada del diario del pintor Johan Borg, quien desapareció sin dejar rastro de la Isla Baltrum, en las islas Frisonas. Los acontecimientos que se presentarán a continuación están basados en dicho manuscrito (como no podía ser de otro modo).
Inmediatamente se escuchan ruidos. Martillos, sillas que se mueven, hierros, voces que dialogan se dejan oír mientras los créditos recorren la pantalla. De repente: “- ¡Silencio todos! ¡Rodando! Toma. Cámara. Comenzamos.”
La película se inicio, ya no quedan dudas. Bergman nos muestra la antesala del sueño (pesadilla para ser más exactos) que pretende narrar. A continuación el primer plano de Alma, la mujer de Johan, quien mira directamente hacia la cámara y da su testimonio en una suerte de prólogo, reforzando la ilusión de realidad (lo real: problema central de la film). Bergman y toda su maquinaria cinematográfica ya han hablado. La fantasía se pone en movimiento y el relato comienza a tejer sus espesos hilos de oscuridad. Espectadores ingenuos: abstenerse.
Durante la película queda claro que el contraste entre el blanco y el negro se tiñen de significaciones. Los fotogramas se platean como pequeñas piezas cargas de sentido, donde la luz y la sombra luchan por ocupar el centro de la pantalla. El paisaje y los ambientes no son meros decorados escenográficos, sino que existe una cuidadosa elección, plano a plano, de un recorrido en imágenes que se impregnan de sugestión. La isla casi desierta que Johan elige para vivir con Alma y desarrollar su actividad artística se construye como vista desde la profundidad de un sueño, o el fondo de una pintura expresionista. Colinas, bosques y acantilados rocosos representan la geografía onírica del film. Esos espacios abiertos se desterritorializan en tanto paisajes para devenir construcción alegórica. Por lo tanto, el espacio nunca es realista en sentido ingenuo, sino que se dibuja cuidadosamente como un territorio de inquietantes posibilidades, donde el sentimiento de lo siniestro brota en cada porción de terreno.
Lo mismo sucede en los espacios cerrados. La amable y solitaria casa de Johan y Alma alberga una dualidad constante, la misma dualidad que signa la relación de la pareja. Luces y felicidad durante el día, al menos para Alma. Oscuridad y miedo durante la noche. El hogar se transforma en el espacio de la hostilidad (que explotará en el final de la película) donde lo familiar concentra las horas eternas de la noche en vigilia. Durante ese velar, el tiempo se hace denso y se carga de sombras; es lo que Johan Borg llama la hora del lobo, la hora en que la mayor cantidad de gente muere y la mayoría de los bebes nacen, cuando aparecen las pesadillas y reina el silencio. Y como fruto de ese velar que se transforma en un insomnio patológico se describe el miedo como vivencia extrema e intima de la subjetividad Durante estos espacios de tiempo oscuro se introducen las reflexiones sustanciales de Johan. Allí aparecen los recuerdos infantiles y sus traumas, los castigos físicos del padre, el regreso a los terrores más primitivos: el miedo a los monstruos que habitan en los armarios y el terror a la oscuridad. Se hace explicita la existencia de un constante sentir irrepresentable que habita en la profundidad de Johan y que puebla de fantasmas la isla.
De este modo, la película comienza a profundizar la experiencia misma del miedo, ese sentimiento que acosa a los personajes y que Alma presiente: “Algo malo esta por suceder, pero no sé cómo llamarlo”.
Estas formas fantasmales constituyen la aparición de un espacio de irracionalidad reprimida, y a partir de su presencia todo el film se carga de una sensación onírica. Los fantasmas del artista (sus formaciones de compromiso al estilo freudiano) son las figuraciones de un inconsciente que ha abierto sus puertas y dejado escapar sus miedos. Estas figuraciones o fantasmas son también materia de la pintura de Johan y dan cuenta de esa perturbación siniestra de sus sentidos: el homosexual, la mujer mayor que amenaza con sacarse el sombrero y luego su cara cae mientras sus ojos se sumergen en copas de cristal, el Hombre pájaro (cuervo), los carnívoros, los insectos, los hombres araña. La pesadilla se ha desatado. La reacción del pintor para con estas apariciones no puede ser otra que la violencia desatada en los golpes injustificados al psiquiatra, en el sexo con Verónica Volger, en el asesinato del niño a quien arroja al mar desde las rocas. ¿Reales o imaginarios? Poco importa en realidad, ya que demuestran el hondo sacudimiento de un sujeto arrojado a vivir sus temores.
En el Castillo del Barón von Merkens (configuración del espacio cerrado propio del gótico) se continúa y lleva a la máxima tensión el sentido onírico de la pesadilla. En el deambular por los pasadizos de este laberinto el protagonista se encuentra con cada una de estas figuraciones fantasmales, y a partir de estos encuentros se acrecienta la fragmentación de su subjetividad. En los dominios del castillo el lenguaje se hace cada vez más alegórico, la referencia hacia una posible recuperación de la integridad del sujeto se pierde por completo. Las imágenes construyen la alegoría de esa crisis del yo en contacto con sus miedos. El castillo alberga a cada una de estas figuraciones (la vieja sin rostro, el Hombre pájaro, la amante Victoria Volguer, personificación de la dualidad sexo/muerte) y todas ellas juntas vienen a derrocar la máscara de una subjetividad que se desvanece.
En Vargtimme Bergman produce una reflexión en torno a la naturaleza misma de lo real, atravesando sus límites y afirmando la transgresión en imágenes que ya no pueden reflejar ni dar cuenta de la realidad. No existe mimesis posible ya que lo real mismo se haya vedado para la experiencia de un sujeto abismado en su propia oscuridad. Por lo tanto, se abre paso al reinado de lo onírico y lo siniestro de una subjetividad perseguida por sus propios fantasmas. De lo real solo quedan fragmentos.
“Se ha roto el espejo. ¿Pero que reflejan las astillas?”

Psycho killer ataviado de minero.



Sobre Sangriento San Valentín.





por Víctor Conenna.

De alguna manera, uno sale decepcionado del cine después de ver Sangriento San Valentín. El filme de Patrick Lussier (director de varias películas de terror, entre ellas Drácula 2000) narra el regreso de Tom Hanniger a su pueblo natal, Harmony, en el aniversario de la masacre de San Valentín, perpetrada diez años antes por Harry Warden, un minero que se cargó a veintidós personas a punta de pico y que amenaza con volver a las andadas. Se trata de un típico producto slasher con todas sus convenciones y, por añadidura, con todas las virtudes y defectos que esto implica y, si bien no propone nada nuevo al respecto, es preciso decir que los amantes de este subgénero estarán satisfechos porque en ese sentido, sólo en ese sentido, la propuesta alcanza su mayor eficacia.
La película cuenta con una buena puesta en escena y por momentos es un buen ejercicio de cine gore con un sinnúmero de imágenes truculentas, bastante violencia explícita, algunos asesinatos muy originales, mutilaciones y mucha sangre, haciendo honor al nombre. Por supuesto, como en todo buen slasher la acción avanza con rapidez y la sensación de amenaza y peligro es constante, sólo interrumpida en contadas oportunidades para dilatar la tensión del espectador. Además, cuenta con la imprescindible dosis de sexo y un psycho killer, ataviado de minero y armado con un pico, corriendo detrás de la sempiterna chica totalmente desnuda. Todo esto potenciado por muy buenos efectos especiales y el impacto visual del efecto 3D, que nos genera la impresión de estar en la escena del crimen en el instante preciso en que la sangre salpica hacia los cuatro costados, de adentrarnos por un túnel hasta el fondo de una mina o de quedar en la mira del asesino cuando avanza hacia la cámara, sin contar las veces que tenemos que avivar nuestros reflejos para esquivar el pico homicida, el tronco de un árbol o el maxilar inferior de una de las víctimas.
Sin embargo, y al primer párrafo me remito, la decepción es lo que impera sobre el final. ¿Por qué? Porque el guión de la película es limitado. Repasemos la historia. Tras la muerte de su padre, Tom regresa a Harmony para vender la mina familiar, principal recurso de sustentabilidad económica del pueblo, cuestión que despierta el malestar y el odio de todos sus habitantes: en esas circunstancias reaparecen los asesinatos. El espectador ve al asesino pero, como se expresó más arriba, este lleva puesto el traje de minero con la máscara de oxígeno incluida, razón por la cual su identidad permanece desconocida. La intriga así planteada se refuerza con otros condimentos que van aportando las subtramas: enredos sentimentales, un embarazo no deseado, celos, hechos del pasado que necesitan ser aclarados. Hasta aquí la trama es atrapante pero a medida que avanza, la película, va perdiendo solidez argumental, se torna esquemática y, lo que es peor, cada una de las vueltas de tuerca que introducen los guionistas Todd Farmer y Zane Smith se vuelve absolutamente predecible y, por lo tanto, ineficaz. La duda sobre la identidad del asesino se sostiene, solamente, merced a una ingenua trampa narrativa (que no revelaremos en esta reseña) resuelta de una manera burda y desencantadora y que tampoco implica novedad alguna porque ya ha sido utilizada (provocando la misma decepción) en otras películas como Identidad (James Mangold, 2003) o Alta tensión (Alexander Aja, 2003).
En síntesis, una película disfrutable para los seguidores de este subgénero que no exijan mucho más.
Lo mejor: la escena de sexo en el Motel Thunderbird y sus posteriores asesinatos.
Lo peor: la revelación de la identidad del asesino.




viernes, 12 de marzo de 2010

Publicación Bimestral. ISSN Nº 1852-8910. Año 1. Número 2. Marzo-Abril 2010.


Notas sobre los “falsos documentales” en el cine de terror (2/4).

por Matías Moscardi.

SEGUNDA PARTE: TRANSICIÓN (1960-1980)

1. La cámara deseante



Empecé estas notas, en el número anterior de La boca del miedo, con una cita de Susan Sontag según la cual la cámara sería algo así como la sublimación de un arma y el hecho de fotografiar a alguien implicaría un asesinato simbólico. Bueno, Peeping Tom (1960), de Michael Powell, es la versión psicótica, sin metáforas, de la idea de Sontag.
Mark es un fotógrafo profesional que de día trabaja en un estudio cinematográfico como operador de cámara y de noche saca fotos de señoritas semidesnudas, del tipo “soft-porn”, en la parte trasera de una tienda de dulces. Además de este trabajo, tiene un hobbie sin límite de horario, ad-honorem: filmar los asesinatos que él mismo comete.
Su cámara es literalmente un arma: una de las patas del trípode es una cuchilla que sirve para apuñalar en la garganta a las víctimas (todas mujeres) y filmar, en simultáneo, un primer plano de sus rostros. A eso le llamo “matar dos pájaros de un tiro”.
Peeping Tom introduce, a su modo, más preguntas y diferentes problemáticas a la cuestión de los “falsos documentales”. Si bien la película no asume el formato estricto del documental (aunque lo central del argumento es, efectivamente, el documental que está filmando Mark), es insoslayable porque, ante todo, cultiva una forma innovadora de narrar, un nuevo punto de vista, a saber: la primera persona, la visión subjetiva que aporta la cámara de mano que usa Mark para asesinar a sus víctimas y a través de la cuál nosotros, los espectadores, vemos todos los asesinatos. Si Lacan hubiera visto esta película, habría babeado de emoción. Porque además de explotar el tema de la cámara subjetiva (que, si nos ponemos exquisitos, ya aparece esbozada, de alguna manera, en la escena final del suicidio en Spellbound (1945), de Alfred Hitchcock) la película de Powell articula una verdadera teoría de la mirada.
En efecto, arranca de lleno con el primer plano del ojo del asesino. Cámara y ojo, filmar y mirar, quedan, así, homologados. El lugar de la cámara ya no es el lugar de la Verdad. Filmar, según la dinámica de Peeping Tom, es excitante: el lugar de la cámara es, estructuralmente, el lugar del deseo.
Pero eso no es todo, hay algo de histeria en el deseo de Mark: le gusta filmar a sus víctimas sólo cuando ellas lo están mirando o, en el mejor de los casos, cuando lo están filmando. Hay una escena que para mí es genial: un asesinato en un set de filmación. La chica rubia nunca estuvo detrás de una cámara. Mark la invita a probar lo que se siente. Ella lo empieza a filmar. Él desenfunda su pequeña cámara y empieza a filmarla a ella. “¿Qué haces?”, pregunta ella con ingenuidad; “Te filmo mientras me filmas”, responde Mark y, un minuto después, la mata.
Detalle importante: Mark usa un espejo en su cámara para que las víctimas vean sus propios rostros en el momento de la muerte. La cámara es ojo y espejo a la vez. Por eso, lo excitante de lo Real es menos mirar que ser mirado; lo mismo ocurre, hace unos años, en los Reality Shows de nuestra época.
En este sentido, Peeping Tom apunta un dato de avanzada: las cámaras constituyen y modifican nuestra forma de desear. En un momento, Mark no quiere filmar a la persona que ama y cuando, como suele ocurrir, la chica le pide explicaciones por su resistencia, Mark le dice: “Todo lo que filmo, lo pierdo”.

2. La cámara cínica




En 1978 apareció un documental promocionado con una banda roja de advertencia que anunciaba: prohibido en cuarenta y seis países. Estoy hablando de Faces of death, el falso documental ultra violento, dirigido por Conan Le Cilaire. Si prestamos atención, el documental (que personalmente me pareció insoportable) comienza con un detalle interesante: la cámara ocupa el lugar de un cuerpo intervenido quirúrgicamente. Lo que vemos es lo que vería cualquier persona que haya pasado por la experiencia de ser operada: un grupo de cirujanos escarbando nuestro cuerpo. Así empiezan Los rostros de la muerte: con una cirugía de corazón que termina mal.
El documental intercala escenas que podríamos catalogar como material filmográfico real, con escenas claramente falsas. Por ejemplo, vemos una pelea hasta la muerte de dos perros pitbull (que dicho se de paso, en un momento, me hicieron acordar a una vez que vi cómo unos ruggbiers de raza, elegantes y bien vestidos, golpeaban brutalmente a una persona, a la salida de un boliche, en Alem, MdP); vemos también un gallo decapitado cuyo cuerpo sin cabeza aletea y se retuerce casi por un minuto; vemos cómo es un día adentro de un matadero; vemos escenas del mundo animal que, en general, recuerdan los documentales de Discovery channel; en fin… Al lado, intercalado, nos muestran la falsa ejecución de una sentencia de muerte; un matrimonio en un restaurante, pegándole en la cabeza con un martillo a un pequeño mono, que ocupa el centro de mesa, para comer sus diminutos sesos; una entrevista con un asesino a sueldo (¿?); un grupo de místicos que se comen un cuerpo en vivo y después terminan en una orgía y un avistamiento de dos fantasmas (¡!).
El doctor Gross, patólogo y supuesto colector de las escenas que vemos, funciona como una especie de Virgilio, acompañando al espectador con su voz en off. La música de la película me hizo reír muchísimo: porque las escenas más cruentas estaban suavemente acompañadas por el tintineo de una melodía de jazz. En un momento, una especie de ecologista es accidentalmente envuelto en llamas y de fondo escuchamos una canción que dice: “Jesús ya no vive más acá”.
Pero lo destacable, el giro fundamental en las notas que venimos desarrollando, es que la cámara ha adquirido cinismo, perversidad: puede mirar sin sentir culpa, se ha vuelto imperturbable frente a la muerte. Porque Gross censura las escenas con sus comentarios pero, a la vez, hay cierta fascinación por el objeto, cierta cercanía. Ocurre lo mismo cuando vemos, en cualquier canal de actualidad, una noticia sobre alguna catástrofe cotidiana y notamos que el camarógrafo podría estar ayudando pero, sin embargo, lo vemos demasiado ocupado tomando un primer plano de un cuerpo mutilado o de un cráneo hecho puré; y entonces nos preguntamos: ¿Por qué no larga la cámara y hace algo? o ¿Cómo carajo hace para seguir filmando? Bueno, podríamos pensar, después de ver Los rostros de la muerte, que los medios masivos, cada vez con mayor frecuencia y naturalidad, nos muestran la realidad utilizando las mismas técnicas que en una película de terror.

3. La cámara ideológica



Imaginemos, por un segundo, una versión de El proyecto Blairwitch (1999) filmada en el Amazonas y en lugar de la bruja, pongamos a una turba iracunda de caníbales sedientos de venganza. Bueno, eso es, más o menos, Holocausto Caníbal (1980), dirigida por Ruggero Deodato. Sin duda, la película del italiano fue parte del botín que ágilmente robaron los directores de Blairwitch. Pero lo que en la película de fines de los noventa se nos presenta como elemento sobrenatural y velado, fuera de campo, en Holocausto Caníbal es, nada más y nada menos, que una representación del Otro, filmada sin medias tintas. Es decir: cambiamos lo sobrenatural por lo natural y lo invisible por lo concreto.
Cuando vi esta película pensé, casi de inmediato, en los problemas que Tzvetan Todorov plantea en su libro La conquista de América: la cuestión del Otro. Porque ahí, por primera vez, Todorov piensa ya no en las ventajas reales de los conquistadores españoles (digamos, armas y caballos) sino en sus estrategias simbólicas, en sus formas de representar al Otro y someterlo, finalmente, por medio del lenguaje.
En la película de Deodato, un grupo de cuatro adolescentes yanquis, pasados de rosca, se interna en el Infierno verde (así le dicen), para filmar un documental sobre una tribu de caníbales que habita en el corazón de las tinieblas. Los chicos no regresan nunca más. Entonces se organiza una expedición de rescate que termina por encontrar las filmaciones de los niños perdidos. En las cintas, podemos ver, a través de una cámara de mano, cómo los adolescentes irrumpen en la selva como si se tratara de una versión gore del festival de Woodstock. Excitados y fuera de control, estos niños incendian una choza con indios adentro, ejercitan la costumbre del gatillo fácil y terminan violando a una mujer de la tribu. Pero como sabemos, toda fiesta, invariablemente, tiene un final. Los indios se revelan y se los comen crudos, pagándoles, con intereses incluidos, las retribuciones del Karma.
Lo interesante de esta película es que, a la par del documental, vemos su proceso de edición: una cadena televisiva quiere lanzarlo al aire y el antropólogo que encontró la cinta se niega; pero como los caníbales de las cadenas televisivas son difíciles de persuadir, el antropólogo los invita a mirar el documental, de principio a fin. Después de las escenas más cruentas, a los hombres de corbata se les fueron las ganas.
El mismo cinismo que vertebra los Rostros de la Muerte, también está presente en Holocausto Caníbal; pero acá está puesto en jaque: la forma de filmar y el objeto son interrogados ideológicamente: ¿Quiénes son los caníbales? ¿Los indios peinados como Carlitos Balá? ¿O los niñitos megalómanos yanquis? En la película de Deodato, el terror no está representado por la otredad cultural sino por la otredad que reside en el corazón del Yo. Como dice Terry Eagleton en Terror Santo, un libro extraordinario: lo que nos resultaba ajeno y aterrador es en verdad tan próximo como nuestra propia respiración.

En el Número 3 de LA BOCA DEL MIEDO: Notas sobre los “falsos documentales” en el cine de terror (3/4). TERCERA PARTE: RESURGIMIENTO (1990-1999).

Sobre La cabina, España, 1972. Dirección: Antonio Mercero. 34 min.




Por Pablo García.


Tagline: Tomá pelón, la venganza de los agorafóbicos.

Antes que nada, como Campanella ahora tiene un Oscar en su haber, quiero prestigiar lo siguiente diciendo: el protagonista de la cabina es José Luis López Vázquez, quien encarnara a Don Aquiles en Luna de Avellaneda. Ahora sí…

Mucho antes que The ring y la cantidad de películas que le siguieron (One missed call -ambas remakes niponas-, 7eventy 5ive, Nite Tales, etc); antes de la invasión de los celulares e incluso aventajando en un par de décadas a la privatización de En-Tel, Mercero encontró en el teléfono un elemento digno de temer.

Y no siempre el miedo radica en la carraspera de la voz del otro lado del micrófono, ni en amenazas; es más, en este caso no las hay, lo cual parece decididamente peor. La cabina, basada en un cuento de Juan José Plans, cuenta una historia sencilla, breve (34 minutos) y, por lo mismo, intensa: un tipo acompaña a su hijo a tomar el micro escolar, entra en el compartimento telefónico y descubre que el aparato no funciona, en el mismo lapso la puerta se cierra a sus espaldas para no volver a abrirse en lo que resta de cinta.

Entonces, ¿qué tiene esto de terror? No hay sangre, no hay sexo, no hay asesinos ni monstruos, no aparece un maldito cadáver hasta los últimos 2 minutos de película, ¡qué diantres! Justamente la reconfiguración de ciertos lugares comunes del género parece ser uno de los mayores aciertos del film. Sin ser terminantes, la gran mayoría de los relatos de terror, desde Walpole a King, o de Murnau a Bustillo, por ejemplo, se suceden entre la oscuridad y la incertidumbre; aquí cada segundo pasa a plena luz del día. Insisto, no es exclusividad de este mediometraje, pero sin dudas es algo novedoso, más aún teniendo en cuenta que se trata de una obra de principios de los 70.

Lo mismo ocurre con la locación. Y esto sea tal vez más general todavía. Seguramente, como en lo anterior, por resabios románticos, estas historias suceden en los límites. Si ya no resulta necesario abstraernos en un país lejano y en un castillo, sí parece indispensable marcar otro tipo de fronteras, un intersticio entre la cotidianeidad, absolutamente maleable, y un campo donde nuestros dominios se vean relativizados o desplazados casi. Por eso tantas historias de desiertos y rutas, por eso los seres bestiales del mar, por lo mismo un uñas largas se nos mete en los sueños y a llorar a la gruta.

Volviendo, vaya que son escuetos los dominios de la calva víctima en esta película: no exceden los límites de su cuerpo. La cabina está ubicada en el medio de una plaza céntrica, con decenas de personas que lo observan, e incluso algunas que intentan ayudarlo, no parece el cuadro más propicio para un ataque terrorífico. Me cago en los preconceptos diría el gallego bigotón, pues el peligro sigue presente a pesar de todo, no necesita esconderse porque es mucho más poderoso. ¿Qué? ¿Quién? En la imposibilidad de formar una imagen del ente maligno, en tanto no se sabe a qué atenerse, es que crece la desesperación.

Por otra parte, al descomponerse el teléfono, el protagonista pierde la voz. Afuera nadie puede escuchar sus gritos. Así el uso de la palabra hablada es raro en el desarrollo de la película, pero sobretodo se vuelve intrascendente: podría tratarse perfectamente de cine mudo que no se perdería casi nada. Por tal ausencia de diálogo, cobra un mayor relieve la musicalización, especialmente en la segunda parte, cuando un camión de la empresa de teléfonos recoge la cabina y la transporta con cliente y todo por las calles madrileñas. Recién en este trayecto el prisionero comprende lo irremediable de su situación. La velocidad del viaje se traduce en la música y llega al clímax con una serie de estridencias y coros demasiado agudos, paranoicos, claustrofóbicos, que retumban en el eco de un túnel.

Párrafo aparte para la penúltima escena: la cabina llega a un depósito y, trasladada por un brazo mecánico, es acomodada entre otros cientos de cubículos rellenos de esqueletos y cadáveres. Rendido, las manos, la ñata contra el vidrio, el tipo de la corbata horrible se desliza, hasta el piso.

Luego sólo quedará tiempo para que un montón de hombrecitos de mameluco armen un nuevo cubículo en alguna parte y la cámara tome un último plano corto del teléfono. ¡Guarda! Nunca te olvides el celular.

La crítica española contemporánea recibió la película como una crítica al autoritarismo, a la violencia y la arbitrariedad en días del franquismo. El director, por su parte, negó una intención social del film; yo, por la mía, no le creo. Más allá de esto, parece interesante resaltar ciertas vueltas de tuerca que se aprovechan de manera efectiva y consistente. Pero basta de hablar, ver la película lleva menos tiempo.

Sobre Jisatsu Sâkuru (El Club del Suicidio) Japón, 2002. Dirección: Sion Sono.




Trailer:


http://www.youtube.com/watch?v=jWemCzcgXws&feature=player_embedded

Tagline: Un viaje poético que mezcla el gore y la nouvelle vague. Destino: el misterio de la epidemia de suicidios en Japón.

Por Iván Moiseeff.

Conocí a Hiroaki hace unos años en una casa de Chacarita, en una de esas típicas fiestas de PH. Actores conversando en los pasillos, directores derrumbados en sillones explicando proyectos, grupos de borrachines y toxicómanos gritando canciones y golpeando los azulejos dentro de baños diminutos, y coreógrafos y bailarinas moviéndose en un living convertido en pista de baile, las sonrisas intermitentes bajo las luces de colores.

Él había llegado de Japón a participar del Festival de Video Danza de Buenos Aires. Comenzamos ha hablar en un dialecto trabado, hecho de palabras en español, inglés, japonés, mímicas y entusiasmo. Le pregunté sobre Japón. Me dijo que estaba bien, el único problema era que muchos adolescentes se suicidaban (apoyó la palma de su mano sobre la garganta y, con la otra, cerró el puño sobre su cabeza). Muchos, también, se cortaban (deslizó un dedo índice por el antebrazo, varias veces, a toda velocidad). Últimamente, algunos habían desarrollado un comportamiento fóbico que los hacía recluirse en sus habitaciones durante meses y a veces años. (1) Es muy preocupante, dijo.

Al día siguiente fui a verlo bailar. Si bien me cuesta conectar con la danza contemporánea, su coreografía me impresionó. Sobre un fondo de luces que se prendían y apagaban formando barras simétricas, su baile me hizo pensar en algo maquínico, en una pieza que se niega a participar del engranaje general. El siniestro de una falla, de la rebeldía contra el sistema.(2)

Una noticia que leí en el diario un tiempo después me hizo pensar sobre la importancia de no salirse del sistema en Japón. El artículo contaba la historia de unos trabajadores humanitarios japoneses que habían caído prisioneros en Irak, durante la guerra. Al volver a casa, la bienvenida fue agria. La gente los repudiaba por haber desoído la advertencia del gobierno de no viajar a la zona de guerra. Los recién llegados, decía el cronista, estaban más angustiados que durante su cautiverio, cuando hombres enmascarados los picaban con cuchillos ante una cámara, para reclamar que las tropas japonesas se retiren de Irak. (3)

Unos años después, una película me hizo recordar a Hiroaki: “Jisatsu Sâkuru” (“Suicide Club”), de Sion Sono. Se trata de la primera parte de un estudio poético sobre el suicidio en Japón. (4)

“Jisatsu Sâkuru” es una perturbadora combinación de recursos del gore, la nouvelle vague y el surrealismo. Podemos contemplar las columnas de una estación de subte chorreadas de sangre cuando una veintena de colegialas decide saltar bajo el tren, observar largamente a un sereno sentado sobre su escritorio durante su vigilia o ver como una cabellera negra, larguísima, surge de los rodillos de un fax en una oficina vacía.

Sion Sono, que además de director es poeta, no busca colocar el horror en los temas recurrentes del último cine de terror asiático: el fantasma en la red (“The Ring”), el torturador minucioso (“Audition”) o la casa embrujada (“The Grudge”). La película señala el espanto en la vida cotidiana: en la alienación. “Jisatsu Sâkuru” pone de manifiesto un sistema de vida donde la incomunicación y el bloqueo sentimental de un permite que, con la misma facilidad con que uno decide llenar un rato de ocio con cualquier nimiedad (¿cortarse las uñas?), mire la ventana, de unos pasos y se precipite al vacío.

(1) Este fenómeno, supe después, se denomina “hikikomori”.


(2) Para ve algo de Hiroaki Umeda, clic acá:


http://www.youtube.com/watch?v=gMJhMxtlsig&feature=related


(3) “Del cautiverio en Irak a la humillación en Japón”, Norimitsu Onishi, La Nación


(http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=595358)


(4) La siguió la precuela “Noriko No Shokutaku” (2006); una película sensacional. La tercera parte aún no fue filmada.

Los pantanos del terror


Tagline: un recorrido vertiginoso (1959-2008) por películas con escenarios un poquito viscosos.

Por Walter Ch. Viegas

El terror es como Dios: está en todas partes. Todo lo ve. Acecha desde cada rincón oscuro, desde cada mansión mohosa, desde cada bosque solitario... Los sets son al terror como el grito a la scream queen. Cada lugar extraño del planeta, por árido o desolado, exótico o imaginario, inexplorado o místico, ha generado desde siempre una fascinación enferma, convirtiéndose en el escenario elegido por el género fantástico para desplegar las más atroces historias de espanto. Un ejemplo son los decorados de los estudios Hammer, cuyo sello de fábrica era claramente el énfasis puesto en su diseño gótico, logrando inspirar un profundo desasosiego en el espectador aún mayor que el producido por las escasas apariciones del monstruo de turno, que podía ser visto apenas unos instantes a lo largo de toda la película.

Uno de esos sets privilegiados, sobre todo en el cine americano, son los pantanos. Infinidad de historias del cine fantástico y de terror están ambientadas entre árboles añosos y esteros infestados de alimañas (recordemos los mitos de Chtulhu de Lovecraft). Inaccesibles, misteriosos, parecen esconder amenazas antiguas o secretos olvidados. Recordemos algunas pelis de pantanos:

Alligator people (Roy Del Ruth, 1959) es un clásico de la ciencia ficción que transcurre en el Bayou de New Orleans. Allí, una pareja de recién casados es separada al partir el tren, dejando al novio abandonado en un pueblo sureño desconocido. Más tarde, ella descubrirá que fue víctima de un fallido experimento que está transformando a todo el pueblo en gente lagarto!

Challenge of the Superfriends (Los Superamigos, 1978) es una serie de animación en la que la Liga de la Justicia (con Superman, Batman y la Mujer Maravilla a la cabeza de los superhéroes de DC) luchan contra la Legión del Mal (Lex Luthor, Bizzarro y Cheetah, entre otros). Mientras el moderno edificio del Salón de la Justicia se encuentra emplazado en medio de Metropolis, el cuartel general de los supervillanos, El Salón del Mal, es un domo intergaláctico sumergido bajos las aguas de una ciénaga. No es complicado descubrir el motivo por el cual se asocia el Mal con ese escenario temible lleno de cocodrilos!

The swamp thing (Wes Craven, 1982) es otro clásico bizarro de la productora Troma, con la reina de las películas de terror mainstream de los 80’s, Adrienne Barbeau (The fog). Dirigida por un entonces desconocido Wes Craven (responsable de éxitos de taquilla, como A nightmare on Elm Street), el protagonista es el Hombre del Pantano, una especie de hombre-planta que muta a causa de un derrame químico industrial, filmada en locaciones reales de pantano. Con pocos cambios en la trama, Troma lanzaría The Toxic Avenger, una saga clase-B sobre un hombre transformado en el Vengador Tóxico.

Angel Heart (Alan Parker, 1987) rebautizada en estas tierras como Corazón Satánico. En este policial sobrenatural, Mickey Rourke interpreta a Harry Angel, un investigador privado de los años 50’s que es contratado por Louis Cyphre (o Lucifer, encarnado en la piel de Robert De Niro) para encontrar a un deudor (de alma) que se ha perdido en New Orleans. Historia cargada con referencias bíblicas, voodoo, rituales afro-americanos y cuanta imaginería relacionada con los pantanos del Mississippi podamos recordar.

Shy People (Andrei Konchalovsky, 1987) pasó desapercibida por los cines porteños. Jill Clayburgh es una periodista citadina que lleva a su problemática hija a visitar a unos parientes lejanos en los bayous de Louisiana. Allí son recibidos por Barbara Hershey, una mujer esquiva y poco comunicativa que esconde secretos familiares cargados de violencia. Pronto se desatará el conflicto, cuando el aislamientote las islas pantanosas empiecen a sembrar la locura en los personajes. Uno de los hitos de la película es el hijo encerrado en una jaula, reinterpretación de la “loca del ático” tan habitual en la literatura decimonónica (recordemos a Jane Eyre). En esta historia, los pantanos juegan un rol central en la descripción de una historia en la que los climas pesan tanto como las palabras.

Midnight in the Garden of Good and Evil (Clint Eastwood, 1997) se llamó aquí Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal. Un reportero de la ciudad, interpretado por John Cusak, investiga el asesinato de un hombre que se supone involucrado sentimentalmente con un notorio magnate de New Orleans (Kevin Spacey), quizás el responsable del crimen. Película de atmósferas y personajes, tiene uno de sus mejores momentos en una escena en los pantanos donde una bruja ciega invoca a medianoche a las ánimas en pena. Mención aparte para la impresionante interpretación de Lady Chablis, una drag queen representándose a sí misma y que tiene su momento incómodamente galante con Cusak.

The Skeleton key (Iain Softley, 2005), estrenada aquí como La llave Maestra. Otra historia de voodoo y ritos siniestros: la bella Kate Hudson es una enfermera que llega para cuidar a un viejo hemipléjico hasta una antigua plantación situada al borde de la ciénaga. La dueña de casa, la excelente Gena Rowlands, esconde un macabro plan que le permitirá a través de sortilegios poseer a la joven y seguir viviendo en su cuerpo.

True blood (Allan Ball, 2008) es una serie original de HBO en la que Anna Paquin (la nena ganadora del Oscar por The Piano) es una mesera enamorada de un vampiro en una utópica Louisiana donde conviven humanos y seres sobrenaturales. Los bayous y terrenos cenagosos son el complemento perfecto para dar atmósfera a esta historia coral en la que abundan chupasangres, brujas, demonios y otras yerbas extrañas.


Sobre Videodrome, Canadá. 1983. Guión y Dirección: David Cronenberg.



Tagline: Cara cuadrada, dejá la caja boba.

Por Esteban Prado.

Esta vez no voy a hablar de Max Renn, de las alucinaciones que sufre, de la alegoría de la carne fresca ni de las transformaciones corporales que lo vuelven poco menos que un mutante. Me interesa particularmente la atmósfera porque, si se le presta atención, se advierte que todo el proyecto Videodrome no tiene sentido alguno y no es más que uno de los posibles desvíos de algo que ya ocurrió.

Tal vez deba escribir sobre Videodrome, aunque insisto en cumplir mi palabra (lejos de Max Renn). Sucede que existe un grupo de científicos que ha estado investigando las consecuencias y las posibilidades de la exposición a los rayos catódicos de la T.V. y también de la posibilidad de la reproducción doméstica e infinita de cualquier filmación a partir del video-cassette. Barry Convex y Brian O`Blivion son los pioneros. Al explotar las posibilidades del video-cassette, O`Blivion abandona su cuerpo y concibe otro modo de vida: una gran videoteca con filmaciones caseras de sí mismo; en cambio, Convex explota los efectos sobre el espectador. Parece ser que entre ambos lograron manejar la mente de quien asiste a uno de sus videos y que Convex traicionó a O`Blivion usándolo para sus propios fines: nada relacionado con una revolución hacia la concepción de una nueva variante de vida sino el castigo al consumidor de pornografía.

Cuando Max Renn, por engaño de uno de sus asistentes, ve uno de los videos de Videodrome.
Perdón.

Traía a colación Videodrome para decir que en realidad el proyecto no es más que otro de los vicios o desviaciones de la propia T.V. No hay nada en la película que no esté relacionado con ella y si bien parece haber un enfrentamiento entre subversivos, los autodenominados carne fresca, y el stablishment, los que quieren usar Videodrome para castigar a los consumidores de pornografía, violencia y snuff, no hay dudas de que el combate se da después de un dominio absoluto de la T.V. En ese sentido, podría decirse que el film de Cronenberg plantea una sociedad post triunfo de la T.V., en donde los debates sociales que se dieron en torno a ella ya no tienen ninguna importancia. En la película, la T.V. ya es el mecanismo monopólico que controla a la sociedad. El proyecto Videodrome, propuesto por Cronenberg, no pretende ser una alegoría de lo que vendrá, la T.V. llegó para quedarse y, a partir de esa premisa, hay grupos que investigan como hacer más efectiva la manipulación, nada más.

En el segundo párrafo dije que me interesaba particularmente la atmósfera y que no iba a hablar de Max Renn, consecuente con eso, voy a cumplir mi palabra. En la película no hay respiro: de principio a fin, la T.V. es protagonista. La primera imagen es la imagen de una T.V. y a partir de ahí habrá muy pocas escenas en las que no haya una, por lo menos en segundo plano, hasta que por fin la sensual boca de Nicky Brand extienda los límites de la pantalla y trate de acercarse a Max. El doble suicidio de Max también tiene que ver con esto, pero no importa. Para hablar de la atmósfera basta con mencionar al mendigo cuyo subterfugio para obtener dinero es ofrecer al transeúnte la posibilidad de ver una pantalla en plena caminata. Después de eso, podría decirse que ya está, la posible existencia de Videodrome es indiferente, sólo tiene que ver con la lucha de los particulares por el poder. Lo definitivo es el campo de batalla: el video y la T.V. es donde, de allí en más, se disputaron las mentes.

I shot the wolfman. Sobre El hombre lobo. Estados Unidos, 2010. Dirección: Joe Johnston.




Por Víctor Conenna.

Londres, 1891. Entregado por su propio padre (Anthony Hopkins) Lawrence Talbot (Benicio Del Toro) es encerrado en el Hospital Psiquiátrico de Lambeth. El médico psiquiatra, quien ya lo había tratado cuando era niño, decide experimentar con él y lo expone a la luna llena, en un laboratorio colmado de facultativos, tratando de demostrar que la licantropía existe sólo en la mente de Lawrence. Como era de esperar, Lawrence se transforma en lobo, asesina al médico, a sus colaboradores y a todos los que se cruzan en su camino, huye por los techos ante la impotente persecución de la policía y se refugia debajo de un puente a orillas del río Támesis.

Esos escasos ocho minutos y medio constituyen el único fragmento de la película que posee cierta intensidad y suspenso. Es que la remake de El hombre lobo dirigida por Joe Johnston (a pesar de contar con los avances lógicos que se produjeron en el campo audiovisual) no alcanza en ningún momento la atmósfera de misterio que envolvía a su antecesora de 1941. La oscuridad, las ruinas, la escenografía gótica y los esporádicos toques expresionistas no logran conformar el clima que requiere este tipo de películas.

La propuesta del film es limitada y carece de cualquier tipo de estremecimiento merced a su falta de fluidez narrativa y tensión argumental. Hay un uso excesivo de flashbacks que no aportan nada nuevo en el desarrollo de la historia y la subtrama romántica, la relación entre Lawrence y Gwen (Emily Blunt), está tan desprovista de pasión que uno se pregunta por qué la chica se sacrificaría por ese hombre que es prácticamente un extraño para ella.

El guión escrito por Andrew Kevin Walker y David Self, que carece de una elaboración siquiera aceptable, despliega demasiadas líneas interpretativas innecesarias (la leyenda gitana, la parábola del hijo pródigo, el psicoanálisis) que se pierden en el camino y no alcanzan a darle a la película la densidad dramática pretendida. En este sentido, tenemos un enigma (¿quién asesinó a Ben Talbot?); además, Lawrence está enamorado de una mujer que se parece muchísimo a su madre muerta (por la que él sentía adoración) y sobre el final pretende matar a su padre: la relación familiar reposa sobre una estructura edípica que parece haber sido aprendida en un artículo de la revista Cosmopolitan.

La obviedad del guión y la falta de esmero a la hora de delinear los personajes principales no constituyen una base firme para que se luzcan los protagonistas y, consecuentemente, emerge otro de los grandes problemas de la película, ya que los excelentes actores que los encarnan parecen haber olvidado todo lo bueno que desarrollaron en anteriores producciones. El multifacético Benicio del Toro no alcanza la fuerza expresiva que lo llevó a interpretar maravillosamente al Che Guevara en la película dirigida por Steven Soderbergh y cuando se desborda está muy lejos de exhibir la locura frenética que caracterizaba al Dr Gonzo (el personaje de Pánico y locura en Las Vegas); Anthony Hopkins resulta repetido y, por más que sea un lobo, no tiene la ferocidad de Hannibal Lecter o de Tito Andrónico; a Emily Blunt le falta la pasión y el dramatismo que transmitía al enfrentar los conflictivos primeros años de su reinado en La joven Victoria y Hugo Weaving no es el perseguidor implacable de Matrix.

En este contexto, cuesta mucho entusiasmarse con el relato. A pesar de su corto metraje (aproximadamente noventa minutos) la película se hace larga, la pelea final no le interesa a nadie y el espectador desea que abunden las balas de plata para que maten a todos y se termine lo antes posible.

Sobre Drácula. Estados Unidos. 1992. Dirigida por Francis Ford Coppola.


Por Rodrigo Montenegro


“La nieve está cayendo lentamente y hay una enorme tensión en la atmósfera. Es posible que se trate solamente de nuestros sentimientos, pero la impresión es extraña. A lo lejos, oigo el aullido de los lobos…”
Bram Stoker, Dracula.


Una antigua leyenda se hunde en los Balcanes. En ella se mezclan las supersticiones populares y una oscura figura histórica. De algún modo, la profundidad de ese arquetipo, de esa idea que se transmite desde los miedos del pueblo hasta la pantalla cinematográfica, pasando por la literatura, da cuenta de una productividad que se mantiene constante, que late como una pulsión cada vez que se lanza su nombre: Dracula.

Tal vez, la formulación de una historia en el acto mismo de la narración es un mecanismo que adhiere un sedimento más a esa leyenda que se alimenta a lo largo del tiempo, y en este caso, una leyenda ampliamente conocida. Cuando Bram Stoker reconfigura los materiales en torno a Vlad el empalador para escribir su novela epistolar de 1897, sin dudas establece una primera fijación de la historia de ese personaje, como un despiadado acechador de la noche. Lo mismo sucede cuando en 1992 Francis Ford Coppola construye el relato cinematográfico de esa figura, ya ampliamente difundida en occidente a través de la novela del autor irlandés. Por ello, se podría considerar a ésta segunda fijación como la definitiva, debida la trascendencia que el film obtuvo, la aceptación del gran público, y en definitiva, el éxito con que se impuso; aunque la historia se tuerza hacia un romanticismo idealista, para hacerla un poco más accesible a los requerimientos de Hollywood.

Pero más allá de problematizar cuán cerca o cuán lejos se halla la película del texto, es innegable que el arquetipo del vampiro alcanza una profundidad especial bajo el ojo de Coppola. Lo interesante es hurgar en esos detalles que seducen desde la oscuridad de una tumba o del resplandor de la sangre.

Si la leyenda es conocida, no por ello la imagen es menos cautivante. Las elecciones del director son formulaciones cuidadosas que pretenden la construcción al detalle del ambiente. Y es en ese sentido donde se opera la significación de la película, donde encontramos el mérito de Coppola, quien mostrándonos la decrepitud de un anciano en una bata de seda roja recorriendo los pasillos de un castillo en ruinas es capaz de suscitar la doble sensación del goce. Es imposible no cautivarse en el rojo profundo de una túnica que se arrastra en la oscuridad, al tiempo que las manos del anciano producen al menos un ligero escozor de repulsión. Esas son las articulaciones que alimentan la historia a través del sentimiento de horror sobrenatural que se disemina en el film. Para ello, la creación de la atmósfera, no puede ser un dato menor; de hecho, es la clave de la narración, como lo señaló un maestro del género, Lovecraft.

El vampiro como significante, posee múltiples interpretaciones, pero desde el arte, ya sea literario o cinematográfico, la atmósfera que lo rodea es necesariamente una marca estética, un signo de la territorialidad de ese ser nocturno que contagia con la mordida. El espacio del vampiro (Dracula debe dormir cubierto de su propia tierra) se carga de sentidos que terminan de designarle una identidad. Por ello, la noche, la abadía abandonada y el castillo en el paso del Borgo son formas absolutamente necesarias de esta identidad sobrenatural. En el film de Coppola se respira una atmósfera de encierro, de tierras húmedas transportadas por gitanos, de sangre que empapa cuellos, detalles que hacen el territorio del vampiro.

Fotograma a fotograma la película incurre en la paradoja lo siniestro; cautivando desde una dirección de arte perfectamente cuidada puesta al servicio de la perversión del conde (y del director). De este modo, las escenas configuran las dos caras (atracción/repulsión; placer/goce) de una obra velada con el manto de lo siniestro, dejándonos echar una mirada en la belleza que se esconde en la sangre y la muerte. Esa configuración de un arte siniestro posibilita la convivencia de dos elementos aparentemente antagónicos como el amor y la muerte, cuyo símbolo más acabado es sin dudas el vampiro. El subtítulo que acompañó el afiche promocional “Love never dies”, hace explícita la dualidad que se desliza a lo largo de la película, donde la pulsión de muerte late en paralelo con la afirmación del amor.

Por ello, el tratamiento que Coppola propone sobre la figura de Dracula es en sí misma un ensayo sobre la siniestra relación entre el sexo y la muerte. Lanzando miradas hacia lo demoníaco, el salvajismo, el sexo y la violencia de una sociedad de estética victoriana aunque muy cercana a los gustos contemporáneos.

Palabra final: Coppola se permite dos licencias fundamentales que pueden sintetizar el metarelato que se teje detrás de la historia de Bram Stoker. Una de ellas es la elaboración de un prólogo (ausente en la novela) donde se narra la pre-historia del conde. Se muestra la vida mortal de Vlad, el caballero de la orden del Dragón que lucho en defensa de la Cristiandad, aunque con un salvajismo cruel para con sus enemigos. Coppola muestra el germen del vampiro, antes de la maldición.

La segunda licencia se inserta dentro de la agitada vida moderna que Londres exhibía en el fin de siglo XIX, cuando el Conde y Mina Harker se encuentran en un “cinematógrafo”. Las figuras que se representan en la pantalla provocan un sentimiento primario ante la audiencia: temor. Coppola aprovecha para recordar que la materia misma de la cinematografía tiene una antigua alianza con el miedo, instinto primario que se despertó en los primeros espectadores de los hermanos Lumière. Esa es la misma coordenada que el vampiro articula, como signo cultural de lo prohibido, de la muerte y la sexualidad.